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Una juventud truncada por el bloqueo

Israel mantiene un bloqueo por tierra, mar y aire sobre la franja de Gaza desde hace once años.

Conseguir un permiso para entrar en territorio israelí es casi imposible y la mayor parte de los jóvenes gazatíes creen que no hay futuro para su generación.

Mohamad, de 25 años, es uno de los miles de jóvenes de Gaza que emprendió sus estudios universitarios con ilusión.

Mohamad, de 25 años, es uno de los miles de jóvenes de Gaza que emprendió sus estudios universitarios con ilusión. Ana Alba / Campo de refugiados de Al Shati, Franja de Gaza.

“Me gustaría que me dieran una oportunidad, que me valoraran. Sería lo justo después de haber estudiado y haber gastado tanto dinero para obtener el diploma. Tener un trabajo a cambio del esfuerzo sería lo normal. No he estudiado para quedarme en casa sentado”, afirma con tristeza Mohamad al Siam en una de las tres modestas habitaciones en las que vive con sus padres y hermanos, en un edificio lúgubre del campo de refugiados de Al Shati, en Gaza.

La familia Al Siam procede de Al Jura, un pueblo arrasado por las fuerzas israelíes en 1948, en la guerra entre israelíes y una coalición de países árabes que siguió a la creación del Estado de Israel. Sus tierras se encuentran en el municipio israelí de Ashkelon, a unos pocos kilómetros de Gaza, un lugar que nunca han podido visitar.

Como Mohamad, unos 274.000 gazatíes tienen título o diploma universitario -el 49,7% son mujeres-, según datos de la Oficina de Estadísticas de este pequeño territorio palestino. 

Cada vez son más los chicos y chicas que deciden estudiar una carrera universitaria, aunque saben que tienen muy pocas posibilidades de encontrar empleo cuando acaben sus estudios. El paro en Gaza es del 48% y entre los gazatíes de 18 a 29 años, que son el 23,5% de la población, es del 72,4%.

Mohamad, de 25 años, es uno de los miles de jóvenes que emprendió sus estudios universitarios con ilusión. Conseguir su diploma de ingeniero de mantenimiento informático le llevó siete años porque su familia no tenía suficiente dinero para pagarle la carrera y tuvo que cursarla lentamente.

Los pocos recursos económicos de los Siam se invirtieron en los estudios de Mohamad, el mayor de cinco hermanos. El segundo, Mohannad, ya no pudo acceder a la universidad.

"Me gradué en 2017 con la esperanza de encontrar trabajo, pero no lo conseguí, ni en el sector de mi profesión, ni en ningún otro", explica.

Cae la tarde, la habitación ensombrece y no se puede evitar encendiendo la lámpara porque no hay electricidad. La familia no dispone de generador, no podría pagar el combustible para alimentarlo.

El campo de Al Shati, la playa, en árabe, es el lugar con mayor densidad de población de Gaza (55.000 habitantes por km2). En la franja viven actualmente casi dos millones de palestinos en una superficie de 365 km2.

"Tenemos solo cuatro horas de electricidad. El agua viene cada tres días. Nunca llegan juntas", lamenta Mohamad. Los Siam reciben alimentos de la Agencia de la ONU para los Refugiados de Palestina (UNRWA) porque no les alcanza el dinero para comer. Sin esta ayuda no sobrevivirían.

En los paquetes de UNRWA hay lentejas, garbanzos, harina, aceite, azúcar, latas de sardinas y leche en polvo. Esta familia apenas prueba la carne, cada dos semanas, come alas de pollo que la madre, Jitam, compra congeladas "porque es lo más barato que hay", explica. Y cada diez días, un vecino les regala verdura por valor de 30 shekels (unos 7 euros).

"No podemos procurarnos ni lo básico para subsistir. Los jóvenes graduados no tenemos trabajo en Gaza, no tenemos nada", dice Mohamad. Entre sus amigos, solo dos afortunados tienen empleo. Uno, que ya es padre de familia, trabaja en una ONG por 200 dólares al mes. Otro es contable en el despacho de su tío.

A Mohamad le gustaría formar una familia, pero asegura que su precariedad se lo impide. "Casarse en Gaza, hoy en día, es muy difícil. Yo ahora no puedo porque no tengo dinero ni lugar para vivir, ni siquiera podría pagar la boda", lamenta.

Casarse siguiendo la tradición cuesta una fortuna que muchos jóvenes en Gaza no pueden permitirse. Algunas ONG palestinas ayudan a parejas para que puedan llevar a cabo sus planes. Organizan bodas colectivas con los costes cubiertos y entregan a los novios una pequeña suma de dinero, algún electrodoméstico y unos cuantos muebles.

11 años de bloqueo israelí

Mohamad se siente frustrado, afirma que en Gaza no hay futuro para su generación y piensa cada vez más en abandonarla. Pero salir de esta prisión es muy difícil. Israel mantiene un bloqueo por tierra, mar y aire sobre la franja desde hace once años. Conseguir un permiso para entrar en territorio israelí es casi imposible.

Marcharse por la frontera con Egipto también es complicado. Después de mantenerla cerrada casi de forma permanente durante unos años, en 2018 el paso de Rafah se ha abierto con mucha más frecuencia, pero hay largas listas de espera para cruzarlo. Tienen prioridad los que estudian en el extranjero o necesitan tratamiento médico y consiguen pasar los que pueden pagar cantidades que son fortunas para la mayoría de familias.

En los años en que 1.200 túneles clandestinos comunicaban Gaza con Egipto, centenares de gazatíes entraban y salían de la franja. Algunos la abandonaron para siempre por estos pasadizos subterráneos que las fuerzas egipcias destruyeron posteriormente. Entre ellos hubo personas que se dejaron la vida en el Mediterráneo intentando llegar a Europa.

"Si pudiera salir lo haría, si consigo dinero para irme, me gustaría viajar a Europa, pero no arriesgando mi vida, no cruzando el mar en una barca repleta de gente", recalca Mohamad. "Algunos salen por Rafah y se van a Turquía, a Grecia o a Chipre y luego a otros países de Europa como Bélgica", indica.

Mohamad explica que su hermano Mohannad, de 22 años, también quiere dejar Gaza para intentar instalarse en algún Estado europeo. "Conseguir el dinero para irnos los dos será muy difícil. Si logramos tenerlo nos iremos juntos, si no, se irá él, tiene prioridad. No acabó la secundaria porque sabía que no podía entrar en la universidad, mi padre solo podía pagar los estudios de un hijo y el afortunado fui yo porque soy el mayor", cuenta Mohamad.

Sonríe tímidamente y afirma: "a pesar de todo, aún guardo un poco de esperanza”.

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