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Pactad, pactad, malditos

Imma Aguilar Nàcher

Si hay algo que los resultados electorales del 24 de mayo han reflejado con nitidez es que hemos ganado en representatividad, en pluralidad política, pero también que ahora evaluaremos qué tal andamos de gobernabilidad. Los ciudadanos han demostrado, con su voto, que están preparados para los conglomerados y los “frentes” pero no tanto nuestros políticos.

Los pactos ya son habituales en este país desde hace mucho tiempo y eso significa que no son los partidos que llamamos tradicionales los que más necesidad van a tener de explicar unas u otras alianzas. El PSOE ha cerrado coaliciones y gobiernos con ERC, con ICV, con BNG, con PNV y con CiU. Los socialistas son muy conscientes de ser un partido de gobierno, pero para ello, han tenido que unir fuerzas en áreas periféricas en las que el nacionalismo ocupa un espacio electoral y político preponderante. El PSOE se ha forjado en la explicación de esas alianzas, en cierto grado antinatura, cuando ha habido de sellar acuerdos con la formaciones claramente situadas más a su derecha. El pacto nacionalista de la izquierda moderada entra perfectamente dentro del guión que se ha escrito en las últimas décadas de transición madura. Por ello, para los socialistas no es difícil trenzar un relato de coalición, de acuerdo con otras fuerzas políticas, siempre que entre dentro del marco de lógica de resultado electoral que lo avale.

La coherencia en política es crucial y, si bien es cierto que el secretario general del PSOE afirmó rotundo y categórico que no pactaría con el “populismo”, asociado éste claramente a Podemos, sería asumible con una etiqueta, por ejemplo, de “pacto complementario”, como muy hábilmente le escuché decir hace unos días al asesor político Luis Arroyo. El gran riesgo es que el marco se instale y eso acabe construyendo una autopista permanente por la que sus votantes viajen sin límite hacia Podemos. En política se puede dar forma, explicar y relatar cualquier incoherencia exógena, pero tiene un precio.

¿Qué dicen las urnas? Nunca ha sido fácil saber con certeza qué expresan tantos miles de votos juntos, que son votos -al fin y al cabo- individuales, cada uno con sus motivaciones, su especial procedencia e intención. Pero en esta ocasión, y si ponemos como ejemplo el caso de la candidatura al Ayuntamiento de Madrid, parece claro que una gran parte del voto del PSOE se ha trasladado a la oferta encabezada por Manuela Carmena.

¿Razones? Por enfado, por convicción, por una campaña idónea, por el contraste con la fallida campaña de su principal rival, Esperanza Aguirre, por la gran polarización que han hecho los medios de comunicación entre Carmena y Aguirre, igual que entre Colau y Trias en Barcelona. La conclusión parece sencilla, y así lo ha entendido el candidato socialista Antonio Miguel Carmona, que rechazaba inmediatamente y sin dilación una alianza de partidos “estables”, mientras parece seguro que apoyará la candidatura de izquierdas con más votos, la de Ahora Madrid. El PSOE de Madrid es un ejemplo de esa deducción. Son los mismos votantes, o parecidos en un gran porcentaje. Al PSOE no le conviene hacer otra cosa diferente a la de apoyar esa oferta electoral que ha aglutinado a sus votantes naturales por haber entendido peor qué espera la izquierda de un líder nuevo.

El Partido Popular tiene menos opciones para pactar, pero las tiene. Y comparte con el PSOE la experiencia en el relato de la alianza, en su caso en el otro lado del eje ideológico. También aquí volvemos a encontrar que se construye un “frente” posible que tira hacia la derecha en la suma entre Ciudadanos y Partido Popular. Decía en una crónica la periodista Esther Palomera que en la próxima campaña electoral escucharemos hasta la angustia al PP apelar al voto del miedo contra un peligroso “frente popular” de las “izquierdas radicales”.

Para los partidos emergidos o sobrevenidos –Podemos y Ciudadanos- (aclaro que yo no les llamaré nuevos hasta que descubra qué hay de nuevo en lo nuevo) va a ser, en cambio, mucho más difícil construir relatos coherentes para los acuerdos, aunque sean éstos puntuales o de mera abstención, pero que catalicen la constitución de gobiernos liderados por PP o PSOE. Ambas formaciones, tanto la de Rivera como la de Iglesias, ya se han aprestado a suavizar la demonización de sus oponentes en el eje de Élites (casta) versus Bases (ciudadanos). Para Podemos y para Ciudadanos será más difícil explicar cualquier pacto, porque en todos los casos va en contra de la pureza que hasta ahora han exhibido. Tienen más que perder. Es su principal elemento de desgaste.

Y mientras, les exigimos pactos, les llamamos a la cultura de la coalición, tan europea, tan danesa. Invocamos el entendimiento, apelamos al espíritu latente de la transición, a los pactos entre desiguales, a la generosidad. En definitiva, más política, más democracia. Es el momento de demostrar la madurez y responsabilidad de los líderes. ¿Estamos preparados?

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