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Prohibido jugar a la pelota (vascos y catalanes)

Menos mal, pensará Aguirre, que existen los vascos y los catalanes. Y menos mal que, de vez en cuando, les da por chiflar al Rey y a la bandera

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Los vascos y catalanes ya no saben qué inventar para dañar a España. Tras el Concierto Económico, la Diada y La Oreja de Van Gogh, ahora las dos nacionalidades históricas se han puesto de acuerdo para jugar bien al futbol con el único objetivo de humillar al jefe de Estado.

Muchos se han percatado de la pérfida estrategia, pero solo Esperanza Aguirre ha puesto el grito en el cielo. Lo ha hecho a través de su columna en El Mundo, esa que inauguró cuando salió corriendo de la primera línea política y que ahora abandona por incompatibilidad con su renovada vocación pública. Se pregunta la lideresa a qué viene esa obsesión de vascos y catalanes por disputar un campeonato llamado Copa del Rey si tanta ojeriza le tienen al susodicho y, por extensión, a la nación española en su conjunto.

La clave está en la sinécdoque. Considera Aguirre que, al pitar al jefe de Estado y a la enseña nacional, se está pitando a España entera. Cada vez que un vasco o un catalán agrede por vía pulmonar a la iconografía patria está agrediendo a la Constitución y a nuestra historia, al AVE, a AENA y a RTVE, al toro de Osborne y a los Reyes Católicos, al Puerto de Santamaría y a Toledo, al Quijote, a Ortega y a Marañón.

Uno podría perdonar tal ofensa si fuese improvisada o fruto de un calentón repentino, pero es obvio que se trata de una estrategia política largamente diseñada por vascos y catalanes. Mire, por ejemplo, al Athletic, que en la Liga es incapaz de dar pie con bola. Es como si los de Bilbao solo se esforzasen cuando su victoria sirve para humillar a España. Como si, de puro odio antiespañol, los leones solo corriesen de verdad, solo atacasen con confianza y defendiesen la puerta eficazmente cuando saben que el trofeo no es otro que una buena pitada al monarca.

Dice Aguirre que, si esto fuese un país serio, tomaríamos nota de Sarkozy. Hace años, el expresidente francés decidió que chiflar a la tricolor y a La Marsellesa era de un mal gusto muy poco coherente con el espíritu de la República. Y que, si tal cosa ocurría, se suspendía el partido y se retomaba luego en 'petit comité', expresión que no en vano inventaron los gabachos para situaciones como esta.

Olvida Aguirre que, si esto fuese Francia, el tatarabuelo de Felipe VI habría sido decapitado en plena calle y a lo mejor ahora, quién sabe, nadie chiflaría en los partidos. Claro que eso habría dejado a la lideresa sin tan suculento tema para su última columna, obligándola quizá a hablar de todos esos asuntos que  mencionaba ayer Isaac Rosa en este mismo diario: su ático comprado a través de una sociedad pantalla, su reunión con dos policías en una cafetería, su papel en la Púnica o su dinero en Suiza.

Menos mal, pensará Aguirre, que existen los vascos y los catalanes. Y menos mal que, de vez en cuando, les da por chiflar al Rey y a la bandera.

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