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Vamos a ganar Castor. ¡No debemos pagarlo!

El TC declara nula e inconstitucional la compensación de 1.350 millones a Escal UGS por Castor

Por mucho que quieran enterrarlo, el Castor se ha convertido en un obstinado zombie que reaparece constantemente en los medios de comunicación para plantarnos ante nuestras caras un ejemplo paradigmático de proyecto-estafa. El pasado 22 de diciembre se conocía la sentencia el Tribunal Constitucional (TC) que estimaba parcialmente el recurso presentado por el Gobierno de Catalunya, el Parlament y el grupo del PSC en el Congreso y anulaba la indemnización de 1350,7 millones de euros que se pagó a las empresas promotoras del almacén de gas Castor, entre ellas ACS de Florentino Pérez.

El enrevesado lenguaje técnico-jurídico nos hace dudar de lo más esencial: ¿es esto una buena noticia?, ¿dejaremos de pagar Castor?, ¿se depurarán, por fin, responsabilidades por el fallido proyecto Castor?, ¿se establecerán mecanismos de control para que no tengamos más 'castores'?

Intentemos desencriptar e interpretar los hitos más importantes de la sentencia:

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Caminar sobre el abismo de los límites

Macron advierte de que estamos perdiendo la lucha contra el cambio climático

Así se titula un  reciente informe elaborado por Ecologistas en Acción y La Transicionera. El texto parte de la constatación de que las evidencias aportadas por distintos organismos internacionales y por buena parte de la comunidad científica señalan que nos encontramos en un momento inédito en la historia de la humanidad: estamos a las puertas de un gran cambio civilizatorio.

Empieza a ser evidente el inicio del agotamiento de los recursos energéticos y materiales, así como los efectos iniciales del cambio climático y de la pérdida de biodiversidad. Paralelamente, el capitalismo global se enfrenta a una crisis que pone de manifiesto importantes límites estructurales. En este contexto, mantener la espiral de producción y consumo crecientes sólo puede acelerar la crisis sistémica.

Las manifestaciones de esta crisis global son palpables en el escenario político mundial. Las políticas de marcado corte xenófobo a ambos lados del Atlántico están respondiendo a la pérdida de empleos industriales y a la caída de las rentas de las clases medias, producidas por las políticas neoliberales, pero también al agotamiento de recursos físicos. Las grandes migraciones y desplazamiento de refugiados son consecuencia de los efectos de guerras en pos de recursos energéticos y de ventajas geoestratégicas, pero también de los efectos del cambio climático.

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¿Y si la alternativa a los supermercados fuesen los supermercados cooperativos?

dibuscoop

El primer supermercado que se construyó en nuestra geografía tuvo su ubicación en la Feria de Muestras de Barcelona de 1959, cuando el pabellón de Estados Unidos decidió instalar la réplica exacta de uno de los que funcionaban en cualquier gran ciudad americana. Imaginar una sociedad marcada por la pobreza, y que a duras penas iba saliendo del periodo de autarquía, ante esta apología del consumismo. Un espectáculo digno de ciencia ficción, que presentó públicamente al supermercado como símbolo de modernidad y progreso. Una aspiración que varias décadas después estaba conseguida, con su plena incorporación al paisaje urbano.

Proximidad, libertad de elección, comodidad y ahorro de tiempo al comprar todo en un mismo establecimiento, ofertas recurrentes, marcas blancas que vendían calidad y abarataban el precio… ideas que racionalizaron el cambio de hábitos de la mayor parte de la población. No era una conspiración secreta, los supermercados triunfaron porque facilitaban la vida a la gente, eran cómodos, tenían horarios ininterrumpidos y permitían el acceso asequible a una amplia gama de productos. Y lo que es más importante, invisibilizaban sus impactos negativos sobre los barrios, la economía y el medio ambiente.

Mientras Alaska y los Pegamoides cantaban entre risas aquello de Terror en el hipermercado, los primeros movimientos ecologistas empezaban a denunciar la verdadera historia de horror que iba a suponer este proceso: la pérdida de diversidad en el pequeño comercio de barrio y la deriva de los supermercados hacia grandes corporaciones, el fomento del consumismo y la capacidad de control que ejercían sobre productores y consumidores. Desconfianzas contraculturales, que junto a los inicios de la agricutura ecológica, impulsaron la puesta en marcha de las primeras cooperativas de consumo de productos ecológicos y las primeras experiencias de comercio justo.

