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¿Es el crecimiento un imperativo del capitalismo?

John Bellamy Foster ha publicado recientemente un excelente ensayo con el título "Marxismo y Ecología: Fuentes comunes de una Gran Transición". Foster  aboga por un (eco) socialismo del estado estacionario. Sostiene  que "un sistema de satisfacción de las necesidades colectivas basado en el principio de la suficiencia es obviamente imposible desde cualquier faceta, bajo el régimen de acumulación del capital". Y continúa: "el capitalismo como sistema está intrínsecamente orientado hacia la máxima acumulación posible y hacia el máximo flujo de materia y energía". "El crecimiento económico (en un sentido más abstracto) o la acumulación de capital (de forma más concreta) ... no pueden  existir sin resquebrajar el sistema Tierra". "La sociedad, particularmente en los países ricos, debe avanzar hacia una economía del estado estacionario, que requiere un cambio hacia una economía sin formación neta de capital".

En principio, estoy de acuerdo. Intuitivamente, y dada nuestra experiencia sobre el capitalismo, esta visión  tiene mucho sentido. El crecimiento económico apareció con el capitalismo, y se correlaciona con el crecimiento del uso de materiales y de energía en una proporción casi del 1:1. Pero permítanme ser un poco más escolástico con la intención de promover  y fortalecer (más que  de socavar) el argumento de Foster.

Para empezar, creo que tenemos que distinguir entre los diferentes conceptos que Foster introduce.

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De la incautación de bienes mafiosos al desarrollo de bienes comunes

A mediados de octubre,  Rajoy inauguraba sin pena ni gloria la Oficina de Recuperación y Gestión de Activos, orientada a que los corruptos no puedan disfrutar de lo que han robado y dichos activos económicos se destinen a fines sociales. Una política descafeinada, realizada en periodo electoral y a la que nadie ha prestado demasiada atención, cuando podría ser una palanca perfecta para fortalecer los tejidos sociales y financiar la puesta en marcha de proyectos de economía solidaria. ¿Cómo hacerlo? Un ejemplo inspirador es el de la lucha de Libera contra la mafia y la corrupción en Italia, que nos puede ayudar a reflexionar sobre su posible traducción a nuestro contexto sociopolítico.

La mafia es uno de los actores más influyentes en la historia reciente de Italia. Un poder sostenido en la violencia, el crimen organizado, la infiltración institucional y la corrupción política, la construcción de redes empresariales y un potente circuito económico, así como en la complicidad ocasional en la represión de la disidencia social. Ante este hecho existe un invisible hilo de movilización popular antimafia que recorre todo el siglo XX, que tendrá su impulso definitivo durante los años noventa, tras el asesinato de figuras emblemáticas por su compromiso como el diputado comunista Pio la Torre, audaces periodistas que desafiaban el código de silencio, empresarios locales que se negaban a pagar las mordidas o los valientes jueces del 'pool' antimafia Della Chiesa, Falcone, Borsellino…

El difuso llamamiento a una rebelión ciudadana contra la mafia que seguía a cada uno de estos atentados se fue consolidando entre la sociedad civil, cada vez más consciente de la erosión de la cultura de la legalidad y la fragilidad democrática que se estaba imponiendo. Libera. Asociación nombres y números contra la mafia  nace en 1995 como un movimiento social orientado a que la ciudadanía asuma el protagonismo para enfrentar colectívamente el trauma mafioso. Libera es una amplia y heterogénea red de pequeñas y grandes organizaciones coordinadas a nivel nacional, capaz de articular asociaciones de familiares de víctimas, entidades locales, escuelas, sindicatos, grupos scout, ecologistas… conformando un sujeto colectivo capaz de convertirse en referencia social y de sostener de forma permanente en el tiempo la lucha antimafia.

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Planeta vendepatrias o la perversión de la palabra clima: el caso de Nicaragua

Mientras el ministro para políticas públicas Paul Oquist clama por acuerdos de justicia climática para Nicaragua en la próxima COP21, el gobierno del que forma parte  da luz verde a la construcción de un canal interoceánico en ese país, canal que lo parte en dos y que amenaza gravemente el lago Nicaragua o Cocibolca, desoyendo todas las recomendaciones y estudios independientes de los principales científicos nacionales e internacionales.

