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Que la izquierda acuerde raptar a Europa

Hay que recuperar una Europa social, dotar de mecanismos democráticos a la UE y definir el camino de una UE solidaria, que asuma un papel principal de defensa de los derechos humanos y reivindicación de las garantías sociales

El PE tensa la cuerda de cara a las negociaciones sobre las quiebras de los bancos

Eurodiputados en una sesión plenaria del Parlamento Europeo (PE), en Estrasburgo (Francia). / Efe

En la mitología griega las aventuras sexuales de Zeus ocupan un amplio espacio. El capítulo del rapto de Europa no es más significativo que otros, aunque hoy su recuerdo nos acerca connotaciones de las que es imposible abstraerse. Hoy Europa es presa, y deriva hacia una realidad esencialmente diferente a los principios que siempre ha defendido, porque está raptada.

Raptada en un triple sentido: por un lado es esclava de intereses macroeconómicos, pero domésticos, de determinados Estados, y del posicionamiento y pervivencia de las grandes corporaciones financieras; por otro, está perdida en una indefinición absoluta acerca de su futuro y su papel en la convulsa escena internacional (no sabemos qué pintamos, pero tampoco qué queremos pintar, ni de qué forma); el tridente de este rapto se completa con la ausencia de prácticas, herramientas y organicidad, de la expresión democrática del pueblo europeo (tan negado como reivindicado por pensadores como Dahl o Habermas).

Esta democracia de cartón piedra es contraproducente e impide que las sociedades europeas puedan incidir en un cambio de rumbo, o si quiera en una apuesta por otro tipo de políticas que resulten en acciones concretas distintas a las que el main stream del pensamiento quiste-liberal practica.

Fruto de ese triple rapto sufrimos una lamentable situación económica y la dramática involución social que a día de hoy parece insalvable y eterna.

Este horizonte define un escenario electoral, el de las Europeas 2014, que debiendo ser prioritario y de urgencia el abarcarlo, se intenta desde los dos grandes partidos, PP y PSOE, y desde posiciones de otros colectivos que desoyen el clamor de sus bases, restar en importancia y minusvalorar su trascedencia para que, bien que mal, pase el trago de la elección sin que se produzca el mal sorbo del revolcón (sorpasso). ¿Y la izquierda qué hace?

Pues aún navegando la tormenta perfecta y estando ante la oportunidad de oro de dar un golpe significativo al actual status quo bipartidista, euro-rentista, lobbista y euro-fascista, la izquierda sigue a lo suyo: al menos tres frentes diferentes, que pueden ser cinco, y que defienden en esencia un 98% de preceptos parecidos, son incapaces de articular un Frente Amplio de Izquierdas que desde la unidad y desde la asunción de procesos participados recaben el apoyo de una mayoría social hastiada, maltratada y que necesita de proyectos que enganchen de nuevo con sus aspiraciones y esperanzas.

Mi propuesta es clara: escenificar la unidad, si en los procesos preelectorales es imposible, al menos en el acuerdo de mínimos que asuman todas esas opciones, y desde el Parlamento Europeo, tras las elecciones. Es decir, que se vote a quien se vote en mayo, la ciudadanía tenga nítidamente establecida luna hoja de ruta común, unos objetivos compartidos y el compromiso de llevarlos a cabo desde posiciones idénticas.

Unidad de acción a posteriori, ya que es complicada (nunca imposible), la unidad electoral a priori.

Es decir, que si la izquierda española no puede (podemos, sin doble ras) ponernos de acuerdo antes de las elecciones, sí asumamos al menos necesarios cambios que compartimos desde el primer día del escenario post-electoral. Y se diga, y se comprometa, y se asuma por estos, distintos, pero en esencia casi iguales, frentes de confrontación al sistema, espacios de trascendencia política y social: opciones de ruptura.

Cuáles serían estas máximas comunes que suscribir desde ya. Se me ocurre, al menos, la terna con la que empezaba este canto al rapto de Europa: recuperar una Europa social, por encima de todo; dotar de mecanismos democráticos, normativos pero también de legislación, y también de ejecución políticas, a la UE; y, en último término, definir el camino de una UE solidaria, con los pies en el suelo justo del planeta, que asuma un papel principal de defensa de los derechos humanos y reivindicación de las garantías sociales, en el contexto internacional; una Europa que, del mismo modo, redefina a máximos ese concepto de ciudadanía y pueblo europeos que no termina de asentarse.

O sea, más Europa, pero radicalmente distinta a la que marcan sus actuales raptores.

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