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La banda del nasciturus

Digan lo que digan todas las leyes del mundo, la maldita de Extranjería es misericordiosa en comparación con la de vuestra mano.

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Vi en la tele a varios tíos de espaldas, con casco y con las patas abiertas, al borde del mar. Miraban, impávidos, cómo braceaban en el agua, casi en la misma orilla, unas personas exhaustas, moribundas. Que los del casco son asesinos lo tendrá que decidir un juez. Como tantas tragedias evidentes. Porque hay que conseguir llevaros ante un juez. 

Un juez más, en esta vida nuestra convertida en querella, en este Estado nuestro convertido en un permanente tribunal. Lo que ya sabemos es que no sois buenas personas. Que sois malos. Eso no nos lo tiene que decir ningún juez. Lo vi yo misma. Por la tele, sí. Como tantas otras cosas. Tantas cosas que parece que no son, solo porque a través de una pantalla aparentan irrealidad.

Esa imagen, un mar gris de fondo donde se movían apenas unas manchas negras, un mar gris recortado por las siluetas de esos hombres de espaldas. Me recordó la carpeta de un disco. Alguna de esas fotos inquietantes de las carátulas. Imágenes ficticias. Me puse a llorar viendo las de la tele. Buenista. Decidlo como un insulto. Malistas.

Tíos con casco y las patas abiertas que no mojan sus malvadas botas para socorrer a alguien que boquea desesperado. ¿Qué veíais ante vosotros, guardianes del mal? En aquellas imágenes de la tele no se apreciaban los ojos suplicantes, los hombros desencajados, la crispación de los dedos. Pero a un metro de vuestra maldita mirada, sí: estaban esos ojos, esas lenguas, los lamentos de su desagracia, los sonidos del ahogamiento.

No hay asco suficiente para el que provocáis. Digan lo que digan todas las leyes del mundo, la maldita de Extranjería es misericordiosa en comparación con la de vuestra mano. Diga lo que diga vuestro maldito jefe, Arsenio Fernández de Mesa, director de la Guardia Civil. Con su pelo tan repeinado. Su pelo tan distinto a la maraña de horror de los cadáveres que hay sobre su mesa. Arsenio el mentiroso. El que aseguró que no había habido disparos. El que llama disuasoria a la violencia. El que llama agresivo al que agoniza. Maldito repeinado.

No hay asco suficiente. Diga lo que diga el maldito ministro del Interior, Jorge Fernández Díaz, responsable último de esta desdicha. El ministro meapilas, el ultracatólico que no conoce la compasión. Ojalá, como crees, te vea Dios. Ojalá te castigue, como debieras temer. Así se salve tu alma: como lo que los tuyos llaman salvamento. Tu alma en un mar de oscuridad interior. Vendrás el jueves, maldito ministro, a decir más mentiras que laven tu culpa.

Quiero saber qué dice tu corazón cristiano sobre esos tíos con las patas abiertas en la playa, condenando a la muerte a sus hermanos. ¿O los negros, los pobres, no lo son? ¿Son o no son los miserables hermanos vuestros, guardias de la vileza?

Quiero que respondáis. Quiero saber qué dirían vuestras madres si hubierais sido vosotros los que lloraban en el agua. Quisiera más: saber qué han sentido vuestras madres al ver esa postura, esa inmovilidad, el ángulo abierto de vuestras patas. 

Acaso os defiendan, como madres, pero, en lo más profundo de su ser (quizás una profundidad más honda que la orilla del mar de vuestro crimen), se sentirán avergonzadas. Qué tristeza sentimos. Qué rabia. Podéis reíros de nuestra impotencia, malvados. Sonreíd como una infanta en Palma. Soltad a vuestros sicarios en Madrid. Abridle la cabeza a un jubilado en Valladolid. Decid España, España. Decid que amáis España, como esa ridícula Cospedal. Llamadnos demagogos. Detenednos. Obligadnos a arrodillarnos en la acera.

Ponednos contra la pared en Malasaña. Soltad a vuestros esbirros. Sicarios. Fascistas. Asesinos. Si lo concluye un juez, claro, claro. Un juez más. Un juez contra la banda del nasciturus.

Hipócritas lamesotanas, que condenáis a las mujeres por interrumpir su embarazo mientras observáis impávidos cómo alguien se ahoga a vuestro lado. Un negro. Un desheredado. Uno al que Javier Hurtado, el de Nuevas Generaciones, mandaría a la ducha, si no hubiera muerto ahogado. A saber qué ducha. Qué asco. Qué nauseabunda realidad, a este y al otro lado de la pantalla. Sois violentos. Sembráis el terror, banda del nasciturus. Y sonreís como una infanta falsaria.

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