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En el Vietnam popular

La presidencia de Mariano Rajoy tapaba y pegaba más fracturas internas de las que parecía. El PP aparece hoy como un partido donde cada día se reconoce una grieta nueva

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Cospedal, Sáez de Santamaría y Rajoy en una foto de archivo en el Congreso

Cospedal, Sáez de Santamaría y Rajoy en una foto de archivo en el Congreso EFE

Había dos razones que podían explicar el ‘acelerón mariano’ que disparó la salida de Mariano Rajoy y la búsqueda de un nuevo liderazgo en el Partido Popular. La decisión de acelerar los tiempos, en vez de ralentizarlos como acostumbraba a ser su estrategia preferida, podía deberse bien a que Rajoy había detectado que el partido tenía muy claro quién debía tomar el relevo y lo sensato era ejecutarlo cuanto antes, o bien a haber constatado la imposibilidad de ordenar el proceso en un partido dividido y enfrentado, donde iba a haber pelea y de las buenas y lo mejor sería facilitar que se sustanciara en una contienda relámpago, no favorecer una interminable guerra de trincheras. La tradición de orden y jerarquía del PP inclinaba a apostar por la primera opción. Los hechos constatan que el segundo motivo puede andar bastante más cerca de la realidad.

Mariano Rajoy se fue rápido porque no lo vio claro. Núñez Feijóo no llegó ni a venir porque tampoco lo vio claro y no se lo pidieron lo suficiente. La conclusión resulta obvia: Quien quiera hacerse con los mandos de la nave popular debe tenerlo claro: va a tener que bajar al barro y abrirse paso hasta el puente de mando por cualquier medio necesario.

Mariano Rajoy no dirigió su sucesión porque no quiso y además no podía. Núñez Feijóo no renuncia para no faltar a la palabra dada a las gallegas y los gallegos. Quería aclamación para atreverse a dar el salto, pese al lastre de sus fotos con Marcial Dorado y el inconveniente de no ser diputado, pero no la hubo. Al contrario, el terreno empezó a llenarse de guerrilleros con nada que perder y mucho que ganar.

A pesar del enorme jalear mediático y el impresionante apoyo aéreo prometido por el aparato, el presidente gallego ha llegado a la conclusión de que ni unos y otros podían garantizarle el triunfo incontestable que reclamaba semejante despliegue de fuerza y recursos. Aquello podía convertirse en su Vietnam político y corría un riesgo más que probable de que su poderoso liderazgo acabara malherido, o incluso derrotado, en una imprevisible guerra de guerrillas en terreno minado y desconocido y donde hasta un kamikaze como el ex ministro Garcia Margallo tiene, desde ayer, sus opciones. Feijóo siempre ha sido hombre de paseos triunfales y desfiles de la victoria, no de emboscadas y comandos suicidas.

La presidencia de Mariano Rajoy tapaba y pegaba más fracturas internas de las que parecía. El PP aparece hoy como un partido donde cada día se reconoce una grieta nueva. A la división ya conocida entre ‘Los Sorayos’ instalados en el gobierno y ‘Los Cospedalos’ apalancados en el partido, se han ido sumando las quiebras territoriales entre agrupaciones que siempre han mandado y quieren seguir mandando, como Madrid y Valencia, y agrupaciones que reclaman su derecho a decidir al amparo de sus resultados o su regeneración, como las Castillas o Euskadi; entre viejos reservones que pretenden elegir líder al viejo estilo de mesa y negociación y jóvenes airados que reclaman su derecho a batirse en urna; o incluso entre un aparato que todavía cree poder controlar la voluntad de la militancia y una base que parece empezar a tomarle gusto a eso de votar lo que le parece y ejercer la democracia interna; aunque sea dentro de un orden.

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