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Elecciones de mitad de mandato en Estados Unidos: ¿esperanza para el mundo o ratificación de la barbarie?

Empieza la cuenta regresiva para Donald Trump

Trump atiza el debate migratorio: "Sin mis políticas llegarían millones"

Trump atiza el debate migratorio: "Sin mis políticas llegarían millones" EFE

En pocas horas, Estados Unidos votará por un nuevo Congreso. Si las elecciones siguieran la tendencia de las pasadas administraciones, el partido republicano perdería el control y la presidencia de los comités con poderes de investigar a la actual administración estarían bajo la dirección del ala más progresista del partido demócrata, con poder de votar mayoritariamente hasta un potencial juicio político (impeachment) en contra de Donald Trump. Hasta ahora, el partido republicano ha controlado las dos cámaras, restringiendo el poder del Congreso bicameral para limitar las actuaciones arbitrarias, erradas y nocivas de la presidencia actual. 

El partido demócrata necesita 23 puestos, ganando así mayoría en la cámara baja. También necesita defender 26 puestos en la batalla por el Senado. Usualmente las elecciones de mitad de mandato (midterm election) registran una participación mucho más baja que las presidenciales, con poco involucramiento ciudadano. Pero estas elecciones son distintas y esperanzadoras para muchos. La épica derrota de Hillary Clinton y la corrupción del partido demócrata en su más alta jerarquía inspiró a una cohorte de candidaturas nuevas, diversas, frescas, progresistas, inspiradas y siguiendo el liderazgo de Bernie Sanders. 

Estos jóvenes socialistas, latinos, afroamericanos, de origen árabe, de clases populares, están rechazando la política oxidada del ala conservadora del partido demócrata. Están abogando por mejoras a los pobres, por más derechos, por menos inversión en defensa. Ya no pidiendo, reclamando un futuro. Reclamando un cese a la desigualdad, a la violencia verbal y física contra minorías. Exigiendo una refundación de la política. Trabajaron desde el día uno de la Administración actual para recuperar el Congreso, y el control del mismo, en tiempos de un Ejecutivo neofascista y una Corte Suprema de Justicia de mayoría conservadora. 

Y es que es mucho lo que está en juego. El Congreso tiene el poder para controlar sanciones, investigaciones sobre la actuación de la Casa Blanca, determina la ayuda internacional y también influye directamente en la política de derechos humanos con otros países. El Presidente necesita de la aprobación del Congreso para ratificar tratados de libre comercio. Además, puede restringir financiamiento a programas, limitar la intervención de las fuerzas armadas en otros países, y en general, oponerse abiertamente a acciones internas e internacionales de la Presidencia. Un Congreso progresista es la barrera necesaria y urgente que puede detener la rápida erosión democrática, la expansión de un discurso nacionalista oscuro, fascista, en contra de derechos. 

Hoy los votantes americanos tienen el “freno de mano” para evitar el descarrilamiento predecible al que conduce al mundo la administración de Donald Trump. Porque lo que se define acá es mucho más que la política interna de Estados Unidos. Es la posibilidad de frenar a los déspotas alineados con una administración que mira con desdén a los derechos humanos. Es el futuro de Yemen y el rol que Estados Unidos juega en esa guerra. La posibilidad de mitigar los daños del Brasil de Bolsonaro.  Es el destino de los centroamericanos que mueren por las balas de una guerra ajena. Es el futuro de la Comisión contra la Impunidad en Guatemala. Es definir el destino tantos lugares que son tan vulnerables a los traspiés, corrupción e inexperiencia política de la mayoría que gobierna a Estados Unidos hoy.  Esta elección recuerda y redefine la importancia del voto de aquellos que lo tienen para aquellos que lo sufren.

¿Lo que más preocupa? Que gane el abstencionismo, el desencanto, y que con esto se pierda la oportunidad de abrir una pequeña ventana de esperanza, ya no solamente local. Es un poder que afecta a todo el mundo. Es un poder, que en malas manos, puede sellar y consolidar el deterioro de la democracia en regiones enteras.

Levantarse y votar por las nuevas candidaturas es una obligación moral para quienes pueden hacerlo, es enviar un fuerte mensaje desde la base votante  al Presidente de una de las naciones más poderosas del mundo: no solamente un mensaje de rechazo al discurso racista, a la explotación y a la erosión de derechos que el actual Presidente promueve. Es también un mensaje del poder renovador de las candidaturas jóvenes, fuertes, populares, conectadas con las necesidades de la gente.

Pero no estamos exentos de sorpresas en esta carrera: de darse una victoria para el partido republicano, y por tanto una validación por los votantes de los pasos seguidos por la administración de Trump. Si se diera una derrota, entonces las elecciones de la primavera de 2019 en Europa serían las cruciales, Europa y su promesa democrática sería la única mediando entre la democracia y el paredón de fusilamiento a ésta. La última barrera antes de días oscuros y de caos.  Esperemos que no sea así y que una victoria abrasadora prepare el camino para ese  movimiento Internacional Progresista al que nos invita Varoufakis y Sanders. Que sea la prueba de un mundo que ya abrió los ojos, de una democracia que recupera terreno.

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