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Segunda oportunidad

Todo en la vida, hasta las cosas más terribles, tienen siempre un lado bueno. El ascenso de Vox pone mucho más difícil votar contra Sánchez a morados y nacionalistas

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Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. EFE

Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. EFE

La mayoría cautelosa en la que confiaban los estrategas de Moncloa es, efectivamente, tan cautelosa que ha decidido seguir a sus cosas y no manifestarse con la claridad augurada. Ha sido la mayoría de izquierda la que ha vuelto a ganar las elecciones. Los votantes progresistas no se lo pueden decir más alto ni más claro. Y puede que no se lo quieran decir más veces.

A Pedro Sánchez los votantes no le han dado la mayoría clara y fuerte que pedía. Pero le han otorgado una segunda oportunidad, algo que, ni en la vida ni en la política, suele ocurrir. Solo el PSOE puede sumar para gobernar y es al único al cual le pueden salir las cuentas sumando a su izquierda y a los nacionalistas. Ésa sería la única suma que le garantiza la investidura y la gobernabilidad. La improbable abstención popular le faculta la investidura pero no la gobernabilidad.

Pablo Iglesias y Unidas Podemos han vuelto a resistir pero a cada vuelta les cuesta más. Han pagado un precio más alto que los socialistas por la falta de acuerdo. Pero esperemos que ambos hayan aprendido la lección. Cuando la izquierda no se entiende, sólo saca partido la derecha. Su exigencia de un gobierno de coalición puede constituir un punto de partida para no empezar negociando a la baja, pero ya no podrá trazar una línea roja. Sánchez tiene a su alcance sumar 168 diputados sin empezar a hablar siquiera con los diputados catalanes de su abstención e investirse así en segunda vuelta. Todo en la vida, hasta las cosas más terribles, tienen siempre un lado bueno. El ascenso de Vox pone mucho más difícil votar contra Sánchez a morados y nacionalistas.

Para el Partido Popular todo cuanto fuera quedarse por debajo de los 90 diputados suponía un fracaso. Ha recuperado menos de lo debido y vuelve mucho peor acompañado. Cualquier persona con sentido común, si tiene que elegir entre competir por el liderazgo de la derecha con Vox o con Ciudadanos, elige a los naranjas. Galicia ha sido la única comunidad donde los populares han aguantado. La conclusión es obvia. El problema no es el partido. El problema está en el liderazgo.

Albert Rivera llegó a rozar la nuca de los populares agitando el avispero catalán y garantizando su 'no' a Sánchez. La duda le ha matado políticamente. Para quienes, en abril y en noviembre, las elecciones fueron y son un referéndum sobre Sánchez, ahora la opción fiable era Vox. Lo naranja se había demostrado inútil y, además, ahora ya ni se los creen. El partido ultra que veta impunemente a periodistas ha subido tan rápido como ha caído Ciudadanos. Mañana puede pasarle lo mismo a los ultras. Hay un millón de votantes de derecha que vagan errantes, de unas siglas a otras, buscando la firmeza y el liderazgo que hasta hace poco encontraban en el PP. Esa es la gran novedad confirmada por estas elecciones. El electorado más inestable es ahora el conservador.

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