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¿Por qué es un desastre volver a votar?

La relación de fuerzas posible en estos momentos no es capaz de asumir y de reflejar el profundo cambio que en los últimos años se ha producido en la sociedad española

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No hay motivos para temer a una solución prevista en la Constitución española y en la de todos los países democráticos, si dados todos los pasos preceptivos no se consigue una mayoría suficiente para formar Gobierno, se convocan otras elecciones y ya está. Cosa bien distinta es que el análisis de las dinámicas políticas en curso lleve a la conclusión de que esos nuevos comicios repetirán la situación de partida. Esa es la perspectiva realmente inquietante. Porque equivale a confirmar que la relación de fuerzas posible en estos momentos no es capaz de asumir y de reflejar operativamente el profundo cambio político que en los últimos años se ha producido en la sociedad española. Y lo peor es que no existen indicios de que eso vaya a ocurrir en el horizonte temporal previsible.

El dato central de la realidad política española, lo es hoy y lo será tras las futuras elecciones, es el formidable declive de los dos partidos que no solo han dominado el sistema durante más de tres décadas, sino que han ido conformándolo en función de sus intereses partidarios. En conjunto, el PP y el PSOE han perdido más del 40% de la fuerza política que tenían a comienzos de esta década. Ninguno de los dos ha proporcionado hasta el momento el mínimo indicio de que saben que eso ha ocurrido. Por el contrario, toda su retórica política lo ignora absolutamente. Seguramente porque el golpe ha sido demasiado fuerte y aún no están preparados, ni política ni psicológicamente, para entonar un nuevo discurso, para asumir la nueva realidad.

Cualquier intento de mantener el estatus quo actual comportará tales dosis de inestabilidad que lo convertirán en una solución provisional y poco duradera

Es más, en estos dos meses interminables que empezaron el 20-D, toda la actuación política y mediática de los dirigentes populares y socialistas ha generado la sensación contundente de que para ellos nada ha cambiado en el panorama político español. Y que siguen creyendo que las viejas fórmulas y argucias del bipartidismo les servirán para salir airosos del problema, cada cual pensando además que conseguirán que el agua discurra a su favor y en contra del otro.

Esa incapacidad de asumir lo nuevo es la principal razón del bloqueo político que sufre España y que seguramente seguirá sufriendo aún durante bastante tiempo. Porque la contrapartida del gran declive del PP y del PSOE es el formidable ascenso de dos fuerzas nuevas, Podemos y Ciudadanos, que han surgido justamente del rechazo de una parte muy consistente de los partidos tradicionales por parte de sus respectivos electorados. Aunque con algunos matices, no precisamente trascendentales, la reacción de los dirigentes populares y socialistas a ese fenómeno extraordinario ha sido, en la práctica, la de ignorarlo, casi de negar su existencia. Dado el reparto de escaños que produjo el 20-D, y la que previsiblemente generarán las elecciones del 26 de junio, esa actitud imposibilita cualquier fórmula de gobierno viable.

Sólo un cambio de actitud del PP y del PSOE, que seguramente sólo será posible tras un relevo de sus dirigentes, puede abrir un nuevo camino. Porque tanto Ciudadanos como Podemos tienen muy claro que han entrado en la escena política para quedarse y que su futuro pasa por crecer a costa del Partido Popular y del socialista. Mientras estos últimos no asuman esa realidad tan incómoda, tan radicalmente opuesta a su manera de enfocar el quehacer político, la situación seguirá bloqueada. Similar reflexión vale en lo relativo a Cataluña. Una mayoría abrumadora de los ciudadanos de este territorio exige, con distintos grados de intensidad, una nueva actitud de la política española hacia sus demandas. Mientras ésta no exista, la crisis seguirá y crecerá.

La crónica de los dos meses que quedan hasta las nuevas elecciones estará llena de ocurrencias y actos mediáticos propios de una campaña electoral. Pero nada indica que vaya a producirse cambio sustancial alguno en el panorama. Porque no hay condiciones para ello y porque esas cosas no suelen ocurrir durante las campañas electorales.

La única incógnita de fuste reside en la hipótesis de que puedan estallar tormentas en las direcciones del PP y del PSOE. Pero el sentido común hace pensar que esas tensiones, en el caso de que se manifiesten, no van a ir a mayores en ninguno de los dos partidos. Por muchos que sean los dirigentes socialistas que crean que Pedro Sánchez ha hecho el ridículo con la gestión de su investidura, por muchos que sean los populares convencidos de que Rajoy es un tapón para las aspiraciones del partido, ninguno de ellos se va a atrever a romper la baraja a pocas semanas de las elecciones. Las respectivas tormentas, altamente posibles en ambos casos, quedarán para después del 26-J.

La repetición de las elecciones no es un desastre en sí mismo. Ni lo que ha ocurrido en estos dos meses es un fracaso de 'la clase política' como dicen algunos. (Primero, porque ese término corresponde a una etapa definitivamente acabada, la del bipartidismo: por mucha tirria que le tenga, cualquier persona cabal, aunque sea de derechas, no puede pensar que la gente de Podemos forme parte de la clase política. Segundo, porque el fracaso es de algunos, no de todos).

Lo que es un desastre es que Mariano Rajoy se siga considerando a sí mismo como el dueño del cotarro y mire a los demás por encima del hombro, y sobre todo a Ciudadanos. Y lo que es también un desastre es que Pedro Sánchez y la mayoría de los dirigentes del PSOE, por principios y por no pocos intereses, se sigan negando a reconocer a Podemos como un igual en el variopinto escenario de la izquierda. Mientras esas actitudes no cambien, y ese cambio no se exprese en una nueva manera de tratar a los adversarios políticos, cualquier avance es imposible.

La idea de una gran coalición está también lastrada por esas limitaciones de fondo. Antes del 26-J parece imposible. Aunque dependerá de los resultados, que pueden traer sorpresas, seguramente volverá a escena tras las futuras elecciones. La tormenta financiera y económica internacional que según todos los expertos se está fraguando, podría reforzar la idea de que esa salida es la más oportuna. Pero cualquier intento de mantener el estatus quo actual –y la gran coalición es, sobre todo, eso,- comportará tales dosis de inestabilidad que lo convertirán en una solución provisional y poco duradera. Porque en España se ha producido un cambio profundo del estado de la opinión pública. Y toca que todos los reconozcan.

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