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El inminente debate de la simbología franquista

Pronto se abrirá el debate: ¿debería prohibirse la iconografía franquista?

No será la primera vez que el asunto se pone sobre la mesa, pero, previsiblemente, sí la primera que se toma en serio

La Fundación Franco vende Lotería de Navidad en 2018 con números terminados en 36 y 39.

Si nadie lo remedia, los restos físicos de Franco acabarán enterrados en La Almudena, metro Ópera, líneas 2 y 5. Los restos intelectuales, por su parte, seguirán donde siempre: en las mentes de los nostálgicos del caudillismo.

El asunto de La Almudena preocupa a algunos. Temen que los franquistas, tan pronto como tengan su adorada reliquia en la ciudad, conviertan el barrio de los Austrias en un parque temático del fascismo. Si eso ocurre, y es posible que lo haga, no tardará en montarse la escandalera mediática de rigor.

Los informativos mandarán allá a sus reporteros, que aguardarán la conexión como quien cubre un temporal, aferrados a sus paraguas por la que pueda caerles encima. La Sexta hará especiales de 14 horas con declaraciones en bucle y Hans Zimmer de fondo, ¡periodismo! Informe Semanal tirará del archivo de la casa en un muy documentado reportaje que nadie verá pero que provocará las iras del PP, ¿esta es la TVE imparcial que ustedes defendían?, ¿esta? Un columnista de The Times que estuvo en España una vez, de Erasmus, y de la que solo recuerda el box del hospital donde volvió en sí tras el coma etílico, dirá que este lamentable episodio demuestra la escasa tradición democrática de los españoles.

Tal será el escándalo que el asunto llegará al Congreso, donde las fuerzas representativas de los buenos patriotas reprocharán a Sánchez el haber llevado la extrema derecha al centro (de Madrid). El Gobierno se defenderá atropelladamente, y Pablo Casado recordará que a su abuelo Franco lo encarceló, entendiendo aquí Franco como sinécdoque.

Rufián lanzará siete haikus, 12.000 retuits y trending topic tras #MasterChef24 y #MYHYV. A la Iglesia se le pedirán explicaciones, y la Conferencia Episcopal se verá forzada a aclarar, en OKdiario, que Dios es de todos, pero de algunos más que de otros.

Mientras la polémica se retroalimenta en los medios de comunicación, dando clics y aumentando el share para que así Coca-Cola pague más por segundo de spot, el negocio del merchandising fascista vivirá su primavera. Banderas con águilas y vajillas franquistas con la cara de Franco al fondo del plato para que los nostálgicos se regocijen con la mirada del caudillo al terminarse las alubias.

Y en pleno jaleo, se abrirá el debate: ¿debería prohibirse la iconografía franquista? No será la primera vez que el asunto se pone sobre la mesa, pero sí la primera que se toma en serio, que provoca editoriales en El País, mesas redondas de Politikon y sketches en El Intermedio. Hasta los concursantes de OT tendrán una opinión al respecto. Quienes apoyen la prohibición hablarán de Alemania, que solo sirve de referente cuando nos viene bien, y se preguntarán: ¿acaso no estamos preparados ya para cerrar ese capítulo?

Sobrevolará en la psique española la idea de que nuestro ejército está todavía lleno de franquistas, y, como es lógico, no conviene cabrearlos. Aludidos por esa idea pero sin mencionarla por si acaso, los políticos asegurarán que la española es una sociedad madura y lo probarán contratando un castell y un aurresku para el 40 aniversario de la Constitución. 

Pero la tentación de prohibir la simbología franquista será grande. Nos dará vergüenza comprobar la cantidad de fachas desacomplejados que hay en Madrid, nos tensará la cubertería de Franco, las tazas de Franco y las servilletas de Franco, pensaremos en los turistas y en el columnista de The Times, Dios mío, ¿qué imagen se estará llevando ese hombre de nosotros? 

El cuerpo nos pedirá acabar con todo eso. Pero sería un error hacerlo. Porque prohibir banderas, tazas, discos, libros no elimina las ideas que subyacen en ellos, y, a veces, de hecho, provoca el efecto justamente opuesto. Dejando que unos pocos franquistas se paseen por Goya ante la indiferencia de la mayoría demostraremos que el columnista de The Times se equivoca. Que esta sociedad es ya tan madura que antepone la libre expresión a los fantasmas. Incluso a los nuestros.

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