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Una implosión mayor y más rápida que en nuestras peores pesadillas

El pasado mes de octubre se hacía pública en EEUU otra noticia más desde el frente de batalla de la guerra de las sociedades industriales contra la vida: se alertaba de una enorme mortandad de salmones en el estado de Washington, seguramente causada por contaminantes que resultan del tráfico rodado (polvo de desgaste de frenos, gasolina, gasóleo, fluidos tóxicos) . Uno de los ensayistas de referencia sobre cuestiones ecológicas, George Monbiot, que escribe regularmente en The Guardian, comentaba: “El mundo viviente está siendo machacado desde todos los ángulos y colapsa a una velocidad asombrosa. Tal es el efecto del crecimiento económico exponencial. El período de duplicación [del producto económico] es tan breve que vemos el colapso suceder ante nuestros ojos: insectos, salmones, tiburones (y casi todos los peces grandes), leones, elefantes, jirafas, anfibios, pájaros cantores, pingüinos... todos desaparecen mientras estamos mirando. Una implosión mayor y más rápida que en mis peores pesadillas. Pero ¿dónde está la urgencia política? ¿Las cumbres para hacer frente a la emergencia? ¿Las estrategias? Los gobiernos hablan de cualquier cosa excepto de esta catástrofe existencial, penetrada por la creencia religiosa de que el mercado de alguna manera lo resolverá. Cuando precisamente es ‘el mercado’ lo que está impulsando la catástrofe. El PIB es una medida de nuestro progreso hacia el desastre. En cuanto a los medios masivos, la consigna parecería ser ‘no mencionar la guerra contra el mundo natural’. Porque tan pronto como lo mencionas, el cuento económico se derrumba…”.

Monbiot no exagera: ante la magnitud de la Sexta Gran Extinción que hemos puesto en marcha, si se descorre el velo que pone ante nuestros ojos el negacionismo generalizado de la cultura dominante, uno se queda anonadado, casi mudo. Ningún logro humano –artístico, tecnológico, filosófico, económico…- podría justificar lo que estamos haciendo a los seres vivos y a la entretejida trama de la vida en la Tierra. Creo que nada puede compensar todo ese sufrimiento, tanta devastación.

La destrucción de vida viene causada por diferentes factores que interactúan: la pérdida de hábitats, el cambio climático, el uso intensivo de plaguicidas y varias formas de contaminación industrial, por ejemplo, están diezmando las poblaciones de insectos y aves. Pero –nos dice uno de los grandes economistas ecólogicos del mundo, el canadiense William E. Rees- “el motor general es lo que un ecólogo podría llamar el ‘desplazamiento competitivo’ de la vida no humana por el crecimiento inexorable de la empresa humana. En un planeta finito donde millones de especies comparten el mismo espacio y dependen de los mismos productos finitos de la fotosíntesis, la expansión continua de una especie necesariamente conduce a la contracción y extinción de otras. (Que los políticos toman nota: siempre hay un conflicto entre la población humana más su expansión económica y la ‘protección del medio ambiente’).

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COP23: tres argumentos para insistir en las demandas de compensación

La negativa de los países más contaminantes del planeta y, en concreto, de los Estados Unidos, a aceptar cualquier tipo de compensación a los países más afectados por el cambio climático quedó reflejada en la decisión 1/CP.21 del Acuerdo de París, donde se excluyen especialmente las palabras “compensación” y “responsabilidad”. Es de esperar que en la 23º Conferencia de las Partes que se desarrolla estos días en la ciudad alemana de Bonn, presidida por el Primer Ministro de las Islas Fiji, los países más afectados por el cambio climático y, en especial, los estados de las islas del Pacífico, vuelvan a tratar de convencer a la comunidad internacional de la necesidad de incluir mecanismos de compensación y asunción de responsabilidades en los acuerdos climáticos.

En oposición a estas demandas, buena parte de la comunidad política y académica ha concluido que la manifiesta y absoluta falta de voluntad política para asumir las consecuencias de las responsabilidades históricas de los países más contaminantes debe ser tomada como punto de partida para cualquier propuesta en materia de justicia climática. La inviabilidad política de un marco compensatorio les lleva, por tanto, a no enfrentar esta premisa y a buscar otros mecanismos con los que lograr impulsar políticas climáticas en favor de los más vulnerables.

Este lenguaje de la “viabilidad política” suele venir acompañado de consideraciones acerca de la efectividad de las opciones alternativas a la compensación, como las demandas de justicia distributiva, argumentos humanitarios o referencias a la protección de los derechos humanos. Además de ser más efectivos, se argumenta, este tipo de marcos teóricos permitirían abordar los efectos negativos del cambio climático atribuibles a las variaciones naturales y a factores socio-económicos. Por tanto, se nos dice, los argumentos basados en el estado en que se encuentras las víctimas, y no tanto en la responsabilidad de los malhechores, resultar más atractivos para solventar los efectos negativos del cambio climático.

