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¡Agua...!

La ceremonia de la confusión a la que hemos asistido estos días es muy propia de palmeros y muy poco de periodistas de raza y bien formados con una base firme y válida más allá de cuáles sean los sentimientos políticos o las adscripciones profesionales de cada cual

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Dos programas antiplagio determinan el contenido original de la tesis de Sánchez

Pedro Sánchez EFE

T1 M4... Sánchez... ¡Agua! Varias generaciones de periodistas de casi todos los países han crecido y han vivido bajo la sombra del Caso Watergate. "Puerta del Agua" se llamaba aquel edificio del que salieron unos papeles robados que revolucionaron la política norteamericana en los años 70 y se convirtieron en el emblema de cómo la función de control de la prensa podía llegar a derribar hasta las más altas murallas en una democracia y agua es lo que hacen ahora muchos. El Watergate constituyó la sacralización de la idea del Cuarto Poder, ignoto para Montesquieu, que se convertía en las modernas democracias en un añadido que reforzaba los equilibrios y el control. Tanto que los equipos políticos profesionales se cubrieron de los llamados técnicamente gatekeepers que luchaban para proteger la portería de sus señoritos y para intentar desviar los tiros a puerta de aquellos que intentaba, con mejores o peores artes, colar un gol definitivo al poder.

Este equilibrio se ha basado en unas normas conocidas, adquiridas y suscritas por los aspirantes a chutar a gol que, fueran de la ideología que fueran y quisieran apoyar al equipo que apoyaran, estaban conformados de una pasta intelectual que admitía que para pasarle factura a un político y forzar su dimisión había que tener un caso que apuntara a una línea de flotación real -su credibilidad, su coherencia, la honestidad, la mentira, la corrupción- y que se contaba con las pruebas fehacientes que según el método empírico científico acreditaran sin lugar a dudas que tal falta se había producido. Eso ha sido así durante todo el siglo pasado y las reglas de este juego del equilibrio de poderes y de la forma de voltearlo han sido pasadas y obtenidas de generación en generación sin grandes problemas más allá de las especulaciones intelectuales sobre dónde andaban los grises, sobre los matices de la operativa y sobre las líneas de fricción. Ninguna divergencia importante, aunque sí interesante. Puedo asegurarles que en toda universidad nos transmitieron a todos los periodistas los mismos conceptos sobre la verdad, la objetividad, la comprobación de datos, la aportación y protección de fuentes... Mentirá quien les diga que no, al menos antes de que llegara la verdad líquida e instrumental a nuestras vidas.

De no haber sido así, de no haber existido una noción clara de cómo eran las cosas y de cómo había que controlarlas, no hubiéramos tenido tantas hordas de frustrados. Quiero decir que sabido es que ha habido enormes periodistas en este país que se han perdido por el ansia loca de tener su propio Watergate, de hacer caer a un presidente, que fuera su talento profesional el que se llevara por delante el máximo trofeo. Hasta esos que pisaron la cara oscura de la luna, nunca negaron que se trataba de tener sobre la mesa ese caso y esa investigación y esas pruebas y ese bagaje intelectualmente necesario para que al poder sólo le quedara bajar la cabeza y salir por la puerta falsa. No lo consiguieron porque no era tan fácil, aunque a veces la bajeza de los gobernantes así lo hubiera exigido. No era sencillo obtener las informaciones y las pruebas y que estas fueran mostradas y adveradas en público en un momento en el que la opinión pública o las instituciones las utilizaran como palanca para desalojar del poder al indeseable. Y miren que no niego que el descubrimiento de la creación y el sostenimiento del GAL debería haber bastado en una democracia, pero, que quieren, fallaron algunas premisas de cómo funciona el control informal y no institucional del Cuarto Poder aunque luego se cobraran la pieza las urnas.

No es tan fácil tener tu Watergate y muchos lo pagaron con la deriva posterior incluso de su credibilidad profesional o de sus propios fantasmas. No es tan fácil.

