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¡Viva Cai!

Juan Carlos Aragón andaba con la cuerda de la burla siempre dispuesta a soltarse contra las voces de mando. Era un hombre de una pureza que no se vende; un hombre que jamás aspiró a ser un propietario. Todo un ejemplo de vida y de muerte

El Gran Teatro Falla de la capital acogerá este sábado la capilla ardiente de Juan Carlos Aragón

Juan Carlos Aragón.

Hace algo más de veinte años que escapé de Madrid para venirme a vivir a Cádiz. No me arrepiento de haber dejado mi pueblo. En todo caso, si de algo me arrepiento es de no haber tomado la decisión mucho antes. La baja intensidad de los estímulos que ofrece la capital, cada vez más oficial, burocrática y turística, poco o nada tiene que ver conmigo.

Por contra, Cádiz resiste a la falsificación de sentimientos. El trato con sus gentes sucede a distancia corta, de balcón a balcón, y no hay risa ni momento que no se viva con total plenitud; como tampoco hay drama que no descargue su catarsis purificadora. Hace unos pocos de días −como dicen por aquí− fui testigo de ello.

Ocurrió en la despedida a Juan Carlos Aragón, donde hubo llantos al compás chirigotero y risas con el bocado triste del adiós. También hubo arte, mucho arte; el de las gentes de Cádiz que acompañaron el féretro pueblo adentro, donde le cantaron el Credo de los ateos, que es como decir el Credo carnavalero. No puedo reprimir unos lagrimones como garbanzos mientras escribo estas líneas y recuerdo la escena. "Capitán, va por ti, pisha".

Alguna vez nos cruzamos por el Barrio de la Viña, las mismas calles que Pericón paseó y que también paseó Salvochea. Cuando la geometría del azar nos aproximaba, nos saludábamos de barbilla, como si ambos perteneciéramos a la misma hermandad, la que trabaja en el taller de las palabras. Ese fue nuestro único trato. Mi eterna timidez impidió abordar al 'Capitán Veneno' para decirle que me conocía sus coplas de memoria y que tenía sus libros siempre a mano, en especial el de poemas que viene con un título tan bello como sugerente: La risa que me escondes.

Lo veía doblar la esquina con la voluntad del anonimato desplegada en su sombra. Era un trovador del pueblo que nunca se dejó cegar por las luces de la vanidad que alumbran el estercolero de la fama. Juan Carlos Aragón andaba con la cuerda de la burla siempre dispuesta a soltarse contra las voces de mando. Era un hombre de una pureza que no se vende; un hombre que jamás aspiró a ser un propietario. Todo un ejemplo de vida y de muerte.

Por todo ello, ahora que ha muerto sólo queda decir: ¡Viva Juan Carlos Aragón y viva la Tierra que lo parió! Para qué más.

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