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No tengamos su fiesta en paz, que no hay cuñado que lo valga

No solo no se atendió debidamente a las señales que sobre el avance de Vox habrían de habernos alarmado, sino que se le permitió y facilitó el camino

Confrontar las ideas violentas que se están haciendo fuertes es nuestra obligación cívica y democrática. Quizás las fiestas navideñas sean una oportunidad 

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Vox en el Congreso de los Diputados

Vox en el Congreso de los Diputados

El triunfo de Vox no son sus escaños, sino el vigor de sus estrategias involucionistas, esa suerte de fascismo parlamentario que han podido acuñar y que va calando mensajes en la conciencia social como gotas tóxicas que penetran y envenenan la tierra. Por ejemplo, lo que están logrando con su discurso sobre la violencia de género, una de sus principales y más repulsivas obsesiones, parecía impensable hasta hace apenas unos meses. Pero no solo no se atendió debidamente a las señales que sobre el avance de esa formación habrían de habernos alarmado, sino que se le permitió y facilitó el camino. Vox pasó de no existir a ser llave de gobierno local y tercera fuerza política nacional. Y, por tanto, las consignas de Vox pasaron de ser obsolescencias que avergonzaba mencionar a ideas influyentes en los procedimientos políticos. Ideas vergonzosas.

Que esas ideas se hayan legitimado y hayan cobrado fuerza tiene consecuencias desoladoras, como lo que ha pasado con el profesorado de un instituto de Baena, en Córdoba, y el vídeo de Ana Orantes, cuyo nombre no debiéramos permitirnos mencionar sino con el máximo respeto y jamás en vano. Pocas actitudes tan malvadas como la de esos padres que denunciaron al profesorado por honrar su memoria y, con ella, la de todas las mujeres víctimas de la violencia machista. Que un juez haya admitido esa denuncia a trámite y que un tutor de ese instituto haya tenido que ir a declarar a un juzgado por mostrar ese vídeo al alumnado en el Día Internacional contra la Violencia de Género da cuenta de la grave situación a la que ha llegado este país. Dice Espinosa de los Monteros, el portavoz de Vox en el Congreso de los Diputados, que "España está en una situación de emergencia" y hay que darle la razón, aunque por razones distintas a las suyas.

Lo que es una emergencia es que Vox tenga representación (y en número semejante) en el Congreso de los Diputados. Es una emergencia que no supimos evitar y que ahora debemos buscar la manera de afrontar. Ahora sí tenemos un problema y solo unas pocas herramientas democráticas para tratar de que no crezca, ya ni siquiera para resolverlo. De lo contrario, y si ya no es tarde, pagaremos muy cara la frivolidad, la inmadurez y la cobardía. "Derechita cobarde", llama Vox al PP. Va a haber que darle la razón de nuevo, aunque también por otras razones: hay una izquierdita también cobarde y una sociedad que se ha acobardado. Lo pagaremos caro. Porque las ideas machistas sobre el feminismo y la violencia de género conllevan sufrimiento. Y las ideas homófobas y las ideas xenófobas y las ideas racistas y la exaltación de la violencia contra los animales. Un sufrimiento que se ha infravalorado, al que se ha restado importancia. Ha sido una gigantesca irresponsabilidad: Vox no ha cambiado de discurso, solo que se le han concedido los mejores altavoces. Aunque sea desde el gallinero.

No sabemos cuál puede ser ahora la manera de minimizar los daños, de volver a andar lo desandado, de devolver la cualidad de espantoso a lo que se ha normalizado, de desactivar la tolerancia frente a lo intolerable. Se nos ha dicho que era mejor callar, ignorar, no mencionar, no caer en provocaciones, mantener la calma. Todo muy razonable, muy sensato, muy prudente, muy cool. Y, mientras tanto, las personas de Vox, es decir, las personas machistas, homófobas, xenófobas, fascistas (por más que su fascismo sea parlamentario), están toreando hasta los derechos humanos. Quizá debamos empezar a pensar qué vamos a hacer. Quizás ha llegado el momento de empezar a pensar que confrontar las ideas violentas que se están haciendo fuertes es nuestra obligación cívica y democrática. Quizás las fiestas navideñas sean una oportunidad. Porque, ¿qué tenemos pensado hacer ante los familiares, compañeros, conocidos o vecinos que, envalentonados, defiendan a Vox en la mesa común?, ¿cómo tenemos previsto reaccionar?

Quizás esa mesa de burbuja y espumillón sea el escenario obligado para decir basta, para anunciar a esos allegados que las ideas machistas, homófobas, xenófobas, fascistas no son tolerables en una sociedad avanzada, que no tienen encaje en un sistema democrático y que no las vamos a respetar. Que vamos a amargar la noche al resto: a los tibios, a los cobardes, a los moderados, a los bienintencionados. Acaso si aguamos la fiesta navideña pongamos freno al avance de esta otra fiesta, macabra, que los de Vox están celebrando cada día en las instituciones y en los medios. Hay que empezar a decir basta. A señalar sin tapujos las vergüenzas que son y que nos hacen pasar. A desmontar las mentiras que les han dado votos. A despreciar a quienes se los dan. Aunque sea el marido de tu prima. No seamos también como la derechita cobarde. No tengamos su horrenda fiesta en paz. Que no hay cuñado que lo valga.

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