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Aznar no sabe si fundar un partido o hacer un Ironman

José María Aznar, expresidente del Gobierno de España

Isaac Rosa

A todos nos pasa, el típico calentón navideño: aún con la euforia de las fiestas, ves ante ti todo el año nuevo por delante y te planteas hacer algo grande, épico, histórico. A algunos les da por completar un Ironman (4 km nadando, 180 en bici y 42 corriendo), a otros por fundar un nuevo partido a la derecha de la derecha para restaurar la grandeza desperdiciada por tus sucesores y arreglar los desafíos nacionales (Cataluña, la crisis, esas cosillas).

Al expresidente Aznar le pega más lo del Ironman, pero a su alrededor le susurran: “Funda un nuevo partido, oh, fúndalo, te necesitamos”. Más de diez mil personas han firmado ya pidiéndole un paso al frente, mientras el runrún de aznaristas y antirajoyanos lo anima a que se tire de cabeza, que hay agua en la piscina: una desopilante encuesta le otorga ya medio centenar de diputados, así, con solo un rumorcillo, presuponiendo que el día que se plante en el registro de partidos reventará la demoscopia.

No sabemos si ha empezado ya las sesiones de natación y bicicleta para el Ironman; lo que sí sabemos es que tras dejar la presidencia honorífica del PP ha llenado su agenda de comparecencias en plan “Aznar ha vuelto”: este lunes con empresarios, el jueves con FAES presentando sus “Ideas para la sociedad española”.

Por ahora son solo bromas, el Ironman y el nuevo partido; pero si en algún momento diera el paso, sería coherente con su trayectoria última: el Ironman es la estación final de todo vigoréxico; y fundar un partido sería el broche de oro a la deriva política de Aznar: un gesto grandilocuente para cerrar con el mayor ridículo posible la descomposición de su legado político. Podemos tomarlo como la noticia tonta del año, nada más empezar enero. Pero reconozcamos que nos resulta verosímil viniendo de él.

Nos lo imaginamos en plan: “No sé, no sé… ¿Ironman o nuevo partido? ¿Nuevo partido o Ironman? ¿Por qué elegir? ¡Los dos a la vez!”. Tras salir de Moncloa, Aznar sustituyó la borrachera del poder por la excitación de los negocios y la euforia de la práctica deportiva. De éxito en éxito, acrecentando patrimonio familiar y definiendo abdominales, su sistema nervioso ha acabado dopado de endorfinas. No oye las risas alrededor, y cuando le llegan las toma por ladridos de rencor. Encima, vuelve de sus series de velocidad matutinas y se desayuna con una encuesta que le da cincuenta diputados. Así hasta yo me lanzaría a liderar la derecha.

Que Aznar viva en la euforia permanente es comprensible. Que lo hagan también los aznaristas es más sorprendente. Que a su alrededor haya quien le anime a aventuras políticas a estas alturas, es de una comicidad siniestra: cuando tu vicepresidente económico está en el banquillo junto a tu banquero favorito, tus exministros declaran como testigos en Gürtel, tu extesorero airea cuentas en B, tu exministro de Defensa se burla de las víctimas del Yak-42, tu mujer malvendió viviendas sociales a fondos buitres, el álbum de boda de tu hija parece una colección de fichas policiales, tu política económica provocó una burbuja, tu política financiera hundió las cajas al primer soplido de la crisis, tu política de infraestructuras dejó sobrecostes enormes y autopistas rescatadas, tu época está marcada por la corrupción generalizada…, cuando queda tan poco en pie de tu legado político, es una idea genial proponerte como Campeador que reconquistará para la derecha el terreno perdido y resolverá las encrucijadas del país.

No sé, José María, yo veo más lo del Ironman. Mira, te paso un plan de entrenamiento. Ánimo.

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