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Matar la política a besos

Pablo Iglesias, después de dar un beso a Domènech, toda una performance, puede ofrecerlo a Sánchez y para dotarlo de significado —espectacular que no político— refiere a un hecho del entorno de la telerrealidad: las declaraciones sentimentales entre una diputada del PP y otro de su grupo

El periodista Antonio García Maldonado hace un planteo radical pero pertinente en un artículo de El Estado Mental, ¿qué es más revolucionario, ir con un bebé al Congreso o renunciar a la banca para poder criarlo en tanto madre soltera? La pregunta no es cómoda y la respuesta, menos. "El problema, plantea García Maldonado, no es la guardería, sino que ni la mujer ni el hombre tienen familia en esos niveles de responsabilidad". El escritor lo hace en el contexto de la serie danesa Borgen que aborda la imposibilidad de la conciliación en tareas como la política, que demandan las 24 horas de los siete días de la semana. "En Borgen [sede del parlamento y del Gobierno] todos sabemos comprometernos con los daneses pero no sabemos comprometernos con nuestras familias", dice un personaje de la serie citado por García Maldonado.

El uso del bebé provoca una reflexión sobre la conciliación política antes que con la laboral: la práctica del espectáculo no permite convivir ni comprometerse con las ideas. Cuando en el hemiciclo Pablo Iglesias pide cuentas al socialismo por Felipe González y su relación con el GAL no lo hace desde un encuadre político y el cierre de esa intervención es el beso, no el literal a Xavier Domènech sino el ofrecido desde la tribuna a Pedro Sánchez este viernes. Umberto Eco llamaba neotelevisión al decorado que la CNN introdujo en los noventa y después copiado por todos los telediarios que consistía en enseñar detrás de los presentadores a la redacción: ese contexto daba realismo, una imagen de los canales como factorías de la noticia. El paso siguiente fue la telerrealidad (reality show), en el que no basta con narrar el relato, hay que producirlo. De este modo, Pablo Iglesias, después de dar un beso a Domènech, toda una performance, puede ofrecerlo a Sánchez y para dotarlo de significado —espectacular que no político— refiere a un hecho del entorno de la telerrealidad: las declaraciones sentimentales entre una diputada del PP y otro de su grupo.

¿Es esto la nueva política? Es nuevo, porque responde a un relato mediático con el mismo fin que la telerrealidad pero no es política.

Pedro Sánchez y Mariano Rajoy recurren a efectos retóricos con los que pretenden entrar en el debate pero se detienen en su periferia. Cuando Sánchez habla de mestizaje pareciera que quiere abordar a Podemos desde la antropología social y cuando Rajoy denomina «corrupción» a la peripecia especulativa de Sánchez para formar gobierno apenas consigue justificar el salario de Pedro Arriola (si hay un hallazgo, éste reside en que es la primera vez que Rajoy usa el sustantivo). Párrafo aparte merece la incursión de Albert Rivera destacando el rol de las izquierdas en la primera Transición sin otro fin que subrayar que él obra en la misma senda que Adolfo Suárez.

Alberto Garzón, en este escenario, recuerda a Francisco Umbral cuando se quejaba de que en la tertulia le hacían opinar sobre cualquier cosa menos sobre aquello que lo había llevado allí: su libro. Garzón enfatiza que va al debate para hablar de política en apenas dos minutos: 140 caracteres que utilizó, entre otras cosas, para reclamar por el uso especular que Rivera hizo de Carrillo y el comunismo. Es curiosa que la vindicación que realizó Garzón del Partido Comunista fuera valorada mediáticamente como un hándicap para el candidato de IU-UP. Más allá que se asuma o no el comunismo como alternativa, es digno de observar que se valore como un mero sujeto de marketing político, es decir, en función del espectáculo y no como una posibilidad certera o falaz para operar en el debate de la izquierda. O mejor: el debate, en general. ¿Hubo un debate político?

En estos días hay una exposición en el Museo Thyssen-Bornemisza sobre el grupo de pintores realistas de Madrid. Como no podía ser de otro modo, la tranquilidad del realismo y la atracción que genera Antonio López, figura central de la muestra, llena el museo de visitantes a diario. La gente se detiene ante los cuadros de López como frente a un callejero en el que especulan con el nombre de las calles o los edificios representados. Se asiste con asombro a verdaderas discusiones ante un cuadro, Madrid (1960), por ejemplo, en el que lo único claro a simple vista parece ser la mancha verde del Retiro. Otra obra de López, Madrid visto desde el Cerro del Tío Pío (1962-1963), no solo no merece comentarios sino que apenas pasan los espectadores frente a él y rápidamente se van al siguiente cuadro. En esta pintura, el perfil de la ciudad aparece casi difuminado bajo un cielo gris y está sostenido por el borde del cerro que ocupa casi toda la extensión del lienzo; Madrid es apenas una franja fina en la parte superior de la pintura, el resto, como en El Perro de Goya, es una superficie infinita de tonos ocres, amarillentos, con algún reflejo azul que de no ser definido como cerro en el título de la obra podría ser entendido como una abstracción al igual que el lienzo de Goya.

No es un cuadro grato para quien busca una foto de la ciudad, una calle, una referencia, verse a sí mismo en una versión cómoda. López pinta calles de Madrid pero esas calles están vacías y llenas de silencio. Pero los espectadores buscan el griterío de los bares, los cláxones de los coches y el nombre de las calles aunque no estén. El cuadro del cerro del Tío Pío no solo carece de calles, de gente y de sonidos como todos los demás: tiene una profunda carga existencial que habla de algo que le sucede al que mira. Y el que observa, como no quiere ver ni escuchar eso se va al cuadro siguiente para tratar de encontrar su calle.

Visité la exhibición este viernes, horas antes de la sesión de investidura, a metros del Congreso ya que el museo es casi contiguo a las Cortes. El debate era el mismo en ambos sitios.

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