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El discurso del rey y el jardín podrido

Reinar, ostentar la máxima jerarquía de una sociedad con tan gravísimos desajustes, con tan preocupante deriva antidemocrática, exige bastante más que palabras formales y huecas

Un Estado en el que un partido puede hacer impunemente lo que le venga en gana –apoyado por una mayoría parlamentaria que no lo avala todo–, no cojea de un solo pie

Cómo estaremos, que cumplir con la propia obligación, como Castro o Ruz, es una heroicidad rodeada de riesgos

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En unas pocas horas, el jefe del Estado español, Felipe VI, pronunciará su primer discurso navideño a toda la nación. Atendiendo a la experiencia de lo visto hasta ahora, apenas habrá un cambio cosmético respecto a su padre, Juan Carlos I. Para empezar, sería necesario explicación y posicionamiento –y no solo el protocolario 'respeto' a decisiones ajenas– sobre los propios líos familiares: hermana, cuñado y la abdicación de su predecesor, que no estaría de más aclarar. Desgraciadamente, hoy eso en España es democracia ficción. Y lo grave, para todos –también para el rey–, es que el momento que vivimos exige mucho más.

Sí, por primera vez en la historia se sienta en el banquillo un miembro de la Casa Real española. Pero es que estamos, probablemente, en una de las mayores crisis éticas de nuestra historia reciente. Esa podredumbre que nunca se limpió ha fermentado y hiede. Carlos Elordi detallaba aquí –alarmado como tantos otros– los pasos con los que Rajoy se está cargando la democracia, sin que nadie levante un dedo. Nadie con gran poder decisorio en este momento, se entiende. Y es muy significativo. Ningún país con raigambre democrática toleraría lo que está pasando en España. 

Y es que vamos de atropello en atropello. Dejemos sentado que la dimisión del fiscal general de cualquier Estado no se salda con un “motivos personales”, cuando sabemos sobradamente que ha habido personas forzando esos motivos. En los EE UU de Nixon fue algo similar lo que precipitó la dimisión del presidente, que se resistía repartiendo destituciones. Pero la letanía sigue con muy serias críticas de Tribunales de Justicia sobre más injerencias del Gobierno, del poder político, en su acción. Ya ha avanzado un portavoz del PP la insinuación de que el Supremo rebajará una eventual pena a la infanta.  

Y la estupefacción de los demócratas sigue, viendo cómo el PP se quita de encima a Ruz porque tampoco les gusta ese juez (y ya van unos cuantos), o a la cúpula policial (defenestradas varias también) porque ni una deja de cumplir su obligación e investiga la corrupción donde al PP no le conviene. Claro que hay resquicios legales para obrar así, pero es tan evidente la intención que ya no sirve eufemismo alguno. En este contexto la valentía del juez Castro, sometido a intensas presiones, resulta doblemente ejemplar. Cómo estaremos, que cumplir con la propia obligación, como Castro o Ruz, es una heroicidad rodeada de riesgos.

Con absoluta arrogancia, el PP aún se permite ofender todavía más nombrando a un bocazas ultra de portavoz parlamentario del partido o a Ana Mato vicepresidenta de una comisión. Y, para postre, saca a pasear a las chicas y chicos del coro con declaraciones altamente ofensivas para quien conoce la realidad. El empleo que crece como las margaritas en el campo, y encima de calidad, en la desfachatez de Sor Báñez, o las mejores Navidades en siete años de Cospedal y su grupo, que deben de brindar por el éxito de haber colado cuanto cuela.

Y las leyes que asombran a quienes, dentro y fuera, pensaron que España –con sus muchos defectos– era una democracia consolidada y ahora se han quedado con la boca abierta. Esa ley mordaza de las libertades, las escuchas sin juez, el trato inhumano a los emigrantes, los grandes esfuerzos por volver al Estado policial que mamaron y que ningún viento de progreso parece haber podido evacuar. El control de la información y la difusión de la propaganda por diversos sistemas, que está teniendo una decisiva influencia.

Pero, en efecto, un Estado en el que un partido puede hacer impunemente lo que le venga en gana –apoyado por una mayoría parlamentaria que no lo avala todo, no la impunidad, la involución o el cambio de modelo de Estado–, no cojea de un solo pie. Cuenta con muchos cómplices. Con todos los que ostentando poder, callan o hacen declaraciones de salón, sin ninguna duda.

Aunque con excepciones –épicas algunas, como vemos–, estamos hablando de todo el entramado del Estado: partidos, patronal, sindicatos, estamento judicial, universidad, agentes sociales, Iglesia española, monarquía. Incluso aquella parte de la propia sociedad que está tragando lo que la gente decente no traga. No es una mala hierba, está podrido el jardín. En el que, sin embargo, cada vez más personas se afanan en limpiar y ver de hacer germinar una buena cosecha, porque de ello depende nuestra supervivencia. Muchos ciudadanos están desesperados, aferrándose al sueño de que algo cambie y nos liberemos de esta argolla que aprisiona nuestras vidas y nuestro futuro.

El rey reina pero no gobierna, nos dicen. Ahora bien, es el Jefe del Estado. Y no se trata de un cargo decorativo, aunque se abuse tanto del desfile de modelos. Su misión primordial es guardar y hacer guardar la Constitución, la propia democracia. Y ya vemos cómo las tenemos. Contar las bondades del Gobierno que ellos mismos escriben para que las lea el jefe del Estado tiene un límite: el de la verdad. Reinar, ostentar la máxima jerarquía de una sociedad con tan gravísimos desajustes, con tan preocupante deriva antidemocrática, con una ciudadanía tan atribulada, tan resignada a su infortunio, exige bastante más que palabras formales y huecas. Y adivinar entre líneas los mensajes, como en los viejos oráculos.

Con los antecedentes de la historia familiar, no enderezar el rumbo por no hacer ruido no es ni siquiera sensato. Ser el Jefe de un Estado con tales sombras de corrupción y que amordaza la crítica democrática no debería ser el sueño de nadie. Son errores, inmensos errores, que pasan factura, si es que esto aún tiene remedio… 

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