eldiario.es

9

Síguenos:

Boletines

Boletines

El mal de la simplificación

Sólo en el esfuerzo por la búsqueda de los puntos comunes, de las ideas compartidas, de los conceptos de base, se encuentra la posibilidad de encuentro con el otro, sea en el campo ideológico o en cualquier otro

Sólo sé que no sé nada sigue siendo la frase que resume el culmen de la sabiduría. La misma actitud mental que Sócrates expresaba sigue siendo la única capaz de llevarnos al proceso necesario para poder entender el mundo que nos rodea

71 Comentarios

Pablo Iglesias y Pedro Sánchez

Pablo Iglesias y Pedro Sánchez

"Necesitan un enemigo al día"

Giacomo Papi

Hoy me van a permitir que pase de puntillas sobre lo que ya parece una posibilidad cierta de investir un presidente del gobierno la semana que comienza. Hay momentos para hablar e incluso para gritar, y a mí me han oído hacerlo en estas pasadas columnas, y hay momentos para guardar silencio, para dejar espacio y para esperar que las cosas graves se fragüen de la única forma en que pueden hacerlo. 

Creo que aquello por lo que hemos clamado en los últimos días, un gobierno de progreso que nos aleje y nos proteja de los riesgos ciertos de involución que nos acechan, es ahora un poco más posible. No obstante, estos últimos días aún tan revueltos, en los que la ruptura se escribía con un veto aparentemente insalvable, y la forma en que al final se ha salvado -que incluye generosidad pero también grandes dosis de realidad, en parte insufladas por aquellos que orbitan en torno- nos han permitido observar en la esfera del debate popular una tendencia que cada vez está más presente y cada vez preocupa más. La banalidad de la simplificación, la tormenta de negros y blancos irreflexivos, y la división y tendencia a la exclusión que esto produce incluso a personas que se mueven en el mismo ámbito ideológico. 

Estoy empezando así a entender parte de la historia de España, que estudié cuando mis vivencias personales y generacionales me permitían comprender las dinámicas y los efectos, pero no empatizar con los motivos que habían llevado a nuestros antepasados a comportarse así. La cuestión de la división de la izquierda y del odio profundo y las represalias y hasta los asesinatos y las oportunidades perdidas, durante el siglo XX en nuestro país, fue algo que aprendimos y que no he comenzado a experimentar como real sino hasta hace poco, tal vez con el advenimiento de las redes sociales. Hoy es fácil ver cómo las brochas ideológicas, los asertos sencillos, la búsqueda de la diferencia en vez del afecto de lo común, permean cada vez más nuestra realidad. En los propios comentarios que vierten los lectores sobre muchas columnas, se comprueba cómo la simplificación del pensamiento ajeno y del espíritu crítico propio lleva a censurar o desaprobar todo aquello que, aun siendo muy próximo, no nos resulta idéntico. La tendencia actual a la aceptación única de lo uniforme, de lo calcado, está viciando nuestra vida personal -¡qué difícil es mantener una vida en común si la más mínima diferencia enturbia todo!- y nuestra vida política y la de los líderes que nos gobiernan. Sólo en el esfuerzo por la búsqueda de los puntos comunes, de las ideas compartidas, de los conceptos de base, se encuentra la posibilidad de encuentro con el otro, sea en el campo ideológico o en cualquier otro. Sólo así nos reconocemos como miembros de la misma humanidad y respetaremos la otredad como una forma de unidad. 

La simplificación es la banalidad del mal de nuestros días. Borra los matices y nos enfrenta. Todo está orientado a que así suceda: la tecnología y sus formas y el discurso político. Como propugna Schoonvelde: "A medida que la vida se vuelve más compleja e incierta (...) un líder que propone una solución intuitiva y firme puede ser especialmente atractivo". Y a esto juegan. Pero el mundo no es sencillo, sino que es cada vez más complejo, interconectado, tecnológicamente avanzado, global y los problemas que nos acechan también lo son. Por eso resulta especialmente importante desconfiar de quien nos ofrece el bálsamo de Fierabras para esos problemas y esos retos cuya solución ni siquiera tienen clara los más preclaros, y que quizá ni exista. Hay que sospechar de quien se saca de la chistera unos eslóganes que se pueden tuitear y que resumen en un par de frases las miles de páginas de científicos o criminólogos o juristas o politólogos o filósofos o sociólogos o... que se han dedicado a desgranar esas fuentes de conflicto y sus posibles soluciones. 

Sólo sé que no sé nada sigue siendo la frase que resume el culmen de la sabiduría. La misma actitud mental que Sócrates expresaba sigue siendo la única capaz de llevarnos al proceso necesario para poder entender el mundo que nos rodea. No se trata de un camino fácil ni sencillo que podamos recorrer entre dos likes, una foto tuneada y dos capítulos de una serie. Conocer es un proceso esforzado y exige sacrificio y si no eres capaz de hacerlo, siquiera mínimamente, otros te sacrificarán por tu desidia en el altar de tu ignorancia. La inteligencia como instrumento para la resolución de problemas y para la anticipación está a punto de ser superada por la inteligencia artificial. Lo que no está tan claro que ninguna máquina sea capaz de hacer es preguntarse por el sentido de las cosas y ejercer un espíritu crítico sobre las respuestas que nos sean servidas. 

Es una de las cosas por las que la nueva presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen me ha parecido que aparecía en escena con un discurso interesante. "Las respuestas simples no nos llevan a ningún sitio", ha dicho, "tenemos muchos eslóganes en el debate europeo que impiden cualquier posibilidad real de diálogo". Al menos sabe de qué estamos pecando. Acabamos de asistir a ese mismo escenario en estos meses que han estado a punto de quitarnos la esperanza de que se pudiera llegar a un acuerdo de gobierno. Por eso les decía que es el momento de que se deje de monitorizar el desacuerdo en titulares y frases de redes sociales, para permitir esa profundidad, que es la única esperanza del diálogo. 

Nuestros problemas son complejos y precisan de soluciones que también lo sean. No siempre todos van a entenderlas, pero explicar es divulgar y no puede significa banalizar. Tampoco vamos a poder tener todo lo que deseemos, sobre todo si hemos de compartir las soluciones y pactar cómo implementarlas, y aprender a gestionar nuestra frustración es también una tarea ingrata pero necesaria. 

En todo caso si nos destruimos, esta vez no será por la banalidad del mal sino por la banalidad de la simpleza. Y estamos avisados.

Muy Bien, has hecho Like

¿Qué tipo de error has visto?
¿La sugerencia que quieres realizar no está entre estas opciones? Puedes realizar otro tipo de consultas en eldiario.es responde.
Error ortográfico o gramatical Dato erróneo

¡Muchas gracias por tu ayuda!
El equipo de redacción de eldiario.es revisará el texto teniendo en cuenta tu reporte.

Comentar

Enviar comentario

Comentar

Comentarios

Ordenar por: Relevancia | Fecha