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Codorníu se va, como la convivencia

Codroníu

José María Calleja

Codorníu, radicada en Catalunya desde 1551, ha decidido que se va. Se va de Catalunya a la Rioja. Si el abandono de toda empresa que deja el territorio en el que ha estado durante años tiene un indudable efecto simbólico y psicológico –-por ejemplo, Caixabank y Banco Sabadell, entre otras muchas-- en el caso de Codorníu, propiedad de la histórica familia Raventós, ¡cinco siglos! en Catalunya, el efecto es aún mayor: se trata de una de las empresas más antiguas de España, que elabora un producto, el cava, inseparablemente unido a Catalunya.

El cava es el producto nacional bruto y emblemático de Catalunya por excelencia y como tal es percibido en el resto de España. Codorníu, junto con Freixenet -que también prepara las maletas- es la marca de referencia, arraigada en el imaginario y en el consumo de millones de españoles, no solo en Navidad.

El muy astut Artur Mas dijo campanudamente en su día que ninguna empresa se iría de Catalunya; otra diana en sus múltiples vaticinios fracasados. Oriol Junqueras trata de consolarse ahora diciendo que algunas de las empresas que se van en estampida lo hacen a Valencia, al parecer ámbito político hermano y, por tanto, amortiguador de la diáspora, al menos en su imaginario.

En todos los dibujos que habían hecho los independentistas sobre la posible desconexión, al parecer no figuraba la posibilidad de abandono de empresas de Catalunya.

En esto de las huídas ya se sabe: el primero, traidor; el último, estúpido. (Mas, mientras, pide dinero para lo suyo, y anda ahora diciendo que declarar la independencia es un lío, que no va a reconocer nadie a Catalunya en el mundo y que mejor parar, ¿antes no?).

Codorníu, sinónimo de cava durante centenares de años, se va a la Rioja, Haro, también lugar de líquidos, después de echar cuentas y “ante la situación de incertidumbre política y jurídica en la que se encuentra sumida Catalunya y con el objetivo de garantizar los intereses de sus trabajadores y clientes”, según reza el comunicado en el que Codorníu explica su salida de Catalunya.

Dijo Josep Borrell en la manifestación de Barcelona en la que muchos catalanes salieron del armario del miedo y la estigmatización, que nada más acabar la concentración los asistentes, todos, compraran una botella de cava; que las ventas habían caído, dijo, un 15% y que no se trataba de perder ni un solo puesto de trabajo. El responsable de Freixenet, Josep Lluís Bonet, presente en la manifestación, sonrió. Lleva años, quizás es el primer empresario que lo hizo, advirtiendo del destrozo que supondría para los propios catalanes el plan de independencia.

Desde hace una semana, unas 150 empresas, grandes, medianas y pequeñas, salen a diario de Catalunya. Su decisión proporciona la suficiente información como para que alguien decida parar esta espiral que parece no tener fin.

Cuando era estudiante, buenos profesores nos llevaban a Barcelona y nos explicaban las virtudes del arquitecto Josep Puig y Cadafalch, su excelente planificación urbanística de la Catalunya moderna, envidiada en el resto de España. Un arquitecto noucentista, autor de la casa Amatller, cuyos proyectos algunos querían exportar al resto de España. Puig y Cadafalch es el arquitecto que diseñó las cavas de Codorníu, en Sant Sadurni d’Anoia.

Mientras tanto, en la espiral de acción reacción, ahora han sido encarcelados los dirigentes de la ANC y Òmniun, quién sabe si Trapero será el siguiente y vete a saber lo que pasará el jueves. Los que hemos defendido la necesidad de diálogo, en mi caso, de negociación, corremos el riesgo de ser tomados por hippies. El destrozo en la convivencia no para, como la huida de empresas.

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