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Votos o plomo

Plantear que las razones de los Estados para apoyar a cada bando de la crisis venezolana tienen que ver con la emancipación, la libertad o la democracia, genera demasiadas contradicciones en ambos lados

Manifestantes en Washington respaldan a Maduro y critican a Trump

Varias personas sostienen pancartas y banderas venezolanas durante una manifestación de venezolanos convocada por el colectivo Voluntad Popular en la plaza Simón Bolívar, en Washington (EE.UU.) EFE

En la entrevista de Évole a Maduro hay un momento en que Maduro no responde bien y que Évole no repregunta; la respuesta adecuada posiblemente sea la clave para entender lo que está pasando. Évole le pone en la tesitura de cómo alguien que se dice que está en el bloque de emancipación de los pueblos puede tener como aliados a Rusia, China o Turquía. Lo interesante es que esa pregunta también se la podemos hacer a los defensores de la democracia y la libertad, que tienen como aliados a regímenes medievales.

Plantear que las razones que están argumentando los Estados y muchos agentes políticos a favor o en contra de cada bando de la crisis venezolana tienen que ver con la emancipación, la libertad o la democracia, genera demasiadas contradicciones en cada bando. Es verdad que la situación económica en Venezuela es catastrófica, pero en parte es por el boicot que cesaría si triunfa el golpe de Estado, como ya vimos en su momento en Chile. La delincuencia alcanza cifras que parecen describir una guerra más que un problema de orden público, lo mismo que en otros países de la región. Se habla de represión política, pero no oímos hablar de los 150 líderes sociales y políticos asesinados en Colombia. La catástrofe humanitaria en Centroamérica produce un éxodo humano ante el que Trump más que insensible, se muestra cruel, tratando a los niños como delincuentes que separa de sus progenitores, sin importarle que mueran de frío (literalmente).

Si los argumentos empleados en la crisis de Venezuela no fuesen cínicos, si los grandes valores humanistas universales (y occidentales) no fuesen una vez más empleados en América Latina para derrocar gobiernos, asesinar, torturar o expoliar riquezas naturales, mientras que en esos mismos valores se pueden meter en un cajón en otras latitudes…

Los defensores de Maduro también tienen problemas para explicar cómo se puede nacionalizar y militarizar una economía hasta hundirla por completo, cambiar las reglas del juego democrático cuando no son favorables, o intimidar a los líderes de la oposición. En general, los gobiernos populares tienen mucho que aprender de los fallos del chavismo, pues no todo lo que va mal se puede atribuir a la conspiración internacional con la oligarquía nacional. Es más, no saber prepararse para dicha conspiración, sabiendo el historial que tiene la región, es cuando menos pecar de ingenuo.

Entonces, ¿qué se oculta bajo el cinismo de los derechos humanos universales? La hegemonía de Occidente. El problema de Venezuela ni siquiera es en sí mismo el volumen de petróleo que podría estar bajo el control de empresas occidentales, sino, como ha demostrado el chavismo, el uso que puede hacer de sus recursos naturales para sostener proyectos políticos en contra de EEUU. Lo que unifica a Venezuela con los países antipáticos a Occidente no es una cuestión de cómo esos Estados se vinculan con su ciudadanía, la democracia, la libertad, la emancipación… eso no es lo que está en juego. Lo que está en juego es que en el patio trasero de EEUU no puede haber proyectos políticos exitosos que no se plieguen a los intereses políticos y económicos de EEUU.

Ya lo vimos con Rusia, cuando el payaso borracho de Yeltsin gobernaba un país corrupto hasta la médula que se hundía económicamente como si estuviese en una guerra, con escaso respeto por los derechos humanos, lo más que hacía la prensa occidental era ridiculizarlo. Ahora que está gobernada por un equipo que cuestiona la hegemonía occidental, Putin es un supervillano.

Occidente vive con orgullo sus valores humanistas, de democracia y libertad, pero en el resto del mundo cuando oyen hablar de la Ilustración, ya saben que lo que les espera son bombardeos, golpes de Estado, desaparecidos, torturados… Igual que otras épocas la hegemonía internacional se ejercía en nombre de Dios, ahora se ejerce en nombre de los Derechos Humanos… En ambos casos, una coartada.

Apoyar la enésima injerencia de EEUU en su patio trasero puede salir muy caro, no para EEUU, mucho menos para la derecha española, pero sí para los venezolanos, que puedan morir en la violencia política que se puede desatar. Es posible que si todo va bien, según los planes imperiales, la clase media recupere su nivel de vida y sus viajes a Miami, pero no tengo tan claro que las clases populares dejen de pasar hambre, y tenga garantizado el derecho a la educación y a la salud, como consiguió Chaves. La presión internacional tenía que haberse dirigido en el sentido en que trabajaba Zapatero, de forzar un entendimiento que se resuelva con votos, no con tiros. Porque al final, en política hay que elegir: votos o plomo.

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