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La esquela de El País

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El País, el periódico que nació a la vez que mi conciencia política, el que me enseñó a leer la prensa; El País, el diario que leían las chicas que me gustaron en mi adolescencia, cuando los adolescentes todavía leían prensa; El País, el periódico que cuando hice la mili poco después del 23-F llevaba bajo el brazo, bien visible, al entrar en el cuartel como quien muestra una identificación, un expediente de sangre; El País, el periódico que he dejado de comprar definitivamente veinte o treinta veces, indignado por la soberbia de sus redactores jefes o decepcionado por sus posiciones ideológicas hacia la derecha y más allá; El País, el periódico que después de los cabreos siempre he vuelto a comprar como quien regresa a casa; El País, el periódico donde salió la primera reseña de mi primera novela; el periódico donde siempre quise colaborar y donde empecé a escribir columnas, el primero que me contrató y el que más cartas al director me ha rechazado...

El País, antes diario independiente de la mañana y ahora diario global en español, falleció en Madrid el día 10 de noviembre de 2012, víctima de la mala gestión económica de su primer director metido a empresario, el señor Juan Luis Cebrián, gacetillero procedente del franquismo, periodista astuto aunque de torpe sintaxis, que ha conseguido construirse cierta fama de intelectual, ganar el premio literario que convoca la empresa que dirige, ingresar en la Real Academia y amasar una fortuna con la muerte de la criatura que ayudó a nacer: un caso apasionante para la psiquiatría, una vida que recuerda a la de Charles Foster Kane, el personaje de Orson Welles, aunque el idealismo y el servicio social no hayan sido nunca, ni siquiera al principio, motores de su comportamiento; una vida que resume mejor que cualquier libro de historia el verdadero espíritu que alentó la Transición: homologar a los cachorros franquistas con unos brochazos de barniz “La Democrática” para que les resultara más fácil mantener el poder que heredaban de sus padres.

Los lectores de las diferentes generaciones que han seguido el diario con una mezcla de amor y odio desde que se publicó por primera vez el 4 de mayo de 1976 lamentan tan sensible pérdida, y se unen al dolor de los más de cien trabajadores despedidos en el último ERE —algunos, excelentes periodistas— y a la rabia de sus familias.


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