Como ya publicamos en su día, el gobierno de Nicaragua aprobó la concesión del proyecto canalero a un empresario chino a finales del 2013, sin el conocimiento de su población, a través de una ley, la 840. En ella no se trata solamente de construir una gran zanja, de estropear irreversiblemente el agua potable del lago, de secar ríos y talar selvas para construir la presa Atlanta, de sumergir el archipiélago de Solentiname o hacer libre comercio en Ometepe, al tiempo que se desplaza a miles de personas tras apropiarse de sus tierras.

Se trata, también, de cambiar la constitución de un país sandinista en 48 horas, sólo porque el gobierno tiene secuestrado al símbolo y a la bandera, pero es dirigido y aconsejado por el capitalismo salvaje. Vender la soberanía de todo un pueblo es un dramático ejemplo de los extremos a que puede conducir una mayoría parlamentaria extraviada.

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Mercados rebeldes ¿o 'turbocapitalismo'?

Son tiempos de revoluciones cercanas. Una civilización petrolera que toca a su fin nos convoca a buscar alternativas. Al igual que una sociedad consumista poco viable y muy insatisfactoria como destino humano. En el otro lado de la balanza (re)surgen lo próximo, el cuidado del territorio o el protagonismo ciudadano como referentes de nuevos cambios sociales. Se levantan laboratorios al margen de recetas prefabricadas. Ojalá se confirmen los malos tiempos para el bipartidismo, las croquetas congeladas y los tomates sin sabor.

Son también otras revoluciones. Lo aventuraron aquellos zapatistas que se levantaron en 1994: mejor hablar de procesos de rebeldía que de revoluciones invernales. Es decir: más procesos horizontales que autoritarismos proyectados; más sociedad con autonomía (democracia radical) mientras se presiona para la apertura de las instituciones modernas (democracias participativas); y construir caminos que experimenten desde hoy dinámicas de emancipación, ya sea cómo nos organizamos para ejercer la política o para comer.

Por ello no es de extrañar que revisitemos nociones como el “mercado”, para politizarlo, para hacerlo menos autoritario, más incluyente y sostenible. Los mercados alimentarios son un claro ejemplo. Frente al gran Negocio de la comida (Esther Vivas) buscamos cercanías territoriales y personales, de forma colectiva y cooperativa, para Producir alimentos y Reproducir comunidad (Daniel López). Los mercados globalizados, por el contrario, nos proponen concentrar las decisiones en 7 u 8 cadenas de distribución. Democratizando, eso sí, los riesgos de una alimentación que llenan nuestra sangre de un centenar de sustancias que envenenan a muchas personas en el medio plazo.

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Siria y la crisis ambiental

La situación siria tiene detrás múltiples desencadenantes. Las razones últimas son de orden sociopolítico, pues la organización social y el reparto de los recursos en un territorio termina estando marcado por el tipo de estructura social que impere. Sin embargo, una misma organización social se puede ver tensionada por cambios en el entorno físico en el que se desenvuelva, lo que puede desencadenar una crisis.

Este sería el caso de Siria. Así, la terrible sequía que sufrió el país y la caída en la capacidad extractora de petróleo han sido factores que han precipitado la inestabilidad social y que sentaron las bases de la guerra. Estos hechos, en un contexto de fuerte represión y desigual reparto de la riqueza, son parte de las causas de la actual crisis de refugiados/as que no podemos obviar.

En los años previos al conflicto, concretamente entre 2006 y 2011, el 60% del territorio sirio sufrió una de las mayores sequías que han azotado la región desde el inicio de la agricultura. A esto se sumó que el régimen sirio estuvo incentivando el cultivo de algodón y trigo en regadío, lo que agotó los acuíferos del subsuelo y las reservas en superficie. Este último proceso fue especialmente intenso entre 2002 y 2008.

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No hay centro para tanta periferia

Foto de José Luis Fernández Casadevante

En las calurosas noches de verano es cuando muchos barrios populares celebran sus fiestas, donde se entremezclan el encuentro vecinal, la diversión y cierto aroma reivindicativo. No hay centro para tanta periferia fue el sugerente lema escogido para las que se celebraban en el madrileño barrio de San Blas. Una frase que tiene una doble lectura. Por un lado muestra la tan humana tendencia de pensar que el centro del mundo se encuentra en el lugar que habitamos, asumiendo que nuestras identidades y formas de percibir la realidad se encuentran condicionadas por este hecho; lo que el pedagogo brasileño Paulo Freire expresaba de una forma más bella cuando decía que donde los pies pisan la cabeza piensa. Por otro lado reivindicar la periferia es además un grito de queja ante la evidencia de que las desigualdades socioeconómicas y los imaginarios urbanos, estigmatizantes o elogiosos, se traducen en el espacio urbano de una forma en la que unos barrios siempre ganan y otros siempre pierden.

