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¿Optimismo?, ¿qué optimismo?

Qué clase de sociedad es esta que considera un signo de optimismo el endeudamiento de las familias mientras recorta la inversión en servicios públicos?

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Cuaderno- collage de Delphine Prokešová. El futuro es brillante en la portada; en la contra, la verdad duele.

Cuaderno- collage de Delphine Prokešová. El futuro es brillante en la portada; en la contra, la verdad duele.

Leo en una noticia que las familias españolas se sienten optimistas y vuelven a endeudarse para consumir más. La idea de unir optimismo y endeudamiento me resulta inquietante, por no decir perversa. La noticia destaca que es el clima de optimismo provocado por el supuesto fin de la crisis lo que hace que el sueldo a fin de mes no dé para pagar las compras por primera vez en diez años. Y se supone que esto es una buena noticia. Desde luego es una buena noticia para la maquinaria puesta en marcha por las políticas neoliberales, buena noticia para el plan prediseñado por la dictadura del mercado. Junto a este dato, otro: Bruselas prevé que la inversión pública en España siga en mínimos, un 40% por debajo de la media de los últimos 23 años. ¿Pues qué pasa? Este gobierno, que no deja de congratularse por el fin de la crisis, ¿no es tan optimista como las familias?

En su novela El mar, el mar Iris Murdoch explora, entre otros, el tema de la fatalidad. En un momento dado el protagonista afirma: "Mi plan había tenido un éxito tal que también yo estaba atrapado en él". Igual que ese personaje, nuestras sociedades de consumo se ven atrapadas en su propio éxito. La lógica del mercado sólo atiende a razones monetarias, a beneficios económicos; el concepto de servicio público, de bienestar ciudadano le es ajeno. 

Al final, el destino no es más que la suma de las pequeñas decisiones del día a día. Uno va enredándose sin darse cuenta, tejiendo los hilos en una dirección o en otra y al final la red -la trampa-, confortable o no, está ya hecha. El destino colectivo también se hace así paso a paso. Y por ahora la dirección de esos pasos no parece muy halagüeña: Los recortes no se hacen en las partidas de defensa o en armamento, se hacen en investigación, en escuelas y hospitales. No se invierte precisamente en lo más básico: educación y sanidad. El plan se ve a la legua: que la gente se endeude no sólo comprando lavadoras sino pagando estudios privados y seguros médicos. Ese dios-mercado que rige nuestras vidas nos obliga a transitar caminos que a fuerza de repetirse van trazando surcos de los que será muy difícil salir. Se consolida un sistema de explotación y competencia generalizada, una crisis perpetua y un desastre medioambiental. Y en este contexto hablan de clima de optimismo, ¿qué optimismo?

Del mismo modo que el discurso del emprendedor encubre el desempleo, el discurso del optimismo encubre el agotamiento y el estrés, encubre la presión sobre el consumidor/ trabajador explotado. El plan ha sido un éxito, sí, y en él estamos atrapados todos. Una sociedad donde el optimismo consista en la capacidad de endeudarse para adquirir servicios básicos no parece que albergue un futuro muy prometedor. Habría que construir un modelo de desarrollo social cuyo motor no fuera el estrés de sus ciudadanos.

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