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La candidatura del reactor IFMIF-Dones en Granada y las promesas de la fusión nuclear

La utopía de la fusión ofrece la imagen de que es posible una solución al agotamiento de los recursos fósiles y al cambio climático sin tener que transformar los actuales patrones de transporte, consumo, construcción...

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EFE

La candidatura de Granada como sede del acelerador de partículas IFMIF-DONES, con el apoyo prácticamente unánime de la comunidad científica, empresarial e institucional, ha puesto de actualidad en el contexto español la apuesta por la fusión nuclear como fuente energética de futuro.

Resulta llamativo observar cómo un proyecto de una envergadura y complejidad tal no ha generado prácticamente debate, oscilando las reacciones entre el apoyo entusiasta y la indiferencia. Algo en cualquier caso comprensible en una provincia como Granada, con una tasa de paro superior al 25 %; cualquier iniciativa que prometa inversiones millonarias y puestos de trabajo será recibida sin cuestionamiento ni análisis.

Además, la propia complejidad técnica del proyecto lo sustrae del debate público. ¿Cómo posicionarse críticamente ante procedimientos que son comprendidos en profundidad a duras penas por una decena de especialistas en todo el mundo? ¿Cómo valorar los riesgos o la prioridad de dispositivos de tamaña complejidad? Como en tantas otras realidades técnicas contemporáneas, se abre un abismo entre aquello que como sociedades podemos construir y lo que como individuos podemos comprender y valorar políticamente.

No menos importante para entender la falta de reacción es el consenso que se ha instalado, incluso en parte del movimiento ecologista, en torno a las bondades de la fusión. Ésta se presenta como una fuente energética limpia e inagotable que, a diferencia de la desprestigiada energía nuclear de fisión de los reactores actualmente en marcha, no generaría residuos radioactivos. Es más, tampoco se enfrentaría a problemas de abastecimiento al utilizar como combustible un isótopo de hidrógeno presente en el agua de mar: el deuterio. Sin necesidad de entrar en todos los detalles de su complejidad técnica, un acercamiento al proceso de fusión nuclear permite poner en cuestión ambas ideas.

El proceso de fusión nuclear

La reacción de fusión consiste en la unión de dos isótopos del hidrógeno, el deuterio y el tritio. Ésta da lugar a un núcleo de Helio y a la vez emite una gran cantidad de energía. La idea sería aprovecharla para calentar agua, impulsando así una turbina que generaría electricidad.

La simple producción de esta reacción, muy similar a la que se da continuamente en el Sol, requiere unas condiciones muy particulares, que se complican aun más si se pretende controlar todo el proceso y aprovecharlo con fines energéticos. En concreto necesita una enorme cantidad de calor para vencer la repulsión electromagnética de los distintos átomos, además del uso de materiales que soporten las enormes temperaturas generadas.

La fusión nuclear, eterna promesa de la sociedad industrial, sigue estando lejos ser una fuente de energía estable, rentable y segura. En su camino se interponen una serie de obstáculos técnicos que proyectos internacionales como el ITER, en construcción en el sur de Francia, o el IFMIF-Dones pretenden solventar mediante la investigación de diferentes partes del proceso. El objetivo concreto de este último sería poner a prueba materiales capaces de resistir el lanzamiento de neutrones de alta energía sobre un flujo de litio en estado líquido a elevadas temperaturas, proceso vital para la reacción de fusión.

En caso de que los resultados fueran satisfactorios, y en un periodo mínimo de varias décadas, los proyectos convergerían permitiendo la construcción un prototipo que permitiera evaluar el proceso completo. Solo en caso de que éste resultara también operativo se procedería a un uso comercial.

Aunque ha requerido arduas negociaciones, este conjunto de proyectos cuentan hoy con el apoyo de la Unión Europea, EEUU, Japón, Rusia, China, Corea del Sur e India. La cooperación de los diferentes bloques dominantes, tanto hegemónicos como emergentes, en el impulso de la fusión se remonta a los últimos años de la guerra fría. Ya en 1985 Ronald Reagan y Mijail Gorbachov acordaron en Ginebra potenciar esta fuente energética apoyando la construcción del reactor ITER.

