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Economía de la salvación, 'Dominus vobiscum'

Si conseguimos que la religión verdadera se enseñe en el bachillerato, tal como pretende la Conferencia Episcopal, habremos retrocedido tanto que, plausiblemente, nos concederán el Premio Nobel de la Paz a título póstumo

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Se buscan exorcistas

El presidente de la Conferencia Episcopal Española, Antonio María Rouco Varela. / Efe

Una amiga mía sostiene que no solo está terminando el Estado de Bienestar, sino que nos hallamos en pleno exterminio de la era de la Ilustración, como lo prueba el hecho de que las editoriales de fuste prefieran publicar Cómo ser feliz chupando cada día una ciruela a, por ejemplo, la obra de un filósofo. Si tal aseveración resulta cierta, que no cunda el pánico. Pues los españoles nos encontramos en las mejores condiciones posibles para vivir inmersos en el oscurantismo y, además, disfrutarlo. Es algo que siempre se nos ha dado bien y, hoy en día, más que nunca.

Aparte del hecho de que gozamos de una monarquía en campechanas y algo ajadas zapatillas de estar por palace adquiridas cuando la Transición, disponemos de alcaldes y alcaldesas como Dios manda que han declarado la lucha a los mendigos que se arraciman en las calles. También tenemos a miles de familias arruinadas que deberán combatir el frío en torno a los puestos de castañas que adornan nuestras castizas esquinas, dándoles a nuestras ciudades un entrañable encanto Ancien Régime.

Ello no es todo. Está el concordato. Está esa gloria de acuerdo con el Vaticano que han sabido mantener tanto los Gobiernos del PSOE como esta cosa de ayer y de siempre que nos manda en la actualidad. A mí, desde que tengo memoria, me gustó el concordato, qué le vamos a hacer, sobre todo porque durante un tiempo me permitió contemplar al socialista y antiabortista y muy católico Francisco Vázquez encaramándose por los techos de la Capilla Sixtina para hacerse un ET con el Padre Eterno o Creador Fijo.

Y aún mejor si conseguimos que la religión verdadera se enseñe en el bachillerato, tal como pretende la Conferencia Episcopal –se quedan cortos: yo la metería hasta en los másters de periodismo, aprovechando que ya tienen reclinatorios para rezarle a la empresa–, habremos conseguido retroceder tanto que, plausiblemente, nos concederán el Premio Nobel de la Paz a título póstumo.

Hay un problema, eso sí, en el estudio de lo religioso. Y es que, habida cuenta de las limitaciones en la comprensión de textos que azotan a nuestros estudiantes, según el departamento de alegrías del estudio PISA, es probable que algunos temas del catecismo católico les parezcan espesos y que no alcancen a entenderlos ni siquiera por la fe, que mueve montañas. A mí misma me cuesta captar todo el significado del apartado 1 del artículo 2 del capítulo primero de la segunda sección de la segunda parte del catecismo de la Iglesia Católica: sí, el que lleva por título La Confirmación en la economía de la salvación. Como de la Escuela de Chicago, pero a lo inquisitorial.

Esperamos que, al menos, cuando subamos a la hoguera se haga en nosotros la luz, ya que no las luces.

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