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Un huracán arrasa con las centrales nucleares españolas

La subasta eólica se cierra sin incentivos y sin adjudicación para las grandes eléctricas

Jorge Morales de Labra

El 14 de enero de 2016 ya forma parte de la historia del sector energético en España. Tras cuatro años de barbecho impuesto por una moratoria instaurada por el Partido Popular nada más llegar al Gobierno, el país retomaba la inversión en energías renovables de la que un día fue líder mundial.

Y lo hacía mediante un mecanismo novedoso: por primera vez en España se adjudicaba una cierta capacidad de generación mediante una subasta. Quien menor precio ofertara por instalar parques eólicos o centrales de biomasa (materia orgánica) para producir electricidad, ganaría.

El resultado ha sido espectacular: toda la capacidad eólica ha sido adjudicada a precio cero, esto es, no cobrará prima, complemento ni subvención alguno. Los nuevos parques se limitarán a cobrar el precio del mercado mayorista de electricidad, el mismo que reciben las centrales de gas, carbón o nucleares. Eso sí, lo harán con un enorme balance de impactos sociales y medioambientales a su favor. Ni CO2, ni óxidos de nitrógeno, ni riesgo de accidente nuclear, ni basura radiactiva durante decenas de miles de años…

Es más, resulta que ninguna de las centrales convencionales cobra solo el precio del mercado: las sucesivas normas aprobadas durante los últimos 20 años las han agraciado con sutiles conceptos, ininteligibles para el común de los consumidores, tales como pagos por capacidad, restricciones técnicas, regulación secundaria, gestión de desvíos… que contribuyen a incrementar sustancialmente sus ingresos por encima del precio del mercado mayorista. No será así para la nueva eólica, que cobrará exclusivamente el precio mayorista. Sin aditivos.

La biomasa sí contará con un aditivo, la retribución por operación, que la llevará a cobrar aproximadamente el doble que las nucleares; pero, atención, algo menos que las centrales de gas.

No pretendo profundizar aquí en las razones que han podido llevar a los promotores a presentarse a una subasta para obtener algo que podían haber conseguido sin la necesidad de ésta. Al fin y al cabo, jamás hubo moratoria para la instalación de parques eólicos que estuvieran dispuestos a cobrar el precio de mercado. Solo diré que tiene que ver con las expectativas de conseguir prioridad en la evacuación de energía en puntos de la red ya saturados y en la percepción —a mi juicio, errónea— de que obtendrían una cierta estabilidad de ingresos. Creo que, con independencia de las razones, lo sustancial es que ha quedado demostrado que la energía eólica ha conseguido ser competitiva con las tecnologías convencionales a pesar de los enormes impactos de éstas. La regulación debería centrarse en eliminar todos los obstáculos a su desarrollo, sean éstos referidos a redes o a configuración de mercados.

Llegados a este punto es inevitable preguntarse: ¿a qué esperamos para exigir a nuestros políticos un plan acelerado de transición energética? Si la nueva eólica ya es más barata que la vieja nuclear incluso olvidando las enormes subvenciones que ésta requirió para su construcción, ¿a qué esperamos para dejar de hipotecar a los bisnietos de nuestros bisnietos con la basura nuclear que hoy generamos?

Yo, de paso, también me pregunto, ¿por qué se ha excluido a la energía solar de la subasta si en países donde ha competido con la eólica, como en Chile, ha ofertado precios aún menores que ésta? No me digan que “cualquiera puede montar un panel solar en su casa”, que no me vale.

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