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La cosa se pone difícil

Sánchez accedió a la presidencia con el objetivo de permanecer en La Moncloa el máximo tiempo posible, incluso hasta la segunda mitad de 2020

Pero a la vuelta del verano, en poco más de diez días, han ocurrido demasiadas cosas como para pensar que ese objetivo se vaya a alcanzar sin más

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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez EFE

Aunque a veces parezca que no, todo lo que está ocurriendo en la escena política española tiene casi exclusivamente un sentido electoral. Los partidos actúan, o gesticulan, únicamente mirando a los sondeos, a los suyos o a los de sus rivales. Los supuestos entendimientos a los que llegaron el jueves Pedro Sánchez y Pablo Iglesias en La Moncloa, también. No hay que alarmarse ni criticarlo desde ópticas ajenas a la política. Es lo que hay y parece que no puede haber otra cosa.

Sánchez accedió a la presidencia del Gobierno con el objetivo de permanecer en el mismo el máximo tiempo posible, incluso hasta la segunda mitad de 2020. Porque cuanto más tiempo estuviera en el poder, mayores serían las posibilidades electorales del PSOE. Pero a la vuelta del verano, en poco más de diez días, han ocurrido demasiadas cosas como para pensar que ese objetivo se vaya a alcanzar sin más. Por el contrario, parece cada vez más difícil.

Para empezar, están en el aire los presupuestos que el PSOE quiere aprobar para confirmar que la coalición que le llevó a ganar la moción de censura sigue en pie y que el Gobierno socialista es estable. Y no porque esa alianza para echar a Mariano Rajoy se haya roto, sino porque la derecha ha hecho algo que era perfectamente previsible y lógico: utilizar la fuerza política de la que aún dispone para hacer la vida imposible a Sánchez.

Asombrando a los incautos, pero no a los que están mínimamente en el ajo, la mesa del Congreso controlada por el PP y Ciudadanos ha impedido que se reforme el trámite de urgencia de la ley de Estabilidad Presupuestaria. Con lo cual el Senado, que el PP domina, podrá bloquear el presupuesto que aprueben los socialistas y sus aliados. Llama la atención que casi nadie advirtiera que eso pudiera ocurrir hasta que ha sido un hecho. También debería hacer reflexionar a más de un periodista.

El presupuesto de Pedro Sánchez no está del todo perdido –los expertos dicen que todavía existe alguna posibilidad de encontrar otra vía para soslayar el veto del Senado- pero hay muchas posibilidades de que no llegue a buen puerto y el presidente del Gobierno se vea obligado a prorrogar las cuentas de Mariano Rajoy.

No son pocos los que dicen, sin pensárselo mucho, que eso obligaría al líder del PSOE a convocar elecciones. No es exacto. Podría perfectamente gobernar con el presupuesto de su predecesor. El problema no es técnico, sino político. Porque ese traspié, por muy relativo que fuera, reforzaría la imagen de que Sánchez no es capaz de rematar las iniciativas políticas que emprende. Su fracaso en la conquista de la presidencia del Gobierno en 2016 y su expulsión de la dirección del PSOE en 2017 son muy malos antecedentes en ese sentido.

Y en el caso presente vendría a confirmar que carece de un plan de acción consistente para alcanzar la meta principal que se ha fijado, la de gobernar hasta 2020 para poder ganar después las generales. Los propósitos encomiables y las buenas maneras no bastan para hacer política. Es preciso también conocer a fondo y al detalle todos los obstáculos que se pueden encontrar en el camino y haber estudiado previamente la manera de sortearlos. Y los hechos de esta semana pasada han hecho surgir dudas de que la premura con que se han desarrollado los acontecimientos en los últimos meses haya dado tiempo al PSOE de completar esas tareas.

La incertidumbre sobre el futuro del presupuesto da otra dimensión, menos gloriosa, a la reunión de Pedro Sánchez y Pablo Iglesias. Sin unas nuevas cuentas públicas, los acuerdos a que ambos han llegado pueden quedarse como un elenco de buenas intenciones. Sin olvidar, por cierto, que los entendimientos en firme son muy pocos y no precisamente trascendentales, habiendo quedado las cuestiones más importantes, y particularmente todo lo relativo a una reforma impositiva y del mercado de trabajo, pendientes de posteriores negociaciones que podrían perfectamente terminar mal.

Sin embargo, el positivo impacto de imagen que ha tenido la cumbre entre las dos izquierdas es innegable. PSOE y Podemos han transmitido sin matices la idea de que van juntos, de que sintonizan con sus respectivos electorados, que mayoritariamente piden un entendimiento entre las dos izquierdas y, sobre todo, de que no están solos en la escena política. Ni el uno ni el otro. Es un dato nuevo de la política española. Esperemos que dure.

Por el momento es, además, un activo del que carece la derecha. Porque el PP y Ciudadanos están en guerra abierta y su enfrentamiento no concluirá hasta que se le celebren las generales. En medio estarán las municipales y autonómicas en las que también irán a cara de perro. Y no digamos en las andaluzas que se avecinan y en las que el partido de Albert Rivera espera batir al de Pablo Casado como prólogo de su predominio en la derecha que los demás comicios deberían confirmar.

Y el PP parece cada vez menos en condiciones de impedirlo. Sobre todo porque sigue en crisis interna. El desplante de Soraya Saénz de Santamaría y la increíble desavenencia entre Ana Pastor y su líder en torno a la invitación a Quim Torra al Congreso indican que la tensión sigue siendo fuerte y más de un exponente del PP aventura en privado que Casado no será el cabeza de lista en las generales.

Pero la guerra en la derecha es un dato menor comparado con el problema catalán. Que todo indica que, al menos medio plazo, va a estar centrado en el juicio a los dirigentes independentistas del 1-O. No hay espacio para otras cuestiones, que tendrán que esperar a que éste se celebre. Entre ellas la lucha por la primacía electoral en el espacio independentista, pero también la presión por el referéndum: hasta que no se conozca la sentencia, Pedro Sánchez no va a tener dificultades insuperables para lidiar con el gobierno catalán y hasta es posible que llegue a acuerdos en el Congreso con el PdCat y Esquerra sobre cuestiones puntuales.

El problema del líder socialista en este frente estará en cómo mantener alta la bandera de la ortodoxia constitucional sin que el españolismo desenfrenado de Albert Rivera se la arranque del todo. Esperemos que no se ponga nervioso y sepa mantener el temple amable que ha mostrado hasta el momento.

Está claro que la cosa se le ha complicado mucho al presidente del Gobierno. La economía no le va a ayudar. No porque se vaya a venir abajo, ni mucho menos: el crecimiento va a seguir estando por encima del 2,5 % durante tiempo a menos que estalle una crisis financiera internacional. Sino porque el empeoramiento, hasta ahora mínimo, de algunos datos macroeconómicos va a dar pábulo a las peores acusaciones de la derecha. Esperemos que el Gobierno no contribuya a empeorar las cosas con iniciativas, indudablemente poco reflexionadas, como la negativa a vender bombas a Arabia Saudí. De la que seguramente va a tener que echarse para atrás a menos que quiera dañar las posibilidades electorales de Susana Díaz en Andalucía.

La cosa se ha puesto difícil. Pero llegar a 2020 sigue siendo posible. Si se hacen las cosas bien. Y se piensa en alguna otra cosa que no sea la imagen.

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