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Vamos a ver qué pasa

La peor sensación que deja el verano respecto al Gobierno es que parece demasiado dispuesto a decirle a todo el mundo lo que quiere oír en cada momento, que tiene algunos problemas para distinguir entre buscar el consenso y ponerse en el medio y cree que hacer política y vender un producto son lo mismo; y no, no lo son

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El nuevo Gobierno de Pedro Sánchez provocará el cese de casi 440 altos cargos del Estado

Pedro Sánchez en el Congreso de los Diputados

El fin del verano siempre es triste en política. Se acabaron las fotos amables en los lugares donde acude la gente importante, las visitas al pueblo para ser recibido como un triunfador, los retiros espirituales en algún marco incomparable patrimonio del Estado o las noticias irrelevantes convertidas en asuntos de seguridad nacional para llenar paginas y horas de contenidos. Vuelven el parlamento, los presupuestos o el segundo plazo de Hacienda, la gente recupera esa molesta manía de mirar las facturas y ver cuánto les cobran que parecía haber olvidado en agosto y, sobre todo, regresan las encuestas, la maldición del gobernante moderno.

Esta misma semana, el Gobierno de Pedro Sánchez debe pasar la prueba de aprobar seis de los decretos leyes que tanto han dado que hablar este verano a los miles de juristas y expertos en derecho constitucional que habitan en España. El maratón es mas espectacular que exigente, especialmente para unos medios tan dados a contar la política como si fuera la Liga. Pasará la prueba sin problemas porque a ninguno de los apoyos que le permitieron a Sánchez ganar la censura le interesa desmarcarse de exhumar a Franco, devolver la sanidad universal, ayudar a las mujeres victimas de violencia machista o a los parados. Sacar adelante los presupuestos ya será un desafío más severo, aunque, como ya demostró Mariano Rajoy, nada hay que no pueda arreglarse con dinero.

Contrariamente a lo que tantos afirman, no creo que su innegable debilidad parlamentaria o la delicada situación en Catalunya constituyan los mayores desafíos de este ejecutivo. En realidad, Sánchez gobierna con sus 84 diputados y los 67 de Podemos, tan interesado como los socialistas en que la experiencia salga bien. Los esfuerzos de Ciudadanos y Carles Puigdemont para mantener en máximos la tensión en Catalunya, antes o después, acabaran agotando a sus más leales seguidores. Para muestra, ahí tienen al mismísimo Partido Popular, sometido por la mismísima Inés Arrimadas al juicio de Dios sobre su pureza constitucional.

El mayor reto para este gobierno reside en mantener su coherencia y no defraudar las razonables expectativas que la mayoría que lo apoya ha depositado en él. Esa mayoría pide que la izquierda demuestre que es capaz de entenderse porque saben que, si mañana hay elecciones y las ganan, PP y Cs tardarían minutos en ponerse de acuerdo. Pide que se detenga y se empiece a revertir el asalto al Estado del bienestar perpetrado con la coartada de la crisis y que se empiece a un poco la recuperación. Pide que se acaba el ambiente de represión y censura que se ha ido instalando en nuestra sociedad civil. Los españoles son gente razonable, no suelen pedir demasiado.

Para hacer “Real politik” ya teníamos a Rajoy. La peor sensación que deja el verano respecto al Gobierno, tras lo visto en política migratoria, Valle de los Caídos o lazos amarillos, es que parece demasiado dispuesto a decirle a todo el mundo lo que quiere oír en cada momento, que tiene algunos problemas para distinguir entre buscar el consenso y ponerse en el medio y cree que hacer política y vender un producto son lo mismo; y no, no lo son. El tiempo dirá.

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