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¿Desafección? ¿Quién ha dejado de querer a quién?

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El rechazo a la clase política ha estado presente en todas las manifestaciones. Foto: Efe

El rechazo a la clase política ha estado presente en todas las manifestaciones. Foto: Efe

 

‘Desafección’ es la forma suave –y un tanto cursi- de referirse estos días al creciente rechazo de los ciudadanos hacia la llamada “clase política”. Algunos tratan de sacudirse el problema y despejan el tiro por elevación: no hablan de “desafección hacia los políticos”, sino “desafección hacia la política”, lo que es falso, pues pocas veces ha habido tantos ciudadanos politizados como hoy.

La desafección nos la están contando los propios dirigentes (y sus afines mediáticos) en términos sentimentales, propios de relación amorosa que entra en crisis: ‘desafecto’, ‘desapego’ (ya no me quieres como antes), ‘distanciamiento’ (te has alejado de mí, te noto distante), o directamente ‘ruptura’, ‘separación’ y ‘divorcio’.

Y en esos mismos términos sentimentales se entienden las respuestas que los malqueridos dirigentes políticos nos ofrecen estos días; respuestas propias del marido que llega a casa y se encuentra la maleta en la puerta tras años de matrimonio.

La primera respuesta, como un resorte, es la de “no todos los políticos son iguales”, que es aquello de “yo no soy como los demás”. En algunos casos el dirigente político que se autoexcluye añade el ataque al rival: la culpa de la desafección es del PP, dicen desde el PSOE. La culpa de la desafección es del PSOE, replican desde el PP. Se nota que han entendido el mensaje.

Tras el “no todos somos iguales”, viene la reacción típica del abandonado: “has conocido a otro, ¿verdad?”. No entiende que podamos dejar de quererle si no es porque hay otro candidato a ocupar nuestro corazón, y empiezan a buscar a los posibles beneficiarios del desprestigio de los grandes partidos; lo que lleva al primer reproche, típico de toda ruptura: “No encontrarás a nadie que te quiera como yo”, “ten cuidado, te harán daño”.

Es decir: si cunde el desprestigio hacia estos políticos, la alternativa es el populismo, la demagogia, los enemigos de la democracia y otros males mayores a cuyos brazos los casquivanos ciudadanos nos arrojaremos en cuanto rompamos con esta clase política, porque somos así de bobos y no se nos puede dejar solos. Y añaden, con los ojos brillantes: “No podrás vivir sin mí”, es decir, que la democracia sin políticos (sin estos políticos) no es democracia, y la alternativa es el caos.

Una vez encajado el golpe, llega el patetismo habitual en las separaciones: el político abandonado se agarra a la maleta y suplica para que no nos vayamos. Ofrece reconciliación (“tenemos que arreglar lo nuestro, todavía estamos a tiempo”, “démonos otra oportunidad”), asume que el de la desafección es un problema grave y lo sitúa en el centro del debate, de paso haciendo cortina durante un ratito sobre otros problemas mayores.

Y después promete lo de siempre: regeneración. “Prometo cambiar”, suele ser la última palabra del abandonado antes de recibir el portazo en las narices. Estos días oímos a algunos dirigentes que prometen cambiar, que reconocen que quizás no nos han dado el cariño que merecíamos, pero están dispuestos a cambiar, a ser mejores. La vicepresidenta del Gobierno incluso ha encargado un plan para la “regeneración de la democracia” a un grupo de expertos del Centro de Estudios Políticos y Constitucionales; y cualquier día nos sorprenden con un observatorio o un comité de sabios.

¿Cómo es posible que hayamos dejado de quererlos?, se preguntan luego en la barra del bar, cuando ven que tampoco nos creemos sus promesas de regeneración. ¡Que hayamos dejado de quererlos! ¡A ellos, que se han desvivido por nosotros! ¡Ellos que tanto nos han dado! Y a la tercera copa contarán al camarero que somos unos desagradecidos, que cuando nos conocieron no éramos nadie, unos muertos de hambre, y que ellos nos han dado todo lo que tenemos, crecimiento, desarrollo, pensiones, autovías, trenes veloces, aeropuertos, vacaciones en el extranjero, centros comerciales, televisiones, ciudadanía europea, éxitos futbolísticos, y por supuesto democracia, que cuando nos conocieron éramos unos palurdos acostumbrados a la mano dura, y mira ahora, exigiendo más democracia, y exigiéndosela a ellos, ¡a ellos, que son la democracia, con mayúsculas: la Democracia!

Después, ya entre hipidos, entonarán el resentimiento: “todas son iguales”, todos los ciudadanos son iguales, el de la desafección es un problema habitual en sistemas democráticos, pasa en todos los países, la abstención crece en cada elección, la participación en política se reduce, y al final, cuando nadie quiere presentarse a las elecciones y ocupar cargos, ¿quién asume la responsabilidad? ¡Nosotros, la clase política!, gritarán dando un puñetazo en la barra, en el bar ya vacío donde el camarero barre las servilletas.

Yo, que ya estoy harto de que me lloren en el hombro, les pregunto: ¿desafección? ¿Quién ha dejado de querer a quién? ¿Somos los ciudadanos los que nos distanciamos y desconfiamos de los dirigentes políticos? ¿O es esa “clase política” (y disculpen las excepciones, que las hay), son esos políticos los que dejaron de querernos hace tiempo, los que se distanciaron de nosotros, los que prefirieron otras compañías? ¿No será que nos sentimos engañados después de aguantar tanto?

Sí, es cierto que no todos tenemos la misma capacidad de aguante, y en esto tampoco cabe generalizar. Si no todos los políticos son iguales, con más razón cabe decir que no todos los ciudadanos somos iguales. Los hay que han votado una y otra vez a corruptos reconocidos, y que volverían a hacerlo. Un 35% dice en las encuestas que volvería a votar al PP en la Comunidad Valenciana, lo que tras tanta corrupción, despilfarro y recortes indica que no todos queremos el divorcio, o que hay muchos que sí se creen el “dónde vas a ir tú sin mí”.

Pero insisto: ¿quién ha dejado de querer a quién? ¿A alguien puede sorprenderle el distanciamiento, la desconfianza, el rechazo, con una clase dirigente que, ahora con el PP y antes con el PSOE, nos ha dejado desprotegidos en la peor crisis de la historia reciente, ha puesto nuestras conquistas sociales a los pies de los caballos, está malvendiendo el Estado de Bienestar, nos ha sido infiel acostándose con el poder económico cada vez que éste le guiña un ojo, y ha anquilosado el sistema político impidiendo mayores desarrollos democráticos? ¿Quién siente desafección por quién?

Decía el 15-M: no somos antisistema, es el sistema el que es anti-nosotros. Pues muchos empiezan a pensar igual: no somos anti-clase política, ésta parece anti-nosotros.

Menos llorar en la barra, menos hacerse la víctima y menos buscar culpables externos o guaperas populistas que nos puedan robar el corazón. Claro que la desafección se explica con la crisis, pero decir eso es obviar lo principal: no es la crisis, sino la manera en que unos y otros han gestionado la crisis, la forma en que han construido un bienestar de cartón que vuela al primer soplido, y la manera en que ahora abandonan a su suerte a las víctimas.

Que tengan cuidado, que cada vez más ciudadanos, hartos de disgustos y de cuernos, pierden el miedo a vivir sin ellos y acaban pensando que para estar así, con quien no te quiere bien, casi mejor estar solos.


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