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Mariano, tenemos un problema

En la Gürtel, sea en Génova o sea en Valencia, el PP y Rajoy siempre han jugado con la ventaja de saber que había alguien dispuesto a jugar con las reglas del partido y ejercer de chivo expiatorio y cortafuegos

En la guerra de bandas de Madrid no disponen de ese perfil. Francisco Granados e Ignacio González son soldados de fortuna

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Mariano Rajoy en una imagen de archivo EFE

La guerra de bandas desatada en el PP de Madrid no es como los otros casos de corrupción y tú lo sabes, Mariano. No puedes sostener de manera convincente que se trata de una cosa del pasado porque llega hasta la campaña que te otorgó la mayoría absoluta en 2011 y más allá.

No puedes argumentar que todos están fuera del partido porque ahí tienes a Esperanza Aguirre, en ese estado de dimisión latente al que nos tiene acostumbrados, y a Cristina Cifuentes, con mando en plaza y aspiraciones a presentarse a la promoción interna para la sucesión.

Pero, sobre todo, no tienes a mano un cortafuegos fiable donde detener el incendio provocado por los testimonios de soplones y arrepentidos; y eso sí que es una novedad y un problema grave que no se soluciona repitiendo que se trata de una estrategia de defensa y no hay que hacerles caso.

En la Gürtel, sea en Génova o sea en Valencia, el PP y Rajoy siempre han jugado con la ventaja de saber que había alguien dispuesto a jugar con las reglas del partido y ejercer de chivo expiatorio y cortafuegos. Aguantar, controlar los ataques de pánico y tratar de minimizar el coste político constituía una estrategia viable. Solo había que acordar las condiciones de la entrega, pero tanto Luis Bárcenas como Francisco Camps son hombres de partido y saben cómo va esto. Para eso se les pagaba y se les concedió tanto poder, para que apencaran con las consecuencias si algo salía mal.

Hasta Ricardo Costa es un hombre de partido, al menos lo suficiente para saber que es mejor humillarse en público y pagar con un poco de cárcel que condenarse a una vida de ostracismo y miseria en el frio y oscuro exilio del ostracismo popular. Lo prueba el teatrillo que han representado a dúo Costa y Bárcenas para convencernos de que la cosa se quedaba en Valencia, en el PP de Rajoy no se toleraba la corrupción y tenían pesadillas con Filesa 2. Es humano, a fin de cuentas ¿A dónde van Bárcenas, Costa o Camps si el PP les abandona?

En la guerra de bandas de Madrid no disponen de ese perfil. Francisco Granados e Ignacio González son soldados de fortuna, aventureros que buscaban medrar al resguardo de la organización y si se ven acorralados venderán a su sombra con tal de reducir sus condenas en un par de meses. Aunque eso ya lo sabíamos, Mariano; nunca se confió en ellos para extinguir el incendio de la corrupción madrileña. El problema siempre ha sido Esperanza Aguirre. Ella, que es el cortafuegos natural y se la supone mujer de partido, tampoco da precisamente el perfil de chivo expiatorio.

Si algo ha demostrado a lo largo de su carrera la lideresa es que siempre que ha debido elegir entre salvarse ella o proteger al partido, ha escogido su propia salvación. Ahora, además, evitar o mitigar su propio sacrificio en la caída final incorpora el bonus de poder arrastrar con su testimonio inculpatorio a su archienemigo: tú, Mariano.

Cristina Cifuentes empezó el día riéndose de cuanto pudiera declarar Granados y asegurándonos que no le importaba porque era una estrategia de defensa. Pero lo acabó compareciendo de urgencia en TVE para anunciar una querella criminal. Los ataques de pánico acaban de empezar, Mariano; no te engañes.

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