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Política para tiempos de invierno

El clima invernal es una metáfora de un mundo con energía en declive. Es ya evidente que tenemos problemas muy serios con la energía, pero la clase política europea sigue resistiéndose a hablar de crisis energética

La política económica no puede seguir basándose en las teorías keynesianas, liberales o marxistas del siglo XX y debe abrirse a las tendencias más modernas de la economía biofísica

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EFE

El éxito de Vox en las elecciones andaluzas nos avisa de que el invierno ha llegado a la política española. Si hace dos años el tiempo político se asemejaba al otoño, por toda la podredumbre que en aquellos momentos inundaba nuestra vida pública, ahora podemos decir claramente que estamos en invierno, estación que en la tradición china se asocia a la emoción del miedo.

Como escribía hace unos días mi paisano Juan Peña el auge de la derecha se puede atribuir fácilmente a la precariedad y zozobra en la que nos han sumido, tanto la crisis económica como las múltiples crisis de este siglo. A la precariedad de los empleos que se suma la inestabilidad de las convicciones, el cambio de los roles de género, la amenaza del cambio climático, y, como guinda, el miedo a perder la nación española. Es normal que el votante intente anclarse buscando seguridades y es lógico que se sienta atraído por esta “nueva” derecha que se viste de todos los símbolos que evocan la tierra. Las imágenes que escogen los vídeos de Vox son muy reveladoras a este respecto porque todas apuntan hacia esa dimensión terrestre: el hombre en la montaña, el trigo, la horizontalidad total y marrón de la llanura, los hombres a caballo, las botas, la boina...

Lo malo es que --como suele suceder en esta época de marketing y vidas virtuales-- los políticos y sus votantes se quedan en los símbolos, pero no tocan la tierra real, ni miran hacia la tierra real, ni van a la raíz material de los problemas. Esto no es nada original: siempre ha sido más fácil quedarse en los mitos que bajar a las realidades.

También en 1898, cuando España perdió la base colonial que alimentaba su sociedad, los intelectuales evocaron a Castilla, la región con más símbolos de tierra en el imaginario español. Con ello intentaron reconstruir la nación espiritual, pero poco se hizo en aquella época para reconstruir la nación material que se quedaba, súbitamente, sin las fértiles tierras de ultramar y tenía que volver a depender de la energía de su frágil campesinado. Ahora la derecha utiliza símbolos como la tradición taurina, el patriarcado y la religión para reconstruir de nuevo la patria espiritual, pero, en lo material, sigue ofreciendo las recetas económicas de siempre: las que, en los últimos veinte años, nos han servido para inflar burbujas y aumentar la desigualdad.

Sin embargo, al contrario que Juan Peña, creo que la solución no debe ser, únicamente, acostumbrarnos a cabalgar la incertidumbre: debemos escuchar esta necesidad de seguridad que las elecciones andaluzas han puesto en evidencia. El miedo puede ser paralizante y fuente de numerosas neurosis, pero es esencial para conservar la vida. Debemos ofrecer soluciones a la zozobra que vive esta sociedad y eso solo puede hacerse reconociendo que el clima invernal es una realidad y, por tanto, debemos prestar especial atención a la tierra energética que nos sostiene.

El clima invernal es una metáfora de un mundo con energía en declive. Es ya evidente que tenemos problemas muy serios con la energía, pero la clase política europea sigue resistiéndose a hablar de crisis energética. Se intenta acometer una transición que nadie entiende, sin explicar que las verdaderas razones de la misma van mucho más allá del cambio climático. Mientras tanto, el descenso de la tasa de retorno energético lleva 10 años minando nuestras sociedades, haciendo más difícil el crecimiento económico y más complicada la vida de las personas y las familias.

Por eso necesitamos recuperar urgentemente nuestra tierra, entendida en sentido amplio como la capacidad de obtener y conservar la energía para nutrir nuestra economía. Y esto se debe concretar en políticas que sólo serán toleradas por la ciudadanía si se explican claramente las razones energéticas que llevan detrás y se visualizan bien sus ventajas económicas.

Podemos acometer políticas que reduzcan drásticamente el uso del coche, pero sólo serán populares si ofrecemos alternativas y explicamos muy bien cuál es la factura que ahora pagamos por la gasolina (factura que podría invertirse en otros sectores económicos). Además, deberíamos diseñar planes estratégicos para sustituir los sectores productivos ligados al automóvil, sabiendo que debemos independizarnos de ellos porque son sectores muy frágiles frente al pico del petróleo, no únicamente porque el automóvil contamina.

Podemos fomentar el autoconsumo fotovoltaico y la eficiencia térmica en edificios, pero estas políticas sólo serán efectivas si la población entiende que el ahorro le beneficia económicamente y el gobierno es capaz de resistir las presiones de las empresas interesadas en vender energía.

Podemos también recuperar el medio rural y ayudar a agricultores y ganaderos a sobrevivir al constante aumento de los insumos derivados del petróleo a base de fomentar la agricultura ecológica. Esto también permitiría regenerar nuestros suelos, amenazados enormemente por el cambio climático. Pero todo ello necesitaría una gran labor de educación y resistir las presiones de la industria agroquímica, que no está interesada en absoluto en estas técnicas.

Pero, antes de poder articular el discurso que explique todo esto, la izquierda necesita incorporar a sus políticas económicas el ideario adecuado, aquel que le permita tocar tierra y contemplar la dimensión energética de la economía. La política económica no puede seguir basándose en las teorías keynesianas, liberales o marxistas del siglo XX y debe abrirse a las tendencias más modernas de la economía biofísica, las únicas que reconocen la importancia de la energía en el proceso económico.

Sólo estas nuevas ideas de la economía biofísica son capaces de reaccionar ante el siglo XXI que se vislumbra completamente diferente a los anteriores. Las teorías económicas del pasado se están demostrando incapaces de explicar las crisis actuales: no es de extrañar que los discursos políticos que se basan en ellas resulten cada vez menos creíbles.

La derecha se ha sabido adaptar a este tiempo de incertidumbre recurriendo a mitos culturales y a la supuesta estabilidad que da lo conocido. La izquierda no tiene otra forma de adaptarse más que siendo valiente y hablando claramente de la realidad energética. Porque es esa realidad energética la que explica los desconcertantes cambios y las insidiosas dinámicas de este siglo; dinámicas que hacen que los votantes se agarren al primero que les vende una imagen de estabilidad, incluso cuando esta imagen no está basada en realidades sino en quimeras y mitos del pasado.

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