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El dolor de Egipto y Siria en nuestras pantallas

Enfrentamientos entre la policía y los partidarios de Mosri en El Cairo. / Mosa'ab Elshamy

Concepción Fernández Villanueva

En estos días mucha gente se pregunta, ¿por qué tengo yo que tragarme estas terribles escenas de las masacres de Egipto o de Siria a la hora de comer? ¿No sería mejor eliminarlas, cortarlas, censurarlas o simplemente advertir a los espectadores de su dureza para que nos las vean? ¿Por qué nos hacen partícipes de un problema ante el que no podemos hacer nada? Otros extenderán su sospecha a los emisores y les acusarán de buscar el morbo, emitir crudeza y violencia simplemente para ganar audiencia y cuota de pantalla.

Se trata de escenas insoportables, crueles, vomitivas, dolorosas. Siempre desagradables. Nos enfrentan con la desmembración, la fragilidad y la muerte. En principio, ante estas características de los seres humanos mostramos una importante resistencia. Es lo que no queremos o, mejor, no querríamos ver. Porque, por muy lejos que sepamos que están quienes sufren (no tanto para nosotros en este caso, ya que Egipto, incluso Siria, mantiene con nosotros una cercanía y afinidad mayores que, por ejemplo, Irak) reflejan nuestra propia fragilidad, nos asustan porque nos vemos reflejados en ellas como seres especulares que somos, que nos vemos en los otros como en un espejo. La muerte, la desmembración y la fragilidad son universales y, por eso, son también nuestras.

También nos dejan ver, aunque nos fijemos menos, en sus variados y desgraciados protagonistas: los “bandos enfrentados” y algunas de sus características. Por cierto, ¿cuántos bandos hay en Egipto? ¿Cuántos en Siria? Y en esos protagonistas (agresores y victimas) también podemos reconocernos. Podemos ponernos en el lugar de quienes sufren la tremenda violencia que vemos o en el lugar de quien la ejerce. Y dentro de los que sufren la violencia podemos sentirnos más cerca de los protagonistas de los disturbios, o de la población civil que simplemente fue alcanzada sin estar directamente implicada en la protesta. Naturalmente ponerse en el lugar de quien la ejerce no es políticamente correcto porque no es deseable socialmente legitimar el uso de la violencia sino, por el contrario, condenarla. Pero se puede realizar una operación similar a la legitimación. Por ejemplo, desconocer la gravedad de los hechos, minimizar las consecuencias o entender que aunque no deseable, era necesaria. La legitimación implícita del golpe de Estado egipcio, manifestada en la ausencia de condena, en la condena a medias o en la condena muy tardía, es un mecanismo psicológico que prepara para la legitimación implícita de la violencia que presenciamos. No ocurre lo mismo en el caso de Siria, cuya violencia del Estado es vista desde el primer momento como condenable e ilegítima.

La mirada y los sentimientos hacia las imágenes están teñidos por estas actitudes previas. Nuestra distancia o cercanía ante ellas depende de los presupuestos que mantengamos sobre el origen de los hechos. Podemos lamentar simplemente o condenar sin mucha emocionalidad. O, por el contrario, podemos irritarnos, establecer responsabilidades y en consecuencia, tomar y exigir a los que puedan hacer algo, a los que tener capacidad de transformar la situación, que actúen para reducir los daños.

Pero, siempre, esas imágenes son necesarias. Son necesarios los sentimientos que producen en el espectador, es necesaria la información cuanto más detallada, mejor, de la fragilidad humana, es necesario saber que un disparo simplemente mata, que un Ejército con armas enfrentado a un población civil provoca una masacre y que resulta casi imposible en ese caso establecer responsabilidades individuales.

Es necesario también saber o, al menos no distorsionar ni ocultar quiénes son los agresores y las víctimas. La veracidad de los hechos es exigible a los medios. No es fácil representar con objetividad lo que ocurre en una contienda o en unos disturbios como los que se están produciendo en Egipto, pero sí podemos exigir a los emisores una pretensión de objetividad, de no ocultación de los agresores y las víctimas. En ningún conflicto social son todos iguales, simples participantes. La capacidad para hacer daño y su deseo de hacerlo son diferentes, y eso debe quedar reflejado en la medida de lo posible. Resulta difícil o prácticamente imposible dudar de la realidad de esos hechos, otra cuestión es la legitimidad, la autoría, los porqués, la magnitud de los daños. Reflejar o hablar del contexto en que se producen las escenas es un factor imprescindible en muchos casos para establecer la objetividad.

