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Un poco de contención y un toque de humildad

Si todos, en lo dicho y en lo hecho, cuando vivía y ahora que se ha ido, hubiéramos practicado un poco más la contención que tanto defendía el propio Rubalcaba, a lo mejor nos iría bastante mejor como sociedad y como país

Se puede hacer política y competir por el poder sin necesidad de desperdiciar tantas horas de tu vida en odiar y maldecir a quien no piense como tú. Lo más importante en la vida, también en la política, es saber parar

Rubalcaba rechaza oferta de Sánchez de ser candidato a la alcaldía de Madrid

EFE

Pocos momentos resumirán de manera tan ajustada los usos y manera de la política en España como la despedida a Alfredo Pérez Rubalcaba: tan hiperbólicos en el halago como en la defenestración que ha sobrado gente que, más que acompañar a la familia, parecía competir con ella. Si todos, en lo dicho y en lo hecho, cuando vivía y ahora que se ha ido, hubiéramos practicado un poco más la contención que tanto defendía el propio Rubalcaba, a lo mejor nos iría bastante mejor como sociedad y como país. De entrada, más de uno se habría ahorrado tener que demostrar, otra vez, la perfecta elasticidad de su cinismo.

Se puede hacer política y competir por el poder sin necesidad de desperdiciar tantas horas de tu vida en odiar y maldecir a quien no piense como tú. Lo más importante en la vida, también en la política, es saber parar. Rubalcaba sabía dónde y cuándo parar. Esa es, al fin y al cabo, la esencia de lo que muchos llaman pomposamente "sentido de Estado"; seguramente porque no sabrían reconocerlo si se lo encuentran por la calle. Saber que hay principios que no se traicionan, cosas que no se hacen e instituciones que no se arriesgan porque son más importantes que tú. Tener claro, en definitiva, que la política no es como un cerdo, no se aprovecha todo.

Conocía y trataba a Pérez Rubalcaba desde hace más de veinticinco años de afecto mutuo. Le analicé como comentarista, negocié con él como político y gobernante y compartí con él unos cuantos debates, charlas y cenas; incluso tuvo la generosidad de, crítica incluida, presentarme Piratas de lo Público en la sede de Ferraz siendo secretario general de los socialistas. Siempre me pareció la prueba andante de que, como sostenía Immanuel Kant, la inteligencia de un individuo se mide por la cantidad de incertidumbres que es capaz de soportar.

He discrepado tanto con él que he perdido la cuenta, igual que de las veces que he estado de acuerdo. Siempre me llamó la atención la humildad con la que compartía su extraordinaria inteligencia en un país donde no abundan, precisamente, ninguna de ambas virtudes. Aunque a mí me había ganado mucho antes de conocerle. Siendo ministro portavoz del gobierno de Felipe González, para explicar cómo era la política en España, tuvo la clarividencia y la cultura de citar, en una rueda de prensa en Moncloa, la obra maestra de mi amigo y hermano Antonio Blanco –Joder Toñito, qué pronto empezaste a darnos disgustos-: La Matanza caníbal de los garrulos lisérgicos. Desde aquel día, siempre ha tenido y tendrá mi respeto.     

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