Resulta llamativa la rebelión electoral que estas periferias han protagonizado en las pasadas elecciones locales, en las que se han movilizado de forma determinante para lograr el cambio en las ciudades donde las plurales candidaturas municipalistas han conformado gobiernos. Los figurantes han ocupado el escenario de la política institucional empujados por la mano invisible, no aquella que defiende las leyes de la oferta y la demanda sino la que introduce en las urnas los votos de las mayorías sociales invisibilizadas. Un cambio inexplicable sin el cuestionamiento de la narrativa oficial de la crisis en la esfera pública llevada a cabo por el 15M, que ha inaugurado el ciclo de acción colectiva más intenso de nuestra historia reciente. Una protesta cuya radicalidad ha consistido en resignificar la noción de democracia, autoconvocando a la sociedad a reconocerse en el espacio público y a recuperar un protagonismo ciudadano que cuestione la desigualdad social creciente. Estos éxitos, inexplicables sin la audacia política de Podemos que ha sido capaz de dislocar el mapa político, se han basado en saber traducir en una apuesta institucional las demandas de democracia (transparencia, participación, regeneración, lucha contra la corrupción…) y justicia social (defender políticas redistributivas, enfatizar la importancia de los servicios públicos, la protección social de los grupos más vulnerables, cuestionar el lucro como principio rector de la economía…).

Igual que hay una periferia urbana y territorial, existe un proceso por el cual determinados discursos y relatos devienen centrales y otros periféricos. Las teorías y prácticas del ecologismo social actualmente se situarían en esas periferias discursivas y simbólicas que no caben bien dentro del círculo que se dibuja para explicar la realidad, forman parte del marco pero nunca se incorporan al núcleo de las discusiones. Pablo Iglesias afirmaba que gan ar en la política hegemónica es básicamente convencer del propio relato. La lucha por ocupar la centralidad del tablero es, precisamente, la lucha por determinar d ó nde se halla la centralidad del tablero . La palabra centro proviene de la palabra griega aguijón, punta del compás en la que se apoya el trazado de una circunferencia. El centro no es tanto un lugar sino un espacio de disputa por ver donde se pincha el compás que trazará el perímetro de lo discutible.

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¿Qué sabrán allí? La actualidad de los saberes indígenas en la crisis socioambiental

Hugo Viciana & Mina Kleiche-Dray ( Institut de Recherche pour le Développement, Centre Populations et Développement, IFRIS )

La concesión, este último año, del premio medio ambiental Goldman a la hondureña Berta Cáceres y del premio Martin Ennals de derechos humanos a la mexicana Alejandra Ancheita ha permitido subrayar, una vez más, la aparente colisión entre derechos humanos fundamentales y visiones del desarrollo económico que sufren comunidades locales y poblaciones migrantes en Latinoamérica que a menudo se ven afectadas por grandes proyectos estatales o de empresas transnacionales. Un choque de trenes entre lo local y lo transnacional que es si cabe más agudo en el ámbito de los conflictos medioambientales.

El área de Latinoamérica y el Caribe contiene aproximadamente un 50% de los recursos en biodiversidad del planeta. Al mismo tiempo, estos países se cuentan entre los más afectados y sus poblaciones entre las más vulnerables frente a determinados efectos de las dinámicas actuales de la globalización. Un mapa virtual de geolocalización de conflictos socioambientales elaborado por el Observatorio de la Deuda en la Globalización recoge alrededor de un centenar de regiones afectadas en Latinoamérica y el Caribe. El Atlas de Justicia Ambiental también señala a Latinoamérica como una de las zonas más calientes en el ámbito de los conflictos medioambientales.

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El fin de los alcaldes del ladrillo. ¿Llegaremos a los alcaldes del menos es más?

Las elecciones municipales han servido  para apartar del poder en muchas ciudades (no en todas) a una generación de alcaldes nacidos al calor del boom del ladrillo. Esto es una buena noticia ya que la política municipal ha sido uno de los lugares donde más se han cultivado dinámicas que nos han llevado a la burbuja inmobiliaria y a todo esto que llamamos crisis, pero es sólo un primer paso que no servirá de mucho si no sabemos atajar también otras causas más profundas.