La cara oscura de la fusión nuclear

Uno de los argumentos clave de los defensores de la fusión nuclear es que no genera residuos radioactivos. Si bien es cierto que los elementos derivados de la reacción no contienen carga radioactiva, uno de los isótopos utilizados en la misma, el tritio, sí es radioactivo, y los materiales de revestimiento estructural deben ser tratados como desechos radioactivos. De hecho se estima que el desmantelamiento definitivo del reactor ITER, una vez agotada su vida activa, generará de 30.000 a 40.000 toneladas de residuos radioactivos.

En cuanto al carácter inagotable de esta fuente energética, se trata de un espejismo. En el caso de una hipotética explotación comercial de la fusión nuclear, un mineral finito como el litio pasaría a ser el recurso estratégico, y por tanto factor limitante para su desarrollo. A partir de éste se obtiene el tritio, imprescindible en la reacción. Además, como se señalaba antes uno de los dos componentes fundamentales del futuro reactor IFMIF-DONES sería una pared de litio líquido.

Es esperable que en las próximas décadas la demanda de litio se dispare debido a su papel fundamental en la fabricación de baterías para vehículos eléctricos, lo que ya de por sí supondrá una presión enorme sobre las reservas existentes. Según la investigadora Alicia Valero el pico del litio (el momento a partir del cual su extracción sería cada vez más costosa y difícil) se alcanzará a mediados de este siglo. Es decir, incluso en el caso de que el proceso de fusión terminara por demostrarse viable, su desarrollo comercial comenzaría en un escenario de declive de la disponibilidad de uno de sus elementos clave.

Por otra parte, las enormes dimensiones de los proyectos asociados a la fusión (reactor experimental ITER, el IFMIF-DONES, JETs, el PROTO y el futuro reactor DEMO...), ponen en entredicho su propia condición de fuente de energía. Sin una contabilidad rigurosa de la energía asociada a las varias décadas de desarrollo de éstos no es posible descartar a priori que la fusión terminara por convertirse en un sumidero energético.

A todo ello se suman las terribles condiciones de centralización y gestión asociadas a un complejo tecnocientífico de producción nuclear de este tipo. Al igual que sucede con la energía de fisión, no parece posible separar realidades como los reactores nucleares de sociedades basadas en estados centralizados y que descansen sobre instituciones de producción, difusión y control del conocimiento de igual modo especializadas y jerárquicas.

Los plazos infinitos

Los plazos que manejan los proyectos de energía de fusión entran en contradicción con las urgencias impuestas por el cambio climático y el agotamiento de los recursos energéticos actuales. Mientras que las subidas de temperatura previstas en caso de mantenerse el nivel actual de emisiones de carbono han comenzado a hacerse patentes y el pico de los combustibles fósiles ya se ha superado, la explotación comercial de la fusión nuclear se nos promete para finales de este siglo.

Pero si es importante hablar de los diferentes proyectos encaminados a la obtención de energía de fusión nuclear es además por su función ideológica. Como señalaba el fallecido Antonio Estevan, la fusión nuclear es un “ mito útil para la supervivencia del modelo”. La utopía de la fusión ofrece la imagen de que es posible una solución al agotamiento de los recursos fósiles y al cambio climático sin tener que transformar los actuales patrones de transporte, consumo, construcción… simplemente cambiando una fuente de energía por otra e intensificando la electrificación como vector energético (de forma similar, dicho sea de paso, a los discursos que defienden la implementación de fuentes renovables manteniendo la actual demanda energética).

Es un esquema de pensamiento similar al de la geoingeniería en el terreno del cambio climático, o los cultivos transgénicos frente a la desnutrición: megaproyectos tecnológicos de enorme complejidad y consecuencias inciertas planteados como solución a problemas sociales y políticos derivados de las propias dinámicas del desarrollo industrial y capitalista.

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