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Mandela, sí, pero Palestina, también

Si realmente estiman la figura de Mandela y su lucha, tienen delante a muchos guetos y apartheids. Los saharauis en su desierto, por ejemplo. Y los millones de palestinos, encerrados, robados, discriminados, torturados y perseguidos en su propia tierra

El ejército israelí destruye los hogares y corrales de población palestina en Hadidiya, marzo de 2008. © AI

El ejército israelí destruye los hogares y corrales de población palestina en Hadidiya, marzo de 2008. © AI

Hace apenas una semana estábamos compungidos por la suerte de John F. Kennedy, era un héroe nuestro, un paladín democrático. Y no digo que no fuese una figura importante y muy benéfica en aquel tiempo de la Guerra Fría; pero es que ahora sobrevino la muerte de Nelson Mandela, y todos los medios de comunicación nos dicen que debemos estar afectados igualmente por esa pérdida.

Constantemente nos vemos envueltos en una esfera de gas comunicante que nos dicta una visión de las cosas y, en este caso, el gas es de una ñoñería insufrible. Constantemente nos administran cucharadas de jarabe empalagoso y lacrimógeno. Pero es que para justificar ese macro espectáculo que es el festival de gobernantes y famosos de toda procedencia y de toda ideología que es el funeral de Mandela era necesario presentar su figura completamente mistificada, falsificada.

El Mandela que nos ofrecen los medios parecía un poeta cursi, y eso no es más que un cuento, el guión de un mal anuncio navideño. Vivimos dentro de un guión de un videojuego, aparentemente tenemos opciones pero, en la práctica, sólo nos podemos mover dentro del esquema que fabrican los autores del videojuego.

El Nelson Mandela que vivió y ahora ha muerto, gustara o no, estuviera equivocado o no, fue un militante comunista que luchó por todos los medios, incluida la violencia, contra una raza que se identificó como clase social opresora y explotadora. Efectivamente, mientras estuvo preso, Mandela fue madurando su pensamiento y sus análisis sobre su país, y llegó a la conclusión de que su lucha por la libertad ya no podría ser igual que las luchas anticoloniales de los años cincuenta y sesenta; la República de Sudáfrica no era el Congo y la situación había cambiado en África y el mundo.

Esa evolución de su pensamiento lo condujo a formas de lucha distintas, seguramente no sólo guiado por razones prácticas sino también por una reflexión más profunda sobre la vida humana. Mandela vio un camino para el éxito político en la insumisión y en la rebelión pacífica, pero sus ideas y sus propósitos nunca dejaron de ser los mismos.

Ese anciano que ha muerto era un militante de una izquierda anticolonialista o, si lo prefieren, un revolucionario frente a la opresión, la explotación y el apartheid. Esa falsa unanimidad en torno de su figura entre gobernantes de una derecha cruel, estafadores, jeques, reyes, príncipes, personajes de revista del corazón y demás es una burla a la memoria de un hombre que no lo merecía. Y lo hacen porque estaba viejo y ahora ya no se puede defender de tanto oportunista.

Si realmente estiman la figura de Mandela y su lucha, tienen delante a muchos guetos y apartheids. Los saharauis en su desierto, por ejemplo. Y los millones de palestinos, encerrados, robados, discriminados, torturados y perseguidos en su propia tierra. Cuando salgan del funeral, tomen otro avión y vayan a Palestina, allí sabrán de los Mandelas que ya han muerto y sabrán de los que sobreviven en las mazmorras de Israel; también hay Mandelas que todavía están vivos y necesitan su ayuda.

Ah, damas y caballaros, excusen esta impertinencia. Se comprende, es que los palestinos no sonríen y no son guais; son gente desesperada, sucia y fea. No sirven para uno de sus videoclips rosas, sólo sirven para hacer de extras en películas de árabes fanáticos. Claro, son todos terroristas y, en cambio, el Estado israelí son como nosotros, nuestros amigos.

No podríamos compartir los asientos en ese espectáculo con ustedes aunque nos invitasen, de puro asco les vomitaríamos encima. Mandela no era de los suyos.

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