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Probé a romper mi aislamiento social con Operación Triunfo y me gustó

Natalia, la de Pamplona, durante su actuación en la Gala 0

Cristina Armunia Berges

Esta semana, por pura casualidad, me encontré con un artículo firmado por el primatólogo Robert Sapolsky. En él contaba una anécdota que me fascinó. Al parecer, durante el rodaje del 'Planeta de los simios' (1968) y según explicaron en su día Charlton Heston y Kim Hunter, en los descansos de las comidas los actores que interpretaban a simios almorzaban separados de los que hacían de personas.

Los seres humanos, de manera automática, crean dicotomías sobre aquello que les rodea y por eso la gente tiende a agruparse y a diferenciar entre el 'ellos' y el 'nosotros'. El año pasado me pasó algo parecido a lo que les sucedió a las actrices y los actores que hicieron de chimpancés: los martes en el trabajo a la hora de comer no entendía absolutamente nada, una tal Amaia dijo algo de unos aspersores; cuando iba a visitar a mi hermana y ella me decía que Alfred no le terminaba, yo le seguía la bola como buenamente podía; para cuando quise reengancharme porque llegaba Eurovisión, estaba ya todo perdido. Me había convertido en una 'hater'.

Por aquel entonces, me era imposible creer que, si no veía Operación Triunfo, de verdad estaría perdiéndome “historia viva de la televisión” o que si no me sabía los nombres de los concursantes iba a estar fuera del 'ellos' (o del 'nosotros', eso no lo tengo claro) para siempre. Así que este miércoles, casi libremente, decidí ver la gala 0 de OT.

Desde el primer momento tuve muchas preguntas. ¿Por qué no empezaban por la gala número 1? ¿Por qué comenzaba tan tarde el programa? ¿Qué hacía ahí Ana Torroja? ¿Qué era shippear? El miércoles a las 23.00 horas de la noche rompí el aislamiento social que mantuve durante todo el año pasado, pero no para reafirmar mi posición contraria, sino para ver si de verdad todo era tan divertido como me lo pintaban.

Lo fue. Dejé a un lado mi espiral del silencio y empecé a comentar la gala con mis amigos. Fue divertidísimo. El primer hit de la noche llegó con el 'YA NO HAY'. El presentador le preguntó a una de las concursantes que qué tal su novio y ella respondió: “YA NO HAY”. Aquello fue grandioso, en el móvil se acumulaban decenas de mensajes y a día de hoy solo puedo pensar en cuándo va a salir la camiseta con la frase.

La segunda secuencia más memorable si cabe fue el momento en el que otra concursante dijo que su padre trabajaba en Hacienda y, en Twitter, gente maravillosa empezó a ironizar sobre si Ana Torroja saldría o no corriendo del plató de Televisión Española. Magia en estado puro. O el momento en el que la vocalista de Mecano le dijo a una joven cándida: “Pero hija, ¿de verdad tú lo que quieres es cantar boleros?”.

Aunque tengo que reconocer que el pacto de ficción que hice esa noche con la tele se tambaleó cuando otro de los triunfitos dijo algo así como “lo mismo canto La Raíz que canto Taburete” y que no le gustan las etiquetas. La parte más superficial de este tipo de productos televisivos había hecho su aparición y me asusté. Aún así, aguanté y dejé que el efecto arrastre me envolviera.

No creo que vea todos los ensayos, ni que me aprenda los nombres de los concursantes próximamente (me dirijo a ellos como la de Pamplona, la que cantó la de Rozalén) y, ni mucho menos, me pondré el 24 horas porque me parece un exceso. Pero, a partir de ahora, los jueves en la redacción no seré el chimpancé o el humano aislado y este fin de semana podré mantener una conversación con mi hermana en la que yo también tenga algo que decir. En caso de no entender exactamente de lo que hable, porque ella seguro que está más puesta, saldré del paso airosamente con mis tres nuevas palabras favoritas: YA NO HAY.

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