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Autopsia de España

Los científicos constatan que las balas no afectaron órganos vitales Prim

Las técnicas forenses actuales permiten averiguar las causas de la muerte de Prim siglo y medio después. Foto: Efe


Leo fascinado todo lo que se publica sobre la investigación de la llamada ‘Comisión Prim’. Supongo que conocen la historia: un grupo de expertos que en plan CSI ha desenterrado la momia del general Prim, 142 años después de asesinado, y le ha aplicado las técnicas forenses más actuales para resolver el misterio de su muerte: cómo falleció y, sobre todo, quién lo mató.

Tras sus primeras conclusiones, sabemos más de su muerte pero menos de sus asesinos: después de tiroteado, pudo ser estrangulado con una correa, y si siguen investigando tal vez sepamos que también fue envenenado, apuñalado y arrojado por una ventana, pues al entonces presidente se la tenían jurada muchos, lo habían intentando liquidar ya varias veces, y se dice que el suyo fue el asesinato más caro de la historia, por la cantidad de sicarios que hubo que contratar para cubrir todas las calles de paso y que no escapase vivo.

Viendo las fotos de la momia de Prim sobre una mesa de quirófano rodeado de forenses, no he podido evitar pensar en la España actual. Sí, ya lo sé, soy pesado, es verdad que últimamente todo nos recuerda a lo mismo, por todas partes vemos metáforas de la crisis y la corrupción, y de cualquier anécdota levantamos una parábola, pero es lo que toca.

El caso es que yo pensaba en la España actual al ver la momia del general, y no porque su aspecto siniestro me recordase la pudrición de la democracia española, que también. Más bien fantaseaba con que dentro de ciento cincuenta años un grupo de expertos desenterrase la momia de la España de la Transición, y le practicase pruebas para averiguar quién y cómo la mató.

Del mismo modo que a Prim le han hecho radiografías, un TAC y una endoscopia, y han localizado los orificios de las balas y las marcas de los correajes, imagino a esos forenses del futuro abriendo con escalpelo las carnes amojamadas de la España postfranquista y encontrando las huellas del crimen:

“Mira, los órganos vitales tienen signos de corrupción avanzada”

“Aquí hay un par de navajazos partidistas… Bipartidistas para ser más precisos”

“Esta úlcera tiene pinta de agujero bancario, de varios miles de millones de los antiguos euros, debió de ser muy dolorosa”

“El estómago está lleno de parásitos, y se ven bien gordos; debieron de chuparle todos los nutrientes”

“En esta arteria hay sangre azul, pero huele mal, parece tóxica”

“Se aprecian en el cuello señales de estrangulamiento democrático prolongado”

Al final los forenses concluirían que la muerte se produjo por múltiples agresiones: balazos, estrangulamiento, puñaladas, inanición, aplastamiento, gangrena, infección masiva, disfunción multiorgánica, falta de tratamiento adecuado. Y que debió de sufrir una agonía larga y dolorosa. Contemplarán el rostro de la momia, sus alucinados ojos de cristal, y sentirán compasión: “Pobre país, menuda carnicería le hicieron.”

En cuanto a las causas de la muerte, las conclusiones científicas difícilmente identificarán cuál, de entre todas las heridas de España, acabó siendo “mortal ut plurimum”, mortal de necesidad, como decía el sumario de Prim sobre la herida de su hombro. Un sumario aquel lleno de irregularidades, pues las autoridades de la época, implicadas también en la conspiración contra Prim, mintieron a la población sobre la gravedad de las heridas, y suplantaron al presidente cuando en realidad ya estaba muerto. “Vamos, lo mismo que le pasó a esta pobre España, de la que aseguraban que se recuperaría, que se regeneraría y saldría más fuerte, y en realidad ya estaba tiesa”, concluiría el experto, con el sumario amarillento en sus manos.

Tampoco será fácil identificar a los asesinos. Si en el caso de Prim hubo hasta doce acusados, y muchos otros sospechosos de ser autores intelectuales o financieros, ya que eran muchos los conspiradores que querían darle matarile; en el caso de la España de la Transición también encontrarán tal masificación de criminales que, ante la dificultad de asignar la responsabilidad a uno solo, los expertos acabarán abandonando su instrumental avanzado y su terminología científica, para concluir aquello tan viejo de “entre todos la mataron, y ella sola se murió.”


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