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Ecología de un catálogo de juguetes

Estos catálogos de juguetes son un muestrario de aprendizajes posibles, que en raras ocasiones aportan emociones, conocimientos y habilidades funcionales para desenvolverse en un contexto ecológicamente adverso

Sin ser dogmáticos, asumiendo contradicciones y disfrutando de los Reyes Magos; no debemos evitar reflexionar sobre qué valores y prácticas potencian los juguetes que vamos a regalar

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juguete

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En las navidades me gusta ojear los catálogos de juguetes, por un lado porque me recuerdan a la infancia cuando jugaba con mi hermano a ver quien se “pedía” más rápido el que más le gustaba de cada página. Momentos en los que soñábamos despiertos a acaparar tantos juguetes como fuera posible, sin darnos cuenta de que el catálogo en sí ya era un juego. Con el paso de los años la atracción evolucionó hacia la curiosidad sociológica, ver en los catálogos los cambios y tendencias de nuestra sociedad de consumo: modas, relaciones de género, militarismo, diversidad...

Jugar es un aspecto esencial de la vida, especialmente durante la infancia, donde, a parte de divertirnos, conocemos e interiorizamos muchas claves del funcionamiento de nuestras sociedades. El aprendizaje por imitación es una de las dinámicas del juego y se basa en las neuronas espejo, que se activan en nuestro cerebro cuando tratamos de comprender las acciones emprendidas por otras personas, pues su comportamiento se refleja en nuestra mente como si estuviéramos realizando dichas acciones. La neurociencia sostiene la importancia del aprendizaje por imitación en el desarrollo personal de capacidades cognitivas esenciales para la vida social como la empatía.

Y no he parado de dar vueltas a esto, desde que hace unos días me encontré con la imagen que ilustra este artículo; tres objetos de uso cotidiano que se venden como un pack de juguetes infantiles. Un pack que ilustra un modelo educativo inconsciente, tanto porque está naturalizado y se transmite de forma no intencional, inconsciente porque desvela una falta de conciencia ambiental. Televisión, móvil y coche son tres objetos que simbolizan la colonización de nuestros imaginarios por unos estilos de vida insostenibles, y con los que adultos e infantes deberíamos cambiar drásticamente la forma en la que nos relacionamos.

No podemos eludir que la crisis ecosocial es esencialmente una crisis cultural (valores, expectativas, hábitos, representaciones simbólicas…), así que cómo jugamos/educamos es esencial para su abordaje.

De las muchas críticas que se podrían hacer a la cultura del automóvil, cómo afecta al modelo de ciudad, la contaminación o sus aportes al colapso climático; hoy me centraría en c ó mo el coche ha sido un actor imprescindible en la reducción del espacio de juego libre para la infancia en un 90%. Investigaciones en Reino Unido muestran como en veinte años, de 1971 a 1991 el número de niños y niñas de 8 años que iban solos al colegio ha descendido del 80% al 9%.

La televisión es crucial para la construcción de identidades culturales, pues hace circular todo un bricolaje de representaciones de clase, género, raza, edad y sexo, con los que nos identificamos o contra las que luchamos. A estas habría que añadir también representaciones económicas y ecológicas, y es que ver más la televisión aumenta las aspiraciones consumista s y la sensación de infelicidad e insatisfacción económica aunque aumenten los ingresos.

De este ecosistema de pantallas, la del móvil se ha convertido en una problemática emergente a gestionar por todas las familias. Vamos siendo conscientes de las adicciones que genera, la forma en la que condicionan dese la autoestima a los procesos de aprendizaje, y cómo las élites que trabajan en Sillicon Valley evitan que sus hijos e hijas se eduquen con las tecnologías que ellos fabrican. Una instructiva paradoja que muestra como, al igual que el Big Data termina llevando a que las clases populares sean evaluadas por algoritmos y las élites por personas, la socialización de las clases populares se encuentre más condicionada por lo que se contempla desde las múltiples pantallas. En tiempos de precarización y de ritmos vitales acelerados, un tiempo de calidad para cuidar y jugar va siendo un privilegio que en muchos casos se suple con pantallas. Y lo peor es que estas reflexiones no son un snobismo contracultural, sino que las recomendaciones de la Academia Americana de Pediatría plantean evitar totalmente la exposición a la TV y otras pantallas antes de los 2 años de edad.

Un ecosistema de pantallas que nos aleja de los ecosistemas naturales, agudizando la creciente desconexión de la naturaleza, que va convirtiéndose más en una abstracción que en una realidad tangible donde la infancia haya tenido experiencias vitalmente significativas, como muestra el trabajo de Richard Louv. Y es que nuestro sistema educativo anda más preocupado por introducir las nuevas tecnologías en el aula, que por adaptar curriculums y dinámicas al escenario de incertidumbre al que nos aboca la crisis ecosocial.

Estos catálogos de juguetes son un muestrario de aprendizajes posibles, que en raras ocasiones aportan emociones, conocimientos y habilidades funcionales para desenvolverse en un contexto ecológicamente adverso. Además no cuentan cómo el exceso de juguetes termina por empobrecer la experiencia del juego, llevando incluso a la erosión del emotivo r itual de los regalos; o como se invisibiliza la existencia de muchos juguetes alternativos que promueven otros valores más sostenibles y cooperativos. Un reto pendiente es potenciar tanto la ecología de los juguetes como los juguetes ecológicos.

El pionero ambientalista Aldo Leopold decía que una de las penalizaciones de la educación ecológica es que se vive en un mundo de heridas. Así que sin negar parte de esa mirada descarnada sobre la realidad, sin ser dogmáticos, asumiendo contradicciones y disfrutando de los Reyes Magos; no debemos evitar reflexionar sobre qué valores y prácticas potencian los juguetes que vamos a regalar en estas señaladas fechas.

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