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Esperanza Aguirre sale al balcón

¿En qué otro país europeo podríamos ver a alguien con su pasado aspirando a gobernar el mayor ayuntamiento?

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Esperanza Aguirre dimite como presidenta de Madrid y le sustituirá Ignacio González

Esperanza Aguirre, el día de su dimisión como presidenta de la Comunidad. / Efe

Solo hay un motivo por el que querría a Esperanza Aguirre de alcaldesa de Madrid. Por verla salir al balcón del ayuntamiento el primer día y, voz en grito, decirnos eso de:

“Vecinos de Madrid: como alcaldesa vuestra que soy, os debo una explicación, y esa explicación que os debo os la voy a pagar, porque yo, como alcaldesa vuestra que soy, os debo una explicación…”.

Y a continuación, que nos lo explique todo. Pero todo, todo.

Que nos explique lo del ático ese que Esperanza Aguirre tiene y que compró a un testaferro americano que lo adquirió a través de una sociedad pantalla. Ese ático que se sospecha pudo ser pago de una comisión. Una vez explicado lo de su ático, la alcaldesa debería contarnos por qué se reunió con dos policías en una cafetería de la Puerta del Sol, episodio turbio del que apenas hemos oído unos minutos de grabación pero ya nos hacemos una idea.

Una vez lanzada, nos contaría también el papel que jugó ella en la Púnica, esa trama de comisionistas que llevó a la cárcel a la propia Aguirre hace unos meses. Que nos explique el dinero que le encontraron en Suiza, o aquella vez que le quemaron el coche en el garaje como advertencia.

A gritos los ciudadanos le pediremos a pie de balcón que nos detalle las comisiones que cobró de la Gürtel, los contratos que adjudicó a las empresas de la trama, los pelotazos que facilitó a Correa y los suyos, el dinero que desvió para financiar su partido.

Desde el balcón, ella relatará sus pasos por la puerta giratoria de la sanidad privada, las veces en que ha sido contratada por las mismas empresas beneficiadas de sus políticas privatizadoras.

Sin respiro, nos dará la lista completa de sus familiares colocados en la Administración Pública, ese enorme árbol familiar que se ramifica por toda la Comunidad, decenas de hijos, hermanos, primos, sobrinos, cuñados y parientes lejanos que comparten parentesco con ella y que desde hace más de una década han encontrado acomodo en organismos públicos.

Una vez que coja carrerilla, nos confesará lo que ha hecho con el Canal de Isabel II, la forma en que hundió Telemadrid, la manera en que ha adjudicado contratos y servicios privatizados a empresarios amigos durante años, y, puestos a contar, que nos explique cómo montó el 'tamayazo' que la hizo presidenta.

Ya, ya sé. Todo lo anterior no lo hizo Aguirre, fueron otros. Ella era una simpática sexagenaria que pasaba por allí, que tenía la mala suerte de que se le arrimaran todos los granujas y de estar en el sitio inadecuado en el momento más inoportuno. Ella era la protagonista de la ya mítica viñeta de Fontdevila.

Perdonen, pero aunque lo intento no puedo hablar en serio de Esperanza Aguirre. Lo suyo es de chiste, pero de chiste muy español: una auténtica españolada, como el alcalde de Berlanga en el balcón. Una españolada porque en cualquier país europeo sería impensable que quien ha presidido durante una década una Comunidad sumida en la corrupción, y aun preside un partido epicentro de todos los escándalos, siga en política, no la aparten los suyos, y aspire nada menos que a gobernar la capital del país.

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