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¿Podrán las fuerzas del cambio acabar con el paro?

No hace falta ser un genio de la economía para intuir que la única alternativa posible es un plan de inversiones públicas muy importante y muy bien pensado, capaz de reactivar la inversión privada y de desarrollar los sectores económicos

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La comisaria europea de Transporte visita mañana las obras del AVE a León y Palencia

La inversión pública en infraestructuras puede ser un factor clave en la salida de una crisis.

Los datos sobre la evolución del paro y del empleo en el primer trimestre son malas noticias para Mariano Rajoy. Por mucho que el presidente aparezca en mangas de camisa contando mentiras, al PP le va a ser cada vez más difícil alzar la bandera de la recuperación económica como su gran baza electoral. Porque los expertos abrigan cada vez más dudas sobre la solidez de la misma, y están empezando a decirlo, y porque la gente se está convenciendo de que si no percibe una mejora real es porque no la hay. A una derecha ahogada por los escándalos de corrupción ya sólo le queda un argumento: el de acusar a sus rivales de carecer de una política económica mejor, el de que no saben cómo van a reducir sustancialmente el paro. No le va a funcionar, porque a quien está cayendo por la pendiente no le funciona nada. Pero, ¿hay algo de cierto en eso?

El debate preelectoral no está aportando demasiadas pistas al respecto. Es cierto que lo que en estos momentos se dirime es la suerte de las elecciones municipales y autonómicas y se supone que las cuestiones “macro” se abordarán más adelante. Pero a nadie se le escapa que lo que está encima de la mesa es la posibilidad de un cambio político con mayúsculas y que los comicios locales y regionales son sólo una pieza, un paso, de ese empeño mayor. Tanto es así que la campaña en curso está marcada, además de por la corrupción, por las definiciones generales, los modelos políticos y los principios, mucho más que por las propuestas concretas en materia municipal y autonómica. Estamos asistiendo a una primera vuelta de las generales más que otra cosa. Y el futuro de la economía española no ocupa un espacio significativo en la misma.

No hay duda de que a la vuelta del verano, como muy tarde, todos los partidos de la oposición darán a conocer su programa económico. Ciudadanos ya lo está haciendo y aún es pronto para saber si esa anticipación es un acierto o un error. Del PP no cabe esperar mayores novedades sino más de lo mismo. Podemos y el PSOE no defraudarán a la hora de proponer medidas que, bien aplicadas, podrían cambiar en algo, o en mucho, las cosas. Cuentan, o pueden contar, con expertos capaces de hacer eso y bastante más. Desde luego, mucho mejores que Montoro.

Para mejorar la situación económica se pueden hacer cosas que el PP no está haciendo y también erradicar prácticas que marcan la trayectoria del gobierno actual y que son muy dañinas para la mayoría de los ciudadanos. Nuevas normas en materia de contratación laboral, una reforma fiscal, una nueva reglamentación de los derechos y deberes de la banca privada, nuevos criterios para controlar el gasto público y evitar el despilfarro, incluyendo entre ellos una nueva visión de las atribuciones del estado central y de las autonomías, y, por supuesto, políticas eficaces para ayudar de verdad a los grandes perdedores de la crisis, a los millones de pobres y a los que están a punto de serlo. Todo eso es posible si la relación de fuerzas que salga de las urnas lo permite.

No hay duda de que medidas eficaces en las citadas direcciones tendrían un impacto en la marcha de la economía. Más bien a medio plazo, ciertamente. Pero para reducir el paro, y sustancialmente, que es lo que hace falta, sería preciso mucho más. El diagnóstico de los expertos es concluyente al respecto: sólo se puede lograr colmando el inmenso agujero que ha dejado la crisis de la construcción. Y no sólo porque una parte sustancial del desempleo procede, directa o indirectamente, de ese sector, sino porque éste era el motor de la economía, la clave de su crecimiento y mientras no se encuentre algo equivalente que lo sustituya seguiremos más o menos en las mismas.

Está claro que el turismo no es una alternativa. Porque, más allá de los años malos que pasó al principio de la crisis, siempre ha estado ahí y a pesar de su potencia, de la que ya no se pueden esperar grandes crecimientos, no ha evitado el desastre. La solución, de haberla, tiene que estar en otra parte.

Y no hace falta ser un genio de la economía para intuir que la única alternativa posible es un plan de inversiones públicas muy importante y muy bien pensado, capaz de reactivar la inversión privada y de desarrollar los sectores económicos que estén a la altura de los tiempos y, por tanto, que tengan futuro. Sin algo como eso, unido a todos los cambios que antes se citaban, no se va a poder romper el círculo vicioso.

El problema es que el Estado español no tiene dinero para hacerlo. Y con una deuda pública que se acerca al 100 % del PIB tampoco puede endeudarse a esos fines. Sólo con el apoyo de la UE y del BCE se podría abordar ese empeño. Y llegados a ese punto surge la melancolía. Porque nada indica que los que mandan en Bruselas estén ni por asomo dispuestos a asumir el cambio de sus actuales postulados que implicaría financiar un plan de inversiones para reducir el paro en España. Su actitud ante las peticiones y propuestas que ha hecho la Grecia de Syriza, basándose en argumentos perfectamente compartibles, es una lamentable pero contundente prueba de ello.

La batalla económica, y el consiguiente debate, está en España. Contra los privilegios y abusos que ha amparado el PP, contra sus interesados errores en materias decisivas, como la política de empleo. Pero también está en Europa. Y aunque ésta nos parezca un gigante inatacable, bueno es decirlo sin ambages. Desde ya mismo. Más allá de sus gravísimos problemas, que ya veremos si no terminan con sorpresas, Syriza tiene un gran activo en su favor: que los griegos que le votaron, y bastantes más, le apoyan sin reservas, al menos hasta ahora, en su pulso con la UE.

Porque Tsipras y Varufakis les vienen diciendo desde hace años que es Bruselas donde está el gran problema, que es ahí donde están los malos, aparte de los muchos que tienen en su propia casa. No les han ocultado el problema. Sería oportuno que aquí se hiciera algo parecido. Aunque no sea políticamente correcto. Porque si un día se llega al poder, contar con la gente en la pelea, aunque sea desigual, puede ser muy bueno. 

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