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Cosas que nunca decimos

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Una vez que le hemos echado la culpa de todo lo que nos pasa a Zapatero, a Merkel, al euro, a las hipotecas basura, a la banca en general, a Bankia en particular, a los ministros, consejeros, diputados, senadores, directores generales, delegados provinciales, alcaldes, tenientes de alcalde, pedáneos, concejales, funcionarios de carrera, funcionarios interinos y trabajadores del sector público en general; una vez que hemos hecho todo eso, deberíamos empezar a hacer otras cosas. Deberíamos pensar también qué cosas hacemos mal, cuáles de ellas tienen arreglo, cuáles no y cómo podemos empezar a arreglar las primeras y olvidarnos de las segundas.

La raíz no de todos pero sí de muchos de nuestros problemas es que no creemos en las instituciones. Que creemos en ellas sobre el papel, pero no sobre la realidad. Que al minuto siguiente de fundar la institución buscamos la manera de vaciarla de contenido, de falsear su propósito y su contenido, de amarrar su composición a nuestro favor, de amañar su funcionamiento. En principio ese era un tipo de vicio de la derecha, pero al cual la izquierda se apuntó pronto y al final ha acabado cogiéndole el gusto y teniendo también un severo problema de adicción a él. 

¿En qué consiste exactamente ese vicio de simular una fe en las instituciones que al minuto siguiente se traiciona? Consiste en cosas como estas.

Creemos formalmente en una radio y una televisión política y periodísticamente equilibradas, pero siempre encontramos la manera de traicionar esa creencia hallando mecanismos (¡legales, por supuesto!) para ponerlas al servicio del Gobierno, y cuando a alguien, como en su día a Zapatero, se le ocurre tomarse en serio su propia fe y desgubernamentizar la RTVE, el Gobierno siguiente vuelve a las andadas y, naturalmente, carga de razón a quienes en el bando contrario estaban necesitados de una buena excusa para hacer lo mismo que se hacía antes de que Zapatero sucumbiera a la peregrina ocurrencia de tomarse en serio la idea de que estatal no es lo mismo que gubernamental.

Creemos en un Poder Judicial independiente, pero intentamos que el órgano de gobierno de los jueces no lo sea o lo sea lo menos posible o esté integrado por gente que no pasaría un mínimo examen profesional.

Creemos en la dignidad del Parlamento pero si una diputada dice “que se jodan” refiriéndose a los parados o a la oposición buscamos la manera de que expedientarla sin expedientarla, de amonestarla sin amonestarla, como esos padres que simulan castigar las barrabasadas de sus hijos con castigos que ellos saben que no lo son en absoluto, del mismo modo que sus propios hijos saben también que no lo son.

Creemos en instituciones reguladoras pero ponemos buen cuidado en que la mayoría de sus miembros nos sean afines políticamente. ¿Que su nombramiento requiere mayorías cualificadas de los parlamentos? ¡Menudo problema! Ojalá todos los problemas fueran tan fáciles de solucionar: los dos partidos mayoritarios se ponen de acuerdo en votar recíprocamente los nombres propuestos por el otro aunque no den la talla profesional adecuada y asunto arreglado.

Creemos en la Universidad, pero no instauramos los mecanismos administrativos internos y los controles de calidad externos necesarios para asegurarnos de que los alumnos aprenden lo que tienen que aprender, de que los profesores que contratamos son los mejores o de que, una vez contratados, hacen bien su trabajo.

Creemos en la escuela pública, pero cuando funciona mal en comparación a otros países homologables al nuestro, ni los ciudadanos ni por supuesto los docentes quieren ni oír hablar de que su trabajo sea auditado, fiscalizado y evaluado por organismos independientes, y sancionarlo o recompensarlo en consecuencia. Por supuesto, si alguien logra crear uno de esos organismos independientes, en lo primero que piensa una vez creado es en qué hacer para que no desempeñe bien la tarea para la que fue creado.

Creemos en la formación de los parados con dinero público, pero ni sindicatos ni empresarios ni empresas que se dedican a la formación quieren ni oír hablar de sistemas fiables para testar el grado real de eficiencia del dinero gastado en formación.

Creemos en los sindicatos, pero no queremos admitir que su comportamiento dentro de las empresas públicas ha sido excesivamente ventajista consiguiendo, por ejemplo, imponer convenios salariales muy por encima de la media del sector o logrando que ni uno solo de los ayuntamientos de izquierdas que en 1979 crearon empresas públicas municipales volviera a hacerlo ahora mismo si tuviera la ocasión. Y lo mismo cabe decir de pequeños ayuntamientos que crearon su propia Policía Local y estarían encantados de poder deshacerse de ella porque les cuesta un dinero que no pueden pagar y además los policías no hacen bien su trabajo.

Creemos, en fin, en la izquierda pero no nos permitimos pensar ciertas cosas, no sea que entonces estemos dando bazas a la derecha o incluso que los nuestros nos acusen de habernos cambiado de bando.

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