Esas normas básicas profesionales escritas y bien escritas, acreditadas por expertos, estudiadas y repasadas por miles de estudiantes que luego fueron y fuimos periodistas en los países occidentales eran comunes desde Columbia a Navarra pasando por la Complutense hasta que llegó la sopa de guisantes en la que la realidad se hace grumos y los saberes se convierten en circunstanciales e interesados misiles para librar una guerra utilitarista y de bandería en la que algunos son capaces de olvidar todo principio de racionalidad y cualquier cosa sobre decencia y Periodismo que algún día aprehendieran.

¡Sánchez... agua! Porque para poder gritar ¡hundido!, o ponerse la medalla del periodismo de investigación que nos redime del abuso del poder, hay que seguir todas las pautas del periodismo de calidad que están pensadas para asegurar que el resultado es producto de un sano control democrático y no de una racia partidista. Sucede que esos estándares se han producido con las informaciones de este diario, que pusieron en jaque a Cifuentes y Montón, e incluso con las de otros medios que remataron la faena, porque una vez sobre la mesa el escándalo, nadie puede evitar ni quiere una especie de economía colaborativa de la decencia periodística para poner contra las cuerdas al culpable. No sucedió eso con el vídeo de las cremas de Cifuentes. Eso es otra mierda que nada tiene que ver con lo que les digo y creo que ya lo escribí en su día.

La ceremonia de la confusión a la que hemos asistido estos días es muy propia de palmeros y muy poco de periodistas de raza y bien formados con una base firme y válida más allá de cuáles sean los sentimientos políticos o las adscripciones profesionales de cada cual. Una de las cosas que precisamente más me ha estremecido es que en la cúpula del medio que ha traspasado todas las normas del buen ejercicio del periodismo haya una persona que se formó junto a mí y con los mismos profesores que aquel del que melancólicamente les hablaba como el hombre que buscó su Watergate sin éxito. Esos principios no son principios de partido ni de oportunidad política ni de ideología ni siquiera de convicciones. Baste decirles que muchos de nosotros los adquirimos en unas aulas absolutamente confesionales, lo que no las hacía menos excelentes a la hora de transmitir las bases de este oficio. Esto último me ha resultado especialmente pasmoso y hasta doloroso porque cuando uno sabe de la inteligencia y la preparación intelectual de alguien y le ve actuar de forma contraria a ambas, sólo puede colegir en su magín que otras poderosas fuerzas, no tan altas ni tan limpias, le han podido llevar a comportarse así. Todo eso si exceptuamos la posibilidad de que su voz se desgañitara para evitar este harakiri periodístico y de credibilidad y que nadie le escuchara, que una mente abierta no debe descartar ningún escenario, aunque lo vea improbable.

No, no hay material para hundir a un presidente en las mal llamadas investigaciones sobre la tesis de Sánchez. Igual que les dije en mi columna del jueves que lo de Montón era insostenible, les digo ahora que tener una tesis doctoral más o menos brillante no es cuestión que ponga en jaque a nadie ni siquiera dentro de la Universidad, cuanto menos a un político. Al César lo que es del César y a Sánchez lo que es de Sánchez. Aquí el problema está en el chiringuito académico montado por Álvarez-Conde que campó a sus anchas sin el control de un rector que fue aupado como magistrado del Tribunal Constitucional por el PP y que, según dicen, incluso aspira a presidir el órgano constitucional. Hemos comprobado, gracias al periodismo, que en este chiringuito algunos políticos -Cifuentes, Casado y Montón que sepamos- obtuvieron trato de favor y sobre ello hemos fundado algunos nuestras exigencias éticas. La cuestión penal resulta incluso ajena a este planteamiento -aunque lo refuerce- porque nadie pensó en esperar a dilucidar si Nixon había o no delinquido para cobrarse la pieza por su ignominia.

En aquella Universidad de la que les hablo, y en las otras, nos dejaron meridianamente claro cómo iba esto de la verdad y el periodismo y cómo se arbitraba la función de control del poder por parte de la prensa. Eso me permite decir que los que lo mal utilizan lo hacen a sabiendas de lo que están haciendo. La probidad intelectual que todos ensayamos en las aulas y la deontología que nos enseñaron académicamente personas con vivencias muy duras debería servir para impedir estas afrentas.

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