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Todas las libertades

La decisión del New York Times de despedir a sus dos dibujantes y eliminar las viñetas es un retroceso que obedece a la culpa mal entendida y a la sumisión ante una corrección política reaccionaria

El New York Times dejará de publicar viñetas políticas tras una polémica antisemita

EFE

Semanalmente aparece en The Economist la viñeta del humorista gráfico Kan, un dibujante de trazo barroco, clásico, pero de una acidez inmisericorde. No menos radical en su línea limpia es la viñeta diaria de Banx, en la página del correo de lectores del Financial Times. La prensa económica, amén de su clara funcionalidad con el mercado, no escatima rigor y es poco proclive a las sensibilidades de la corrección política. En un artículo publicado en español porLetras Libres, la escritora Amber A'Lee Frost, manifiesta su predilección por el Financial Times ante el New York Times: "la respuesta es simple: según prácticamente todos los estándares, el Financial Times es mejor periódico. Hace una cobertura del mundo tal y como es: una batalla global no de ideas o valores, sino de intereses económicos y políticos", escribe A'Lee Frost, y remata: "está claro que van [el Financial Times] con el otro equipo, pero al menos saben de qué va el juego".

La decisión del New York Times de despedir a sus dos dibujantes y eliminar las viñetas de la edición internacional da razón a A'Lee Frost.

Como es sabido, el pasado 25 de abril se publicó una viñeta del dibujante portugués António Moreira Antunes, en la que se ve al primer ministro israelí Benjamin Netanyahu como un perro con la estrella de David colgando de su collar guiando a un ciego, Donald Trump, ataviado con una kipá negra. Las quejas de las autoridades israelíes no se hicieron esperar y llegaron a acusar al diario de colaborar con el Holocausto: "El mismo New York Times que hace un siglo ocultó a sus lectores el Holocausto del pueblo judío se ha convertido hoy en un lugar seguro para aquellos que odian al estado judío", dijo Ron Dermer, embajador de Israel en EEUU.

En El retorno del péndulo, Zigmunt Bauman y Gustavo Dessal reflexionan sobre las distintas circunstancias que llevaron al siglo XX a renunciar a la seguridad por un poco de libertad: avanzar en línea recta, en el camino de la apertura a los derechos plenos. Hoy, por el contrario, se está dispuesto a ceder libertad para sortear el espectro de la inseguridad existencial. Dice Dessal: "nadie puede considerarse completamente a salvo de sí mismo: estamos siempre amenazados ante la posibilidad de nuestra propia traición". En este bucle parece estar enredado el New York Times persiguiéndose a sí mismo y atropellando en el camino a todas las libertades porque, como escribe en eldiario.es Marta Peirano, en un artículo en el que recopila todos los detalles de esta censura, "la libertad de expresión es la libertad que nos permite defender todas las demás".

Hace un par de años, The Guardian hizo un anuncio con el cuento popular de los tres cerditos y el lobo. El spot comenzaba con un gran titular en la primera página de The Guardian: "El lobo feroz es arrojado vivo al agua hirviendo". Acto seguido, un comando de fuerzas especiales invadía la casa de los tres cerditos. Escuchábamos, entonces, la voz de una periodista que informaba sobre el cuestionamiento que hacían los vecinos a las autoridades sobre el derecho a allanar impunemente las viviendas. Inmediatamente, miles de lectores expresaban su opinión en las redes sociales en defensa de los cerditos. Mientras las fuerzas de seguridad actuaban como si estuvieran enfrentando a terroristas radicales, la red explotaba y el agente catalizador era The Guardian. Un cronista del periódico aparece en plena faena tratando de dilucidar los hechos. La trama da un giro cuando se plantea la posibilidad de un complot de los cerditos para defraudar a la compañía de seguros incriminando al lobo. Llega el juicio. Los declaran culpables. La red se colapsa en su defensa al saberse que los cerditos han llegado a ese extremo por no poder pagar la hipoteca. Y se desata un movimiento global contra el incremento de la deuda inmobiliaria.

Este vídeo de publicidad pretendía ser didáctico. Por un lado, intentaba mostrar cómo funcionan las redes a la hora de organizar y conectar un colectivo de protesta, y por otro, colocar al periódico como eje de esa plataforma social. The Guardian se significa aquí no sólo como una herramienta de información sino también como un canal para la comunidad que, gracias a la red, supuestamente tendría un rol activo en los hechos.

Quizás The Guardian peque de ingenuidad, pero es preferible esa voluntad a la culpa y la renuncia de su propia libertad del New York Times.

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