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Dentro de un elefante muerto

Nos sentamos a intervenir en una realidad que desconocemos completamente. Se sientan a diseñar nuevas políticas para un gigantesco cadáver que está a punto de caérseles encima.

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El elefante es una bestia enorme. Un macho adulto africano puede llegar a los 7.500 kilos, el récord conocido es de 11.000. Hace poco que he recitado estas dos cifras enormes para tratar de entenderme. Y entendernos en general.

Por ejemplo, hoy quería escribir sobre el paro y sus cifras, sobre la mani de ayer y su correspondiente orgía policial, sobre las cosas del aborto de Gallardón, sobre los chalecos antibalas de los periodistas del RTVE, sobre la definición de violencia según… sobre tantas cosas. Pero sospecho que ya todo está dicho. En este periódico entre muchos hemos dicho ya (casi) todo lo que podíamos decir sobre corrupción, desfalco, Iglesia católica y lo que le cuelga, conservadurismo, democracia, escraches, etcétera. En el periódico de enfrente, también han hecho lo mismo, solo que con los argumentos contrarios.

Viejísimo. Tengo la sensación de que todo esto es tremendamente viejo. Como cuando el gobierno de turno dice que para frenar el paro va a redactar no sé qué cosa dedicada a una gente que llama “emprendedores” y que por supuesto, no existe. O que para mejorar la economía va a retrasar un par de años la edad de jubilación. O como cuando nos pasamos semanas debatiendo si escraches sí o escraches no en lugar de pararnos a pensar en sus causas. O como cuando los sindicatos reclaman –¿desde dónde? ¿A quién exactamente?— diálogo.

Cuando uno mata a un elefante, a un macho adulto africano por ejemplo, el animal tarda un rato en caer. Por su envergadura. Siento que vivo dentro de un elefante muerto. Que todos nosotros vivimos dentro de un elefante muerto que sigue en pie, que aún no ha caído. Pero ya es un cadáver.

Ya no existen los medios de comunicación ni la autoridad tal y como los conocíamos, ni siquiera lo que podríamos llamar restos de inocencia de quienes quieren creer. Han matado –afortunadamente— la inocencia con las mismas balas que al elefante. Ya no funciona ninguno de los órganos de este pedazo de animal que llamábamos “nuestro sistema”.  Todo ha ido desconectándose en cascada, todavía no sabemos hasta qué punto, ni cuánto tardará en descomponerse. Pero lo hará.

Al grano.

Para empezar –imprescindible—, nuestra forma de informarnos se ha ido trasladando desde el papel a la página web del diario, y desde ahí a las redes sociales, de manera que son cada vez menos los lectores que pasan por la portada de un medio de comunicación para llegar a la información que quieren leer. Acceden a ella desde otras fuentes (llámelos prescriptores o llámelos X). Este que describo en primera posición podría parecer detalle pequeño, pero no lo es si tenemos en cuenta que la función de los medios de comunicación no es informar, sino jerarquizar la realidad. Es decir, lo importante de lo que uno saca(ba) de la lectura de un diario no es qué sucede sino qué es más importante de entre lo que el diario considera oportuno ofrecer. Lo que va en primera página, o arriba, o abriendo un informativo, es lo que usted debe considerar como lo más importante. Y así lo hacía hasta ahora.

Ah, pero si desaparecen las primeras páginas, las aperturas de sección y las noticias de cabecera, si usted se acostumbra a informarse en red, sin pasar por la “casa madre” del diario, como quien dice, ahí se produce una ruptura notable en lo que hasta el momento había sido el establecimiento de sus jerarquías diarias. Y esas jerarquías diarias han estado hasta ahora intrínsecamente ligadas a los principios de autoridad, o sea, a cómo la autoridad diseñaba el establecimiento de nuevos agentes de poder, la eliminación de otros e incluso el castigo de disidencias… No es casual que en este momento se hayan puesto en seria crisis, por primera vez hasta un punto de difícil retorno, todos los sectores considerados hasta hace nada como “autoridades”: Rey y casa real, Gobiernos democráticos, Transición, partidos políticos, Iglesia católica…

Y lo cierto es que cuando cualquier ciudadano se enfrenta a cualquiera de los miembros de estos grupos, ya no piensa “Mira, una autoridad”, sino “Mira, un delincuente”. Tampoco es asunto insignificante, no hace falta que me extienda.

En fin, que todo cambia en este momento, mientras escribo esto, mientras oigo cómo unos centenares de jóvenes indignados, parados y sin visos de trabajar jamás, dan vivas a la clase obrera y la reclaman suya; mientras en las tribunas los analistas tratan de descuartizar la nada y los políticos intentan conservar el sueldo un año más. Nos sentamos a intervenir en una realidad que desconocemos completamente. Se sientan a diseñar nuevas políticas para un gigante muerto que está a punto de caérseles encima.

Todo se está transformando en este instante, y son las redes quienes lo han puesto en marcha. El cambio profundo en la forma en la que circula la información, y por lo tanto el conocimiento, modifica nuestras estructuras narrativas íntimas, produce saltos que son definitivos y modifican el saber. Piensen en la imprenta. Sin ella, ni la novela moderna ni los medios de comunicación ni la divulgación de la cultura serían posibles. Bien, pues el cambio que estamos viviendo en este momento es de semejante envergadura.

Sí, lo sé, todo esto está aquí muy resumido. Qué quieren, lo llaman artículo, y lo es. Y también es una confesión: Yo puedo hablarles de lo que me sucede y de lo que no sé. Todo esto que sucederá no sé qué es. Sï sé que no sucederá lo que nos dicen. No tienen ni pajolera idea.

Asumo que no puedo, no podemos darnos cuenta aún de hasta qué punto ese cambio va a barrernos. Lo que sí resulta alarmante es cómo ninguna de las lumbreras que está pensando en cómo salvarnos de la miseria generalizada –MISERIA GENERALIZADA— que trae consigo todo lo que está sucediendo, es capaz de ver que el elefante está muerto. Es terrible ver a los analistas (los unos y los otros) acercarle un cacahuete a la trompa.

A veces, lo confieso, cruzo los dedos y deseo: ahora, que se les caiga ahora encima.

 

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