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No, Catalunya no es un problema de orden público

En la lógica del pensamiento reaccionario de equiparar el cambio a una amenaza o una perversión, nada encaja tan bien como la violencia

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La Guardia Urbana cifra en 6.000 los participantes en manifestación de Barcelona

EFE

Que en Catalunya hay un problema de orden público estos días resulta evidente. Negarlo es enredarse en una pelea con la realidad. Pero afirmar que Catalunya es un problema de orden público equivale a apuntarse a una manipulación colosal de esa realidad. Los disturbios y violencia de esta semana constituyen un problema de orden público que las fuerzas y cuerpos de seguridad, curtidas en mil batallas con duros y bien organizados trabajadores del metal o el naval, estibadores o mineros en centenares de conflictos donde la violencia encontraba su hueco, sabrán gestionar si se les da el tiempo y la prudencia que necesitan.

Tratar de convertir ese problema de orden público en el problema catalán solo puede interesar a quien crea que tiene mucho que ganar en la polarización violenta de la situación, o a quien no quiera asumir el riesgo de dar una respuesta política a la demandas políticas de millones de catalanes que han salido a la calle una y otra vez, en orden y en paz, a pedir soluciones.

Déjenme que les diga que no sería nuestro primer rodeo en esto de usar la violencia para legitimar el orden establecido y deslegitimar cuanto lo desafíe. Personalmente, lo he vivido en las protestas contra la central nuclear de Xove, la reconversión naval, el conflicto del Casón en San Cibrao, las huelgas estudiantiles del 85, las huelgas generales, las protestas contra la LOU, Nunca Máis, el No a la Guerra o el 15M. En la lógica del pensamiento reaccionario de equiparar el cambio a una amenaza o una perversión, nada encaja tan bien como la violencia. Enredarse en esa sucesión de sofismas sin solución y ponerse a contextualizar, diferenciar, comparar o justificar una violencia o la otra es trabajar para el enemigo.

Que una parte del independentismo, con Quim Torra y Carles Puigdemont a la cabeza, actúa estos días guiada por la ensoñación de que Barcelona puede ser Hong Kong y el Estado español es la China comunista parece un error tan notorio como haber esperado que la UE, un club de estados nación, acudiera en socorro de una nación sin Estado. Que a la mayoría del independentismo le interesa impedir que unos cientos se apropien de las acciones y el movimiento de centenares de miles que han hecho de su carácter civil y pacífico su principal activo se acaba de comprobar esta misma noche del sábado, cuando esa mayoría ha vuelto a tomar el control al interponerse ante los violentos.

Que a la derecha española, a semanas de unas elecciones, le conviene definir lo que pasa en Catalunya como un problema de orden público resulta palmario porque esa es su agenda predilecta para competir. En qué país, de qué planeta y de qué universo interesa a las fuerzas progresistas definirlo así, a semanas de esas mismas elecciones, se antoja una cuestión más abierta a debate. Lo que sacó a la izquierda a votar en abril no fue el ansia de orden y dureza. Fue la idea de que hay otras Españas de las que hablar.

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