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Las derrotas son imposibles de ocultar

Lo malo, lo que confunde, es que los perdedores del 28 de abril y del 26 de mayo estén haciendo todo lo que pueden para ocultar esas derrotas

Albert Rivera era el líder que podía salvar a España, decían sus eslóganes. Más adelante todos sus planteamientos terminaron confundiéndose con los del PP

El partido de Pablo Iglesias, siguiendo el viejo lema del Athletic de Bilbao, ha decidido que la mejor defensa es el ataque

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Sánchez se reúne con Iglesias para explorar posibilidades de entendimiento

Sánchez se reúne con Iglesias para explorar posibilidades de entendimiento EFE

Las negociaciones para repartir el poder entre varios partidos no son fáciles, tienen sus idas y venidas y hasta prácticamente el último minuto no se alcanzan acuerdos. Ha ocurrido siempre. Eso es lo que está pasando ahora en España. Pero digan lo que digan unos y otros, el proceso avanza. Y es prácticamente seguro que habrá pactos para formar el gobierno central y los autonómicos y municipales. El PSOE y el PP se llevarán la mejor parte. Porque con todos los matices que se quieran, las urnas les fueron menos desfavorables que a los demás. Lo malo, lo que confunde, es que los perdedores del 28 de abril y del 26 de mayo estén haciendo todo lo que pueden para ocultar esas derrotas.

Ciudadanos es el ejemplo más claro. El partido de Albert Rivera quedó 9 escaños por debajo del de Pablo Casado en las generales. Y la diferencia entre ambos fue aún mayor en las municipales y autonómicas. Rivera perdió incluso en Madrid, en donde muchas encuestas le auguraban un sorpaso prácticamente seguro. El conjunto de esos resultados constituye un fracaso sin paliativos. Porque desde hace más de año y medio Ciudadanos ha empeñado todo, desde su programa a su acción política, pasando a veces hasta por su dignidad, como cuando defendió a Mariano Rajoy frente a la moción de censura por la corrupción, para alcanzar un objetivo que se le ha escapado. Y que seguramente nunca volverá a tener a su alcance.

Al principio pretendía ser un partido de centro, colocándose entre el PSOE y el PP para arañar votos a uno y a otro en nombre de una modernidad política y de una pulcritud democrática que según Ciudadanos ambos habían perdido. Y avanzó por ese camino, sin resultados espectaculares pero sí alentadores. Hasta que un buen día Albert Rivera decidió que había que coger un atajo. Que el PP se encaminaba hacia el desastre y que había que aprovechar su debilidad creciente y luego su crisis abierta para dar el gran salto hacia delante. Siendo más de derechas que el partido que fundó Fraga Iribarne.

El radicalismo centralista frente al independentismo catalán fue su primera bandera en ese camino. Albert Rivera era el líder que podía salvar a España, decían sus eslóganes. Más adelante todos sus planteamientos y, sobre todo, su estilo, terminaron confundiéndose con los del PP.

Pero ni por esas. Casado era un líder débil y no precisamente brillante. Pero tenía a su favor dos cosas de las que Rivera carecía. Una organización capilarmente repartida por todo el territorio y ajena a los vaivenes de la dirección central. Y una relación estrecha, basada en la experiencia de décadas y en la confianza entre las personas que esta genera, con los poderes fácticos, con la banca, las grandes empresas, los constructores, la jerarquía católica y su gran red de influencia social y con los cuerpos de élite de la administración. Rivera trató de penetrar en esos ambientes. Parece ser incluso que algunos bancos patrocinaron a Ciudadanos en sus comienzos.

Pero se quedó a medio camino. Y que esos poderes fácticos terminaron por preferir lo malo conocido que la incógnita de futuro que suponían Albert Rivera y los suyos, a los que en esos medios no conocían sino de vista y que podían tener la tentación de cambiar o romper, en nombre, por ejemplo, de la modernidad, los acuerdos tácitos que los poderosos habían alcanzado con Aznar y con Rajoy y con los que no estaban dispuestos a jugar. Casado, aunque nadie lo diría, ganó esa partida crucial. Y esos poderes se encargaron de que la prensa lo transmitiera a la opinión pública de derechas de la manera más conveniente.

Ahora Rivera tiene ante sí un papelón. Cambiar de registro e irse hacia el centro, con la vista puesta en un entendimiento con el PSOE dentro de dos años, que ahora es impensable, le puede costar el cargo. Porque a no ser que tenga genialidades ocultas, y no parece que las tenga, esos giros estratégicos tan radicales sólo se pueden hacer tras un cambio de liderazgo. Y seguir en las mismas, ser más derecha que el PP cada día y cada hora, puede terminar siendo un despropósito. Y paradójicamente reforzar a Casado, abriéndole la posibilidad de aparecer como el moderado.

Para tratar de ocultar la fatídica perspectiva de su inanidad política, Ciudadanos se hace ahora el importante y pone condiciones para pactar. En Madrid y en otros sitios. Haciéndose el estrecho con Vox, al tiempo que rechaza cualquier posibilidad de entendimiento con el PSOE. Es decir, no haciendo nada productivo. Ese juego sólo le puede durar días. Terminará cediendo sus escaños para que gobierne la derecha, es decir, el PP, allí donde haga falta. Y con Vox cuando sea preciso. Por algo ya ha acordado con ellos la mesa de la Asamblea de Madrid. No tiene otra salida. Y más de uno de los suyos le estará diciendo a Rivera que, por lo menos, amarre el poder que les ha tocado en suerte.

El caso del partido de Santiago Abascal es algo distinto. También se está haciendo el duro y el imprescindible, también tiene que ocultar como pueda que no le ha ido bien en las elecciones generales -o cuando menos mucho peor de lo que esperaba- y que le ha ido mal en las municipales y autonómicas. Pero cuenta con un activo de partida en las negociaciones. El de que el PP, que sueña con recuperar parte o mucho de lo que en abril y mayo se ha ido a Vox, está dispuesto a pactar con ellos, incluso a cederle cargos. Y eso es lo importante. Con ese capital de su lado, las estrecheces de Ciudadanos sólo contribuyen a mejorar la imagen de Vox y de los suyos en la derecha. Por lo de que les están tratando "injustamente".

También Unidas Podemos perdió bastante poder en las generales y mucho en las municipales y autonómicas. Su reflexión interna sobre los motivos de esa caída no ha sido para nada convincente. Porque el partido de Pablo Iglesias, siguiendo el viejo lema del Athletic de Bilbao, ha decidido que la mejor defensa es el ataque. Y en lugar de proceder a la autocrítica en las últimas semanas se ha dedicado a exigir al PSOE un gobierno de coalición como condición inexcusable para votar la investidura de Pedro Sánchez. En los últimos días ha ablandado su posición y un acuerdo con el PSOE sin coalición parece ya más posible. Puede que en ello también haya influido que Alberto Garzón, el líder de Izquierda Unida, hubiera transmitido su renuencia, incluso su oposición, a que Unidas Podemos provocara una repetición de elecciones si sus condiciones no fueran aceptadas.

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