Túnez, más allá del sol y las dunas

Mosaico exhibido en el museo del Bardo.

Marta Gastón

A base de amabilidad y cortesía, Túnez se ha labrado una merecida fama de país hospitalario y acogedor. Sin embargo, si por algo despunta este pequeño país del Magreb, al margen de la justa imagen de tolerancia que irradia al exterior, es por su rico patrimonio cultural e histórico.

Fenicios, cartagineses, vándalos, bizantinos, romanos u otomanos poblaron en algún momento de la historia estas tierras, convirtiéndola en numerosas ocasiones en el escenario de cruentas batallas. Así sucedió en el siglo II a.c en Cartago, cuando el ejército comandado por el general Escipión redujo la población a polvo y cenizas. La ciudad, fundada por los fenicios, disfrutó de una época de esplendor en la que llegó a cuestionar a Roma su autoridad en el Mediterráneo, pero su sueño concluyó al tiempo que lo hizo la tercera guerra púnica. Cartago, no obstante, logró florecer de nuevo, primeramente como colonia y años más tarde como capital de la provincia romana de África, la segunda más importante del imperio con casi medio millón de habitantes. Hoy en día, la urbe recuerda su herencia cartaginesa y romana a través de sus numerosas ruinas (imprescindible visitar las termas de Antonino y el anfiteatro romano), así como de sus puertos púnicos, símbolos de su esplendor pasado.

El resto de su historia se puede contemplar en el archiconocido Museo Nacional del Bardo, un antiguo palacio que ejerce como custodio de una impresionante colección de mosaicos romanos, probablemente la mejor del mundo, obras griegas, islámicas, y púnicas procedentes de los yacimientos arqueológicos del país. Entre sus numerosas piezas destacan el único retrato conocido del poeta Virgilio o el cargamento de un navío romano hundido cerca de las costas tunecinas. En total, más de un millar de obras diseminadas en cinco secciones que realizan un retrato del país como el crisol de culturas que es y que hacen comprender por qué Túnez siempre ha sido un foco de atracción para intelectuales e artistas.

Le ocurrió a Patricia Highsmith, a quien la ciudad costera de Hammamet le sirvió de inspiración para escribir El temblor de la falsificación, a Gustave Flaubert, quien narró lo que ocurrió tras la primera guerra púnica en Salambó,  e incluso a George Lucas, que escogió varias de sus desérticas ciudades para rodar la saga La Guerra de las Galaxias (a excepción del episodio V, todos los films recalaron en el país africano para grabar al menos una escena).

El pintor Paul Klee también se enamoró de Túnez, concretamente del pueblecito de Sidi Bou Said. Su gama de colores y, sobre todo, su luz, le inspiraron en la creación de varias de sus obras. “El color me posee, no tengo necesidad de perseguirlo, sé que me posee para siempre... el color y yo somos una sola cosa. Yo soy pintor”, escribió en su diario maravillado por lo que veían sus ojos. Klee viajó a la localidad tunecina en 1914, acompañado de sus colegas August Macke y Louis Moilliet. Allí, además de redescubrir el color, también se atrevió a degustar el sabroso té con piñones y menta, una delicia que igualmente cataron Oscar Wilde, Guy de Maupassant, André Gidé, Simone de Beauvoir, Jean-Paul Sartre o el arquitecto Le Corbusier mientras organizaban tertulias en el Café des Nattes.

Caída y resurgimiento

Más de un siglo después del viaje del pintor suizo, el panorama ha cambiado bastante en Túnez. No en vano, el país se encuentra inmerso en una lucha por recuperar su otrora capacidad de fascinación. La baraja de naipes comenzó a tambalearse en 2011 con el triunfo de la revolución de los jazmines y terminó por desmoronarse en 2015, con los atentados acaecidos en el museo del Bardo y la localidad costera de Susa. Sin duda, dos duros golpes que minaron gravemente el turismo, un pilar fundamental para la economía tunecina, el segundo sector en importancia en aportarle divisas, que representa alrededor del 10% de su PIB y emplea a 400.000 personas.

Pese a ello, Túnez está siendo capaz de salir del lodazal, poniendo el foco en la seguridad, en el plano educativo y también en el religioso. “Las mezquitas deben ser solo un lugar de culto”, “con los retornados [de Siria] la tolerancia es cero”, son solo algunos de los titulares que dejó la ministra de turismo, Salma Elloumi Rekik, en una reciente conferencia de prensa con periodistas españoles. La implementación de  medidas de este tipo persigue, entre otros, reflotar el maltrecho sector turístico y, por ende, la economía del país. A tenor de los datos, parece que van por buen camino: en 2016, según asegura la Oficina Nacional de Turismo del país, visitaron Túnez 5,7 millones de turistas, una cifra que refleja “la vuelta a la normalidad”, en palabras de Abdellatif Hamam, el director general de la misma.

Imperdibles en Túnez

Túnez capital

Antes de la independencia del país (1956), la capital contaba con apenas 350.000 habitantes. Hoy en día, la población, convertida en una auténtica metrópoli, roza los tres millones. Pese a encontrarse sitiada por tres lagunas interiores y el mar mediterráneo, lo que le proporciona poco margen para expandir su superficie, Túnez ha sabido evolucionar y ofrecer al turista un mix de modernidad y caótica tradición. Sus dos puntas de lanza son su laberíntica medina, que bien merece un día entero de dedicación, y el mencionado museo del Bardo.

Sidi Bou Said

A tan solo 15 km de la capital, emerge el pueblecito costero de Sidi Bou Said. Su visita es obligada. No solo porque resulta imprescindible admirar sus casas y callejuelas, todas estrictamente pintadas de azul y blanco, también porque su situación (se asienta sobre un acantilado en el golfo de Túnez) ofrece una panorámica privilegiada del Mediterráneo. Un lugar pintoresco y fotogénico a partes iguales.

Cartago

Patrimonio de la Humanidad desde 1979, Cartago se sitúa muy próxima a la capital y a Sidi Bou Said. Entre sus atractivos destacan el santuario de Tofet, dedicados a las deidades fenicias Tanit y Baal Hammon los puertos púnicos, su Museo Nacional homónimo, las ruinas romanas y la catedral de San Luis.

Isla de Djerba

Si lo que se busca es playa y relax, Djerba (la D, como en Django, también es muda), en el sureste del país, se erige como la opción ganadora. Con un total de 125 km de costa, la isla (aunque en realidad se trata de una península, puesto que se encuentra unida al continente por una antigua calzada romana) cuenta con un clima más benigno que el del resto del país, lo que propicia escapadas fuera de la temporada estival, amén de largas playas de arena blanca y agua cristalina.

El desierto

El Sáhara representa alrededor del 40% del territorio del estado tunecino, pero menos del 5% de la población habita en él. Entre la inmensidad de sus dudas, es posible hallar campamentos repletos de jaimas donde contemplar la salida y la puesta del sol, antiguos graneros bereberes esculpidos en piedra o a pastores nómadas con su rebaño de camellos.

Este reportaje ha sido posible gracias a Turismo de Túnez.Turismo de Túnez

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