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El amor en los tiempos de cólera social

La infanta Cristina. / Efe

Miguel Roig

¿Es la monarquía parlamentaria o constitucional un oxímoron? Una respuesta posible puede estar en la carta que Cristina de Borbón y Grecia escribió de puño y letra al rey y que fue difundida el viernes por diversos medios. En la argumentación llaman la atención el hecho de que el título al que renuncia, el Ducado de Palma, asegura haberlo utilizado y valorarlo desde el plano sentimental: ‘…el título otorgado me llenó de satisfacción y lo serví con la máxima fidelidad y cariño. Hoy, todavía, Palma representa para mi marido y para mí, una referencia de fuertes e importantes recuerdos, que nuestros hijos comparten con nosotros’.

En la primera frase se hace referencia a uno de los vectores que nunca están ausentes en las comunicaciones de la Casa Real, la vocación de servicio pero, como se puede leer, esta se explicita no con hechos sino desde el afecto y en la siguiente oración, el significado del ducado queda circunscripto a la valoración familiar, un patrimonio simbólico que no tiene otro peso que el emocional.

Cuando el actual rey, Felipe VI, anuncio su compromiso con la periodista Letizia Ortiz en noviembre de 2003, el entonces príncipe de Asturias además de abundar en el compromiso de la pareja con España y la institución, antepuso un hecho al que dio la mayor importancia: el amor. A todos dejó claro ‘lo enamorado que estoy de Letizia’. Es de esperar, al menos en la convención, que la primera razón del vínculo en una pareja sea el amor; dando esto por descontado, lo usual es que en una escena como la mencionada el peso del discurso estuviera colocado en el significado institucional y no en el emocional. Pero entonces, la monarquía no había sido sacudida por los sucesos de Botsuana o el sumario del caso Nóos con su laberinto de correos electrónicos que degradaron el relato real en reality show. No hay más que recordar las carreras de Iñaki Urdangarin antes las cámaras o la espera de los medios de la presencia de la reina Sofía en las puertas del hospital donde el rey Juan Carlos estaba ingresado después del accidente africano.

En aquel tiempo aún la monarquía española gozaba del capital simbólico acumulado por el rey Juan Carlos en los acontecimientos del 23-F. El histórico comunicado de un minuto y veintiséis segundos que pronunció aquella noche para detener el golpe de Estado, sirvieron para consolidar su figura y justificar su rol vertebrador de la Transición en marcha. Su sucesor, Felipe VI, inició su andadura pública con una declaración de amor, su amor por Letizia Ortiz. Pero este relato, que llegaba desde el palacio de La Zarzuela era como un free sample, una muestra gratis que viene adherida a la portada de una revista del corazón y que en su día muchos estaban dispuestos a consumir. Ese vínculo ya no parece posible.

En su proclamación, hace casi un año, en el Congreso, Felipe VI aseguró que iba a ‘observar una conducta íntegra, honesta y transparente’. Revocar el título a su hermana parece un hecho dirigido en esa dirección. Pero también demuestra una clara muestra de cómo se entiende el amor en los tiempos de cólera social.

En mayo de 2011, en Pamplona, después de la entrega de los Premios Príncipe de Viana, los príncipes de Asturias se acercaron a saludar al público congregado alrededor del Palacio de Congresos. Felipe VI, entonces príncipe, rompió el protocolo y se enzarzó en una discusión con una joven licenciada en Derecho que le propuso convocar un referéndum sobre la república. La conversación fue zanjada por el actual monarca diciendo a la joven que ya había obtenido su minuto de gloria. ‘No era lo que quería’, respondió ella. ‘Pues lo has conseguido, porque esto no lleva a ningún sitio’, remató el rey. La joven en cuestión es Laura Pérez y hoy es el referente de Podemos en Navarra que posiblemente forme parte del nuevo Gobierno de esa comunidad.

A un año ya de mandato Felipe VI ha desplazado el amor por un relato que lo desvincule de la corrupción que también llegó a palacio. Sus muros han sido porosos al componente principal de la crisis y, aparentemente, a su redención a través de la transparencia y esta convertida en espectáculo.

Milton Friedman, premio Nobel y máximo pensador del neoliberalismo, deja entrever que la corrupción no es otra cosa que el intrusismo del Estado en la eficiencia del mercado a través de regulaciones. Desde esta perspectiva, la corrupción es la manera de poner coto a esas regulaciones.

Si desde el propio Friedman, el corazón –y la razón– del sistema, tenemos a la corrupción como impronta, la transparencia, sin duda, no puede ser otra cosa que entretenimiento. La mano del policía en el cuello de Rodrigo Rato o las manidas carreras de Iñaki Urdangarin delante de las cámaras. Relatos. Como cuando el entonces príncipe de Asturias hablaba de amor. Ahora sus relatos, en tiempos de agitación social, los escribe en el BOE. Pero no por ello ha salido del registro emocional. Lo que antes era amor ahora es cólera.

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