Los nuevos gobiernos municipales surgidos tras el 24 de mayo se están centrando en paliar los estragos sociales: parar desahucios, regenerar la vida política, practicar una austeridad de verdad (es decir, la que empieza por arriba)... pero, aunque esas medidas sociales son las más urgentes y son muy necesarias, no deberíamos olvidar que el boom del ladrillo no sólo nos ha traído corrupción y deuda, también ha tenido importantes repercusiones ambientales. La burbuja inmobiliaria ha modificado nuestras ciudades y nos ha atado a unos hábitos de consumo energético con un impacto ecológico muy importante, y no debemos olvidar que todo lo ecológico tiene también, tarde o temprano, impacto económico.

En los últimos 20 años las ciudades españolas, que en 1992 se ajustaban al prototipo de ciudad compacta mediterránea, se han expandido enormemente sin que su población haya aumentado significativamente. Se ha extendido el modelo de viviendas unifamiliares y centros comerciales, lo que las ha hecho mucho más costosas de mantener en todos los aspectos: transporte, calefacción, refrigeración,  alumbrado, mantenimiento, dotaciones, etc.

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No somos Homo economicus, sino Homo socialis

Hace un algún tiempo, un alumno despechado quería retirarse de una de mis asignaturas en la UAM y me decía: "A mí no me evalúa cualquiera".

Qué gran error, qué mala lectura de la realidad. A los seres humanos, precisamente, nos evalúa cualquiera: todos y cada uno, y durante casi todo el tiempo. Igual que los chimpancés y bonobos en la intensa vida social de sus grupos, pasamos casi todo el tiempo midiéndonos los unos a los otros. La contingencia de la evaluación formal –mediante nota— que este alumno quería evitar no es sino un minúsculo caso particular de un fenómeno mucho más vasto. También él me estaba evaluando a mí, todos y cada uno de mis alumnos lo hacen cada vez que nos encontramos (incluso si no cumplimentan las encuestas de evaluación formal que la universidad diseña para ello).

He señalado a veces que individualmente podemos vivir mejor, ganando libertad y serenidad, si somos capaces de tomar cierta distancia respecto a esa incesante actividad evaluadora. Depender menos de la mirada de los demás –pero evitando la fácil y degradante vía del desprecio, claro está–. Salir en lo posible del incesante juego de las comparaciones: soy más que tú, soy menos que tú, voy a menoscabarte o dañarte para ser al menos igual que tú… Es uno de los caminos más valiosos para rebajar nuestra egocentricidad –y esto último me parece uno de los prerrequisitos para la vida buena–.

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Carta abierta a Martiño Noriega, un alcalde único

Martiño Noriega, de Compostela Aberta, alcalde de Santiago. / Efe

Estimado Martiño Noriega:

Como estaba previsto, el pasado sábado 13 de junio te convertiste en el nuevo alcalde de Santiago de Compostela. Quiero con estas líneas invitarte a considerar varias cuestiones, de cara a tu nuevo mandato. Precisamente la primera de ellas tiene que ver con la etimología de esa palabra: espero que desde el grupo de Compostela Aberta (C.A.) tendáis una mano a los otros grupos municipales, no para hacer lo que vosotros o ellos quieran, sino para hacer lo que manden las y los compostelanos. Tú bien sabes que la democracia directa es para mí la única digna de ser considerada verdadera democracia, y tienes gente en C.A. que comparte ideas en el mismo sentido, así que se debería notar en vuestra práctica de gobierno. La gente quiere —y es capaz de— decidir todo lo que le afecta. Y, en la medida en que se lo permitáis, haciendo que sea o povo quem mais ordene (como decía Grândola, Vila Morena, la canción de Zeca Afonso), estoy convencido de que vais a asegurar la continuidad de vuestro proyecto para la ciudad.

Pero el principal motivo de mi carta no es la obsesión por la democracia real ya, sino recordarte que tú serás un alcalde diferente a todos los demás que van a gobernar los diversos municipios del Estado Español. Tú eres único porque fuiste el primer regidor local en todo el Estado (cuando estabas al frente de la corporación municipal en el vecino concello de Teo, año 2009) en reconocer que existe un problema llamado Peak Oil o Cénit de la extracción mundial de petróleo y que eso nos expone, a todas las personas que habitamos en las sociedades industrializadas, a unas consecuencias devastadoras. Ahora te toca, por tanto, una enorme responsabilidad: ser el primer alcalde de una capital en Europa en convertir su ciudad en un modelo de adaptación a ese inminente nuevo estadio post-energía-fósil de la humanidad.

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