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Juancarlista el que no bote

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Estos días en España es más fácil encontrar voluntarios dispuestos a unirse al ejército norcoreano que juancarlistas. No digo monárquicos, que esos nunca fallan y hoy hacen lo que pueden por tapar la porquería, sino juancarlistas, de esos que llevan casi cuatro décadas diciendo: “yo no soy monárquico, soy juancarlista”. Estos días la mayoría está bajo la mesa.

No hurgaré en la herida, porque bastante vergüenza estarán pasando en los últimos meses, ni tampoco vamos a exigirles actos de arrepentimiento público, pero me gustaría oír a algunos señalados y fervorosos juancarlistas qué tienen que decir después de los elefantes, corinnas, yernos, hijas, herencias, comisiones, cuentas suizas y lo que venga, que habrá más.

No a cualquier juancarlista, claro, sino a los juancarlistas de clase preferente, que los de clase turista aun pueden alegar ignorancia y buena fe. Pero aquellos otros no, aquellos sabían lo que había, o al menos se lo olían. Porque este es el país de los “secretos a voces”, y mucho de lo que hoy sabemos circulaba en ciertos ámbitos con toda soltura, e incluso había sido publicado en libros y revistas.

Que el rey le daba a la escopeta a lo grande era conocido por esos juancarlistas desde mucho antes del oso Mitrofan. Que le pagábamos sus amantes, era algo que se contaba como chascarrillo entre risas. Sus amistades peligrosas eran vox pópuli en círculos bien informados. Y los rumores sobre su fortuna y negocios, del rey y su familia, los oía yo en la cafetería de la Facultad de Periodismo hace veinte años, con lo que imaginemos lo que se sabía en las redacciones.

Por no hablar de algunos juancarlistas cortesanos que gobernaron y tuvieron acceso a los servicios de información del Estado, o se volvieron asiduos de la Zarzuela, y por tanto sabían de sobra lo que se cocía en palacio.

Al ritmo que van las revelaciones, vaticino que dentro de unos años, cuando los Borbones sean solo un mal recuerdo, habrá muchos juancarlistas que sentirán vergüenza por haber tragado con esta monarquía, por haberle reído las gracias y aplaudido y doblado el espinazo. Más de uno se acordará estos días de lo pelota que fue en aquella recepción, o de cómo defendió la monarquía en aquella mesa redonda, o de cómo hizo la vista gorda cuando supo de algún chanchullo por “sentido de la responsabilidad institucional”, y sentirá amargura tras la decepción de un rey que no ha estado a la altura de un país que le ha llevado en volandas.

Pero a aquellos otros juancarlistas, los que sí sabían y callaron y hoy se meten bajo la mesa, alguna cuenta deberíamos pedirles por habernos vendido esta moto averiada y haber insistido en que nos montásemos en ella tantos años.


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