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Catalunya: un año después

El 1 de octubre de 2017 fue una de las jornadas más aciagas de nuestra reciente historia, el símbolo máximo de un gran fracaso colectivo

Lo que ocurrió hace un año fue tan fuerte que es evidente que doce meses después es una temeridad electoralista asegurar que estamos peor, aunque también es difícil mantener que estamos mejor: la crisis se ha cronificado

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Cargas en calle Sardenya con Diputació a la salida del colegio Ramon Llull (Robert Bonet)

Cargas en calle Sardenya con Diputació a la salida del colegio Ramon Llull el 1 de octubre (Robert Bonet)

En Catalunya y en el resto de España, nos disponemos a revivir estos días una de las jornadas más aciagas de nuestra reciente historia. El referéndum ilegal del 1 de octubre convocado y alentado por unas autoridades irresponsables, y las desproporcionadas y descontroladas cargas policiales contra la gente que estaba en los colegios nos han dejado una herida muy profunda y difícil de cicatrizar.

Esta semana se estrena el documental Dos Cataluñas producido por Netflix y sigue sobrecogiendo e impresionando ver las imágenes de los antidisturbios intentando entrar fuera como fuera en los colegios llevándose por delante a todo el que se opusiera, incluyendo personas mayores. Lo ves y parece una película rodada en otro tiempo y en otro país y no; son imágenes reales y en tu país, en 2017.

El 1 de octubre es el símbolo máximo de un gran fracaso colectivo. El fracaso de unas autoridades independentistas dispuestas a saltarse las leyes unilateralmente y a poner a los ciudadanos en la calle, por delante, a defender sus ensoñaciones. Es el fracaso también de un Estado que fue incapaz durante años de hacer una propuesta atractiva a una comunidad que se estaba alejando a marchas forzadas y fue el fracaso de un gobierno, el de Rajoy, que prefirió mirar para otro lado y no buscar soluciones a un conflicto que se le iba de las manos.

Fracaso de un gobierno que fue estrepitoso con las cargas policiales y el despliegue del Ministerio del Interior completamente superado por los acontecimientos y que tuvo que suspenderse a media mañana cuando ya el mundo entero veía por televisión las imágenes de la violencia contra gente que quería votar en una ciudad tan icónica como Barcelona. Que nadie dimitiera entonces por aquel desastre solo se explica por el estado de pánico en el que entró el Estado aquellos días y que obligó incluso a intervenir al rey en un discurso que le alejó de Catalunya, pero le reforzó en el resto de España.

Ha pasado un año y han ocurrido muchas cosas. Los dirigentes independentistas están huidos o en la cárcel; Rajoy, en un registro de la propiedad; Sáenz de Santamaría, fuera de la política tras ser rechazada por su partido y Pedro Sánchez en la Moncloa tras una moción de censura por la corrupción del PP que salió adelante con el voto de los partidos nacionalistas y secesionistas.

Lo que ocurrió hace un año fue tan fuerte que es evidente que doce meses después es una temeridad electoralista asegurar, cómo hacen Rivera y Casado, que estamos peor. Peor es casi imposible. Lo que también es difícil de mantener es que estemos mejor; más bien, la crisis se ha cronificado a la espera de la sentencia del juicio del procés que seguramente volverá a disparar la tensión y a espera también de las próximas batallas electorales ahora con Manuel Valls de animador.

Los intentos del Gobierno de Sánchez de "normalizar" la situación chocan con una realidad tozuda manejada todavía en buena medida desde Bruselas por Puigdemont y lo peor es que esos gestos como los de pedir la liberación o hablar de un indulto para los presos pueden acabar siendo un grave peligro electoral para el PSOE si no se explican bien y hasta sus votantes lo empiezan a ver como cesiones constantes a los independentistas para seguir en el poder.

Si alguna vez este conflicto político entra en vías de solución, aunque sea temporal, será a través de una propuesta como la de los socialistas de una reforma constitucional y un nuevo Estatuto que refuerce el estatus al menos simbólico de Catalunya, pero a día de hoy ese horizonte sí que sigue siendo casi tan oscuro como hace un año. Ni los independentistas ni la derecha del PP y Ciudadanos van a ceder ni un milímetro en sus planteamientos inmovilistas.

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