Uno de los más frecuentes mecanismos distorsionadores de la responsabilidad es la atribución de la culpa a las víctimas. He visto una imagen de un islamista que fue tiroteado cuando portaba un herido y los dos cayeron al suelo. También he visto a personas atribuir estos hechos a los islamistas (victimas en este caso) y argumentar que fueron ellos mismos los únicos capaces de realizar este terrible acto para después difundirlo con la intención de que el mundo simpatice con ellos y condene al Ejército. Es importante no dar la oportunidad de que los hechos se interpreten de manera errónea, porque siempre existe la posibilidad de que alguien ideológicamente adoctrinado lo haga, aun frente a una evidente realidad: esa probabilidad es mucho mayor si los hechos no se presentan con la mayor claridad y objetividad.

Hay imágenes más cinematográficas, escénicas, muy potentemente visuales, como la bombas que caían sobre Irak, que veíamos desde lejos, o las de un fuego en medio de una plaza en Egipto. Son imágenes atractivas que invitan a la mirada, mucho más porque en principio las asociamos con otras que hemos visto en el cine y de las que hemos disfrutado, enmarcadas en la ficción, en un contexto de distracción y disfrute. Ocultan el dolor, lo subliman, el espectador no piensa en qué daño pueden estar haciendo ni a cuantas personas, sobre todo si quien las emite las relaciona con la destrucción de armas, de cuarteles del Ejército o con lugares donde hay armamento del enemigo o de uno de los contendientes.

No podemos conformarnos con esas imágenes, muy graficas pero despersonalizadas, que invitan al espectáculo sino que deben aparecer los agentes productores de ellas, y sus víctimas, de la forma más objetiva. Es necesario acercar el dolor de los demás, no para disfrutar de él, sino para que produzca una cosecha de emociones, sentimientos y actitudes que puedan ser productivas en el futuro. En ese sentido, los muertos sirios, con los niños incluidos, deben ser mostrados, aunque como dice Merche Negro, para intentar no reconocer la maldad que revelan esas imágenes, imagine que no son reales, sino “niños de cera”, porque “en cada cadáver de menos de metro sesenta veo a mi hija. Sí: cada vez”.

Es cierto que puede haber algunas personas (muy poco sanas, pero sobre todo, muy pocas) que simplemente consuman este dolor si se muestra explícito y personalizado. Pero no es eso lo que ocurre en la inmensa mayoría de los casos. Por el contrario, los espectadores sufren por los demás, comparten la información de los acontecimientos, hacen circular la evaluación de los mismos y los sentimientos que les produce y, por supuesto, construyen una atribución de causas y un conjunto de actitudes sociales relacionadas con dichas causas. En interacción y en grupo, más o menos amplio, se reconstruyen y se ponderan los factores que han podido intervenir en los acontecimientos. Esta construcción en grupo es un proceso necesario para establecer las bases de la responsabilidad de los hechos.

La mirada de los periodistas que captan las imágenes y la de los emisores que deciden qué emitir y cómo contarlo, es fundamental para establecer las verdades y, con ella, las responsabilidades. No podemos escudarnos en que no hay responsabilidades individuales, que la guerra o los conflictos son entes mecánicos, simples fuerzas de la naturaleza que se desencadenan. Aunque sea difícil establecer las responsabilidades individuales sabemos que las hay. Algunas se han esclarecido posteriormente en otras guerras o masacres, como en el caso de los Balcanes. Y para ese esclarecimiento, las imágenes fueron un elemento imprescindible.

Pero aun en el caso, casi imposible, de que no hubiera responsabilidades individuales, estas deben ser colectivas. Y urgentes. ¿Qué mayor y más importante tarea existe que proteger las vidas humanas que son la base de la humanidad?

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