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Más allá de las llamas: agroecología para un rural menos vulnerable

Hace dos semanas miles de hectáreas de tierras productivas fueron devastadas por las llamas. Los incendios de Asturias, Galiza y Portugal se caracterizaron por la intensidad y voracidad del fuego. En muy pocas horas causaron una destrucción masiva de capital natural, sembraron el pánico en muchos núcleos de población y causaron la muerte de 4 personas en Galiza y de 45 en Portugal.

Tienen razón los políticos cuando indican que las razones de los incendios son humanas. Pero se equivocan cuando apuntan a imprudentes visitantes de los montes o a descuidados desbrozadores de malezas, y mienten descaradamente cuando pretenden tapar su inoperancia y desidia mencionando a terroristas incendiarios. Somos los humanos que consumimos demasiados combustibles fósiles, somos los humanos que expulsamos demasiado CO 2 a la atmósfera los que aceleramos el cambio climático, sembramos vientos para recoger tempestades en forma grandes huracanes que traen incendios ahora o lluvias torrenciales después.

Las mentes pensantes que diseñaron, amparan y justifican el sistema económico capitalista español aún militan en la creencia de “la tecnología todo lo puede” y si no puede, deberemos afinar el funcionamiento de algunas de las partes que conforman aquel sistema, añadir nuevas técnicas más o menos eficientes e impulsar algunos ajustes institucionales. Todo ello para mantener intactas las posiciones de poder que algunos, pocos, ejercen desde la atalaya de la comodidad, de la abundancia y del desprecio a todo lo que pueda significar una amenaza, por leve que sea, a su “merecido” éxito.

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Resiliencia: la verdadera independencia de un territorio

Las naciones sin Estado luchan, legítimamente, por su reconocimiento y, en no pocos casos, por su independencia. Pero... ¿ser independientes de qué? o ¿de quién? La reclamación clásica consiste en crear su propio Estado para ser independientes de aquel bajo cuyas estructuras legales, jurídicas y militares se encuentran encajados a la fuerza, y crear las suyas propias a partir de una delimitación diferente de la soberanía sobre el territorio ocupado por dicha nación. Hasta aquí, algo conocido.

No obstante, si nos paramos a pensar qué es lo que hace mover realmente la sociedad y la economía de un territorio, más allá de la política, veremos que de lo que depende en última instancia es de las fuentes de energía que lo sostienen desde un punto de vista físico, así como de los materiales, productos de uso diario y alimentos, a lo que cabe añadir a nivel ecosistémico la dependencia de todo un conjunto de servicios ambientales prestados por la Naturaleza y de un cierto equilibrio o estabilidad en los parámetros climáticos. Si todo eso fallase, ¿de qué nos serviría disponer de nuestro propio Estado? Pues bien, es precisamente esta la situación que tienen ante sí todos nuestros países y el factor de la cuestión de la soberanía/independencia del que menos se habla (aunque haya notables excepciones).

La otra manera de enfrentarse a esta cuestión —tanto desde las naciones a la búsqueda de su propio Estado, como desde los Estados actualmente reconocidos— implicaría seguir una hoja de ruta política y social bien diferente a la actual. En primer lugar, sería necesario visibilizar el problema, ser conscientes de él, como conditio sine-qua-non para poder afrontarlo. Y nuestro Problema —con mayúscula— se llama choque de la civilización industrial contra los límites biofísicos del planeta; algunas personas y colectivos lo denominamos a partir de la consecuencia inevitable de dicho choque, el colapso de nuestra civilización, dado que una vez que deje de aumentar la energía disponible, resultará imposible mantener una complejidad siempre creciente y eso dará lugar a una necesaria descomplejización y decrecimiento acelerado de nuestros sistemas socioeconómicos: eso, y no otra cosa, es un colapso.

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La Ley del cambio climático: nuestra verdad incómoda

“Somos la primera generación que siente las consecuencias del cambio climático y la última que tiene la oportunidad de hacer algo para detenerlo” proclamaba Obama en 2015, impresionado por la contundencia de la información  científica.  Han hecho falta 40 años, desde la publicación del informe “Los límite del crecimiento” del Club de Roma, para que las élites mundiales reconozcan que, de no afrontar una profunda y rápida transformación de nuestros patrones energéticos, de producción y consumo, enfrentaremos una gravísima desestabilización global de los ecosistemas y ciclos que sustentan la vida actual (nuestra vida) con gravísimas consecuencias sobre los diversos territorios, poblaciones y la consiguiente multiplicación de los flujos migratorios.

Es evidente que vivimos tiempos de emergencia y excepción,  que habría que asumir transformaciones  profundas antes de mediados de siglo y que una de las condiciones para evitar atravesar la línea roja del incremento de temperatura superior  a 1,5ªC – 2ºC a finales de este siglo, algo que resulta ya casi imposible de eludir, exige revolucionar el binomio energía-clima para reducir los consumos, abandonar los combustibles fósiles e implantar sistemas renovables y mitigar drásticamente las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI) antes de 2050 (la Hoja de Ruta de la UE a 2050, que habrá que actualizar con mayor ambición tras la futura Cumbre de  Bonn, establecía una reducción de los GEI del 80%-95% con relación a 1990).   

En este marco, el Gobierno de España ha planteado un proceso de participación sobre la futura Ley del cambio climático y de la transición energética, vía encuesta en Internet, que nos parece claramente insuficiente y hemos considerado imprescindible aclarar y definir aspectos fundamentales que aquella no posibilita. A ello va dirigido este escrito.

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'Greentrificacion' o cómo las élites adoran los parques y detestan la ecología

High Line New York

Desde hace un año los colectivos vecinales y deportivos de mi barrio hemos impulsado un proyecto para redefinir los usos de la parte inferior de un puente, que va a convertir uno de esos vacíos urbanos infrautilizados en canchas de baloncesto y fútbol, espacios de patinaje, parkour y un anfiteatro. El proceso Pacífico Puente Abierto, apoyado por la Junta de Distrito ha servido para estimular la imaginación urbanística local, lo que ha desembocado en plantear la peatonalización de la parte superior de dicho puente, que actualmente acoge seis carriles para el tráfico motorizado. Ahora vecinos y vecinas estamos inmersos en un proceso participativo para repensar esta infraestructura obsoleta con las premisas de aumentar y mejorar la calidad del espacio público, favorecer la movilidad peatonal y ciclista; integrando el puente en un eje cívico que conecte grandes parques y equipamientos, a la vez que reverdece la ciudad.

A la salida de uno de estos talleres mientras fantaseábamos sobre lo agradable que va a quedar esa parte del barrio, alguien comentó la revalorización que iba a suponer para las viviendas de los alrededores. Lo que condujo a preguntarnos si muchas de las personas que han impulsado estas mejoras iban a poder seguir disfrutándolas en el futuro o serían desplazadas por la subida de los precios de la vivienda. Empezamos soñando un parque y terminamos desvelados por la pesadilla de la 'greentrification'.

La 'greentificación' plantea cómo el desarrollo de zonas verdes y la recualificación del espacio público activan dinámicas urbanas que desembocan en el desplazamiento de las clases populares de las proximidades de estos lugares renovados y reverdecidos. Una 'gentrificación' impulsada por el verde urbano. Las comunidades locales se movilizan para reverdecer sus barrios y cuando lo logran, pasado un tiempo, son gentrificadas pues las dinámicas de mercado vuelven a empujarlas a entornos menos atractivos. Todo el mundo quiere tener un parque cerca pero pocos pueden costearlo, pues el acceso a zonas verdes próximas de calidad se ha convertido en un factor relevante a la hora de fijar los precios de las viviendas.

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¿Qué significa ser incómodo? Al Gore lo explica en su último documental sobre la crisis climática

La semana pasada se estrenaba el nuevo documental de Al Gore: Una verdad muy incómoda: ahora o nunca. La película idolatra exageradamente la figura del exvicepresidente de EE UU y se atasca en que las energías limpias son la única solución al cambio climático. El documental acaba con una frase: #SéIncómodo, convence a tu pueblo o ciudad o empresa para que transite hacia las renovables. Pero, ¿qué significa realmente ser incómodo? El siguiente artículo contiene spoilers.

Ser incómodo es invertir en renovables

Tormentas, deshielo, aumento del nivel del mar, sequías, calentamiento de la atmósfera… Incluso se llega a decir al principio del documental que los que más responsabilidad tienen en estos fenómenos son los que toman las decisiones. Sin embargo, no se llega a la verdadera causa y ya empieza a hablar de las soluciones. ¿Cuáles son? Invertir en energía solar y fotovoltaica… ¡Ah! y el lanzamiento de un satélite cuya misión es proporcionar información sobre posibles tormentas solares y fotografías del globo terráqueo -una imagen que, según explica Al Gore, nos ayuda a conectar con la Tierra y nos invita a la reflexión y su cuidado-.

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