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Víctimas y las izquierdas

No se trata de que una identidad particular se quede con el espacio del ser humano universal, excluyendo al resto, sino de que todas las personas ocupen ese espacio en igualdad de condiciones

El espacio político de las víctimas debidas a procesos sociales, como acciones políticas violentas, discriminación, explotación… es doble. Por un lado, las víctimas necesitan reparación. Una víctima necesita que socialmente se le reconozca la dignidad de su dolor y el derecho a algún tipo de reparación, tanto material como simbólica. Pero por otro lado, el problema del dolor sufrido se transforma con facilidad en un áurea de prestigio, hasta el punto de que si no se está de acuerdo políticamente con la víctima, parece que se está con los verdugos.

Este potencial simbólico de la víctima para acallar al que no está de acuerdo ha sido tan explotado por el PP con las víctimas del terrorismo etarra, que no de otro tipo de terror, que ha llevado a que recientemente la propia AVT se haya quejado de los excesos de Pablo Casado en su intento por apropiarse de este capital simbólico.

Pero no solo la derecha busca el capital simbólico de la víctima. También lo hace la izquierda. La complejidad de esta tensión podría estar en el desencuentro entre la izquierda económica y la izquierda cultural. La izquierda económica es la izquierda más clásica, preocupada por el universalismo y la justicia distributiva, de raíz ilustrada y marxista, que lucha contra la explotación. La izquierda cultural es la izquierda posmoderna y nihilista, crítica con la Ilustración y su universalismo, más preocupada por el reconocimiento de la diversidad de identidades como forma de luchar contra la opresión. El desencuentro entre las dos izquierdas no tendría por qué darse, pues ser de izquierdas es estar contra la explotación, la opresión y la exclusión.

La justicia distributiva se logra cambiando las reglas con las que se distribuyen los bienes, pero la justicia de las identidades es más compleja. A me pueden quitar uno de mis dos pisos para dárselo a alguien que no tiene, y ya hemos redistribuido. Pero como hombre, no me puedo transformar en mujer para saber qué siente cuando se sufren micromachismos, ni en miembro de un grupo racializado, para soportar por enésima vez algún estigma. Puedo hacer el esfuerzo de comprender y entender, pero nunca lo voy a experimentar, o me puedo basar en otras dimensiones de mi identidad que puedan sufrir opresión para acercarme, pero el Estado no puede quitar un poco de masculinidad y de “blanquitud” y distribuirla.

Lo que sí puede hacer el Estado es reconocer que los grupos que sufren opresión por su identidad merecen un especial reconocimiento, y por eso la Ley de Violencia de Género o las leyes contra los delitos de odio establecen tales diferencias. El problema es que una vez que el Estado establece tales diferencias, contribuye a perpetuarlas, por cosificarlas, y entre los oprimidos surgen grupos con capital social y cultural, que buscan rentabilizarlas. La mera expresión de esta posibilidad me pone en una gran debilidad simbólica, pues se entiende que es una crítica a todos los colectivos oprimidos, cuando simplemente señalo cómo operan las dinámicas sociales ante una intervención del Estado.

Estos réditos llevan a una devaluación del concepto de víctima, como cuando la Guardia Civil se declara víctima de delito de odio, sin haber sido un grupo oprimido. La cuestión estriba en que las intervenciones para reparar a quienes sufren la opresión no deben orientarse tanto cosificar las identidades particulares, en lo que parece que cae la izquierda identitaria, sino en que esas identidades dejen de estar estigmatizadas y oprimidas. En ese sentido la conexión con la Ilustración universalista sigue viva, no en el sentido de no reconocer las identidades particulares, como se entendió desde el imperialismo (o exterminarlas), sino que las personas que sufren la opresión puedan ocupar en igualdad de condiciones el espacio reservado para el macho cis hetero no racializado, sin discapacidad ni enfermedad. El reconocimiento de la diferencia no debe ser para cosificarla, sino para que dejemos de tratar a las personas oprimidas como personas a las que les falta algo. Así, universalismo y reconocimiento de la diversidad se transforman en un mismo proyecto político (hegeliano). No se trata de que una identidad particular se quede con el espacio del ser humano universal, excluyendo al resto, sino de que todas las personas ocupen ese espacio en igualdad de condiciones.

De cara a un proyecto de izquierda que pueda hacer frente al rearme que estamos viviendo de una derecha retrógrada, ambas izquierdas se pueden poner de acuerdo en torno a un proyecto redistributivo y de reconocimiento de identidades oprimidas, reconociendo a las víctimas de las opresiones patriarcales, heterosexistas, racistas, etc.., sin caer en el victimismo, y un reconocimiento de que la redistribución no puede hacerse en cuenta sin ser sensible a la identidad.

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