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Una mala idea

Otorgar el mismo trato a la derecha extrema y al nacionalismo vasco o catalán manda un mensaje tan equivocado en lo político, como inapropiado en lo ideológico

Si el problema es de convivencia, ejemplificar en la Mesa del Congreso la política de bloques, de nosotros y ellos, no parece el mejor comienzo ni el mejor camino

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Casado, Sánchez, Rivera e Iglesias en el debate a cuatro de RTVE.

Casado, Sánchez, Rivera e Iglesias en el debate a cuatro de RTVE. EFE

Publican los papeles más informados que los cuatro grandes −PSOE, PP, Cs y UP− parecen haber alcanzado un principio de acuerdo para repartirse en régimen de monopolio la Mesa del Congreso. No habrá representación ni de la derecha extrema ni del nacionalismo en el órgano que gobierna el Parlamento, se anuncia con entusiasmo victorioso. Los socialistas se asegurarían así un control más confortable de la agenda y los ritmos del legislativo, la derecha podría vender su fantasía de que ellos han dejado fuera a quienes quieren romper España y los morados... bueno, no sé muy bien qué ganarán pero ellos seguro que sí.

El monopolio no acostumbra a conformar la opción más eficiente pero, en no pocas ocasiones, constituye la única manera para proveer un bien público o prestar un servicio en condiciones de igualdad y equidad. No es el caso. En política funciona aún peor y, además, en este caso resultaría una pésima idea.

Para empezar, otorgar el mismo trato a la derecha extrema de Santiago Abascal y al nacionalismo vasco o catalán manda un mensaje tan equivocado en lo político, como inapropiado en lo ideológico. Tratar con la misma profilaxis preventiva el discurso xenófobo, autoritario y retrógrado de Vox y el discurso democrático y diverso de un nacionalismo que reclama poder decidir libremente su futuro y gobernar por sí mismos sus asuntos resulta tan inexplicable como confundir la noche y el día. Equipararlos supone una barbaridad y una injusticia.

Que la izquierda española secunde esa equivalencia tramposa que sólo beneficia a una derecha que, ni tiene, ni tendrá ningún problema de conciencia para llegar al poder a lomos de la derecha extrema se antoja tan absurdo como presentarse a una carrera con los pies atados; además de acreditar una vez más la capacidad de la derecha para imponer su relato a una izquierda a la cual le tiemblan las piernas con demasiada facilidad.

Si el problema es de convivencia, ejemplificar en la Mesa del Congreso la política de bloques, de nosotros y ellos, no parece el mejor comienzo ni el mejor camino para llegar a una solución. Tampoco parecería, precisamente, el mejor ejemplo de pluralismo y calidad democrática dejar fuera de la Mesa la voz y la sensibilidad de los partidos no estatales y que representan la visión plurinacional de nuestra realidad política.

Los resultados del 28A volvieron a dejar claro, una vez más, que no se puede gobernar España sin los nacionalistas ni contra los nacionalistas. Los mejores años de nuestra democracia se corresponden con aquellos cuando se gobernó atendiendo esa evidencia. Los peores coinciden con aquellos cuando se negó o se intentó subvertir. Dejar al nacionalismo fuera del gobierno del legislativo deslizaría un aviso preocupante de que, a algunos, ya se les está volviendo a